Dulces sueños

 

Llego a casa tras un día especialmente agotador, mi superior como siempre se había creído con derecho a gritarme por un error en unos papeles. Yo no había sido, pero ser la última mierda en la empresa es lo que tiene, de todo tienes culpa tú. Vivo en un edificio viejo, de alquiler por supuesto, cerca de la zona vieja de la ciudad. Al entrar al edificio descubro que el ascensor se ha roto y me toca arrastrarme por las escaleras hasta un quinto piso. Estas suben rodeando al ascensor y peldaño a peldaño ruego porque no se cruce ningún vecino, primero porque la escalera es tan estrecha que no podemos pasar dos personas y segundo porque no quiero ver a nadie en lo que queda de día. Me arrastro recorriendo cada rellano con pesadez hasta el último piso en lo que parece una subida interminable hasta que por fin llego a mi planta. Me agarro a la barandilla al llegar al último escalón y resoplo incapaz de dar un paso más, desde ahí miro la entrada a mi casa y el pasillo parece alargarse kilómetros cuando tan solo son unos pasos lo que nos separa.

Al entrar en casa dejo las llaves en un bol en la entrada. La chaqueta y macuto los tiro sobre un sillón antes de dejarme caer boca abajo sobre el sofá. El sueño me puede, pero me niego a dormir todavía: tengo cosas que hacer. Me paso el resto del día de tarea en tarea y cuando llega la noche me esfuerzo por evitar dormir y alargar el día. Decido entonces que es situación no se puede seguir repitiendo y sin pensar en que estocy haciendo busco un bolígrafo y un folio y me siento en la mesa de la cocina que hace las funciones de comedor y estudio. Me enfrento a un papel en blanco y antes de darme cuenta me descubro escribiendo una carta.

 

Querido/a lector o lectora;

He pasado por médicos y psicólogos y ninguno encuentra solución a lo que me ocurre, dicen que estoy bien, que no tengo ningún problema. Se equivocan, nadie completamente en sus cabales viviría lo que yo cada noche. He llamado a exorcistas y médiums, a pesar de no creer en ellos, pero cuando la necesidad apremia la lógica desaparece. Todos dicen que han hecho su trabajo y no queda ningún ser del mal, o como sea que les llamen, en mi casa. Mienten, siguen aquí, yo lo sé. Así que, en las siguientes líneas me dispongo a describir brevemente los pensamientos que se me pasaron por la cabeza mientras vivía la pesadilla en que se convirtió mi día a día o mejor dicho, mi noche a noche. Espero que nunca te elijan y vayan por ti, pero si te pasa lee esto y quizás encuentres consuelo o al menos sabrás que hay otra alma en el mundo atormentada al igual que la tuya. La primera noche pensé que era solo eso, una pesadilla, la segunda que era el estrés, la tercera tuve miedo…

 

 Cierro el bolígrafo y doblo el sobre en tres antes de firmarlo con mi nombre. Me levanto y observo el limpio papel sobre la mesa sujeto con el bolígrafo de plata que mis padres me habían regalado al acabar la universidad seguros de que algún día con el firmaría el contrato de mi vida y cumpliría mis sueños. Que tiste que estos se hayan tornado tan oscuros en los últimos días. Me encamino a mi dormitorio sabiendo que me espera. La oscuridad de la casa y la incertidumbre de la noche no me aterrorizan tanto como la pesadilla hacia la que me encamino. La garganta se me seca y la mano me tiembla al abrir la puerta de mi habitación, la ventana está abierta y la luz blanca de la noche se cuela iluminando la estancia. Arrastro los pies hasta la cama y me siento al borde de esta. Rezo y suplico en silencio porque esta noche pueda dormir sabiendo en lo mas profundo de mí, que en realidad volverán a por mí. Hago acopio de fuerzas y me preparo mentalmente para lo que me dispongo a hacer, no sé cuántos días han pasado, pero el bucle horrible en que se han convertido mis noches se repite una y otra vez. Nunca creí que me pudiese dar miedo el mero hecho de tumbarme en la cama. Resoplo y me recuesto tapándome con la sabana aceptando el destino que me toca. Cierro los ojos y me obligo a relajarme e intentar dormir. Poco a poco el sueño me llega y acabo durmiéndome. Es entonces cuando todo comienza.

 

…la cuarta noche asumí que estaba enloqueciendo, la quinta evité el sueño. La sexta, se vengaron por no aparecer la noche anterior…

 

Se esconden en las sombras de la habitación creadas por la luz de la luna, casi invisibles al principio, pequeñas e inofensivas me observan desde todas las esquinas. No las veo, tengo los ojos cerrados, pero sé que están ahí. Me vigilan. Trago saliva intentando mantener los nervios bajo control. Mantengo los ojos cerrados intentando forzar la inconsciencia del sueño, pero no lo consigo pues noto como me controlan y sé que si las miro empezaran. Aprieto los parpados intentando no sucumbir a la presión de abrir los ojos, pero finalmente ocurre y lo hago, me dejo llevar por la necesidad de cerciorarme de si es verdad que están ahí o por una vez es solo una paranoia mía. Por desgracia, si están aquí. Se empiezan a mover en cuanto mi vista las alcanza, sinuosas como serpientes bailando al son de la música del faquir escalando por la pared. Las tímidas sombras acrecientan su baile envalentonándose cada vez más, creciendo cada vez más. No hay música, pero todas van al mismo ritmo convirtiendo las paredes de mi habitación en el marco de una escena escalofriante. Da igual dónde mire, están ahí: bailando, observando, creciendo.

Sobre mi cabeza hay más, se dejan caer sobre mí, pero no me rozan. Una tras otra las veo caer y quedarse a escasos milímetros de mis ojos antes de replegarse sobre la pared de nuevo. Cuando ya son tantas que no caben en la pared empiezan a salir de esta convirtiéndose en voraces seres que se dejan caer al suelo, arrastrándose hasta llegar a mi cama. Las oigo respirar. Una respiración pesada rítmica cada vez más fuerte. Se acercan, más y más. Se levantan y rodean mi cama. Siluetas de ojos negros, brillantes y sin parpados me rodean y observan inmóviles como una muralla que me encierra en mi cama. Me observan y sus finas y horribles muecas me sonríen haciendo que escalofríos recorran mi cuerpo. Me abrazo a la sabana como si fuese un escudo sabiendo que es inútil. Bailan a mi alrededor con movimientos sinuosos y lentos todas a una vez. Noto el sudor frio bajar por mi nuca empapando las sabanas en las que me enredo hasta quedarme casi inmóvil por mi propia culpa.

La habitación se enfría, mi corazón se acelera y su baile se intensifica. Tres puñales fríos se clavan en mis tobillos haciendo que se me pare la respiración, bajo la mirada con miedo aun sabiendo que me encontraré. Ahí está. Esa sombra que se ha convertido en la protagonista de mis pesadillas. Es diferente al resto, esta tiene cuerpo, no es una sombra pero se parece demasiado a ellas. Un ser de pesadilla sin rostro que ase  mis tobillos con fuerza y me mira fijamente. No tiene ojos, pero su mirada se clava en mí. De repente, como caídos de la nada, dos fuertes pesos aprisionan mis brazos sobresaltándome. Cada noche igual, cada noche peor. Busco con la mirada, no veo nada. Sé que están aquí, los noto sujetándome, pero no se dejan ver. Los oigo respirar en mi odio, pero no se dejan ver, la manta se me lía por el cuerpo y las sombras me sujetan. Empiezo a hiperventilar incapaz de zafarme ni de la manta ni las sombras, incapaz de escapar de esta pesadilla una vez más. Cierro los ojos con fuerza de nuevo y agito la cabeza con la esperanza de que hayan desaparecido cuando los abra de nuevo.

 

…la séptima noche intenté luchar contra ellas, la octava intenté esconderme sin éxito y la novena intenté unirme a las sombras…

 

Mis brazos siguen sujetos por sombras que no se dejan ver mientras que otras rodean mi cama, intangibles pero visibles y por último ella, la última sombra. El ser que parece mandar sobre los demás y clava sus garras en mis piernas. Su rostro completamente negro, las cuencas de los ojos vacías, como si fuese una calavera recubierta por una fina tela, lo que sospecho que es su piel. Noto el frio roce de su piel contra la mía recorriéndome la pierna, el estómago, el pecho. Una terrorífica y fría caricia hecha por tres garras recorre mi cuerpo con una delicadeza inquietante. Su cuerpo sobre el mío, su rostro sobre el mío. Me mira fijamente con sus garras contra mi garganta. Trago saliva. El corazón me late a tal velocidad que se puede oír. Intento moverme, pero me es imposible. Intento buscar una salida con la mirada, pero no la hay. Las lágrimas se escapan de mis ojos, no era consciente de estar llorando. Evito con la mirada el rostro de la sombra, pero me obliga a mirarla. No quiero mirar esas cuencas vacías y sumirme en la oscuridad que hay en ellas. Cierro los ojos con fuerza, pero algo me hace abrirlos.

Y ahí está la mirada de ese ser clavados en mí. Un escalofrió recorre todo mi cuerpo sin cesar mientras yo me pierdo en el miedo y la oscuridad que destellan en sus cuencas. Y entonces empieza a apretar. Intento coger aire a bocanadas, pero no puedo. Una enorme y macabra sonrisa se forma en su rostro y un sonido indescriptible sale de esta. Parece estar riéndose, disfrutando mi sufrimiento. Las lágrimas recorren mi rostro mientras lucho por liberarme, si no hago algo me asfixiará. El miedo y la ansiedad se apoderan de mí, no tengo fuerza para luchar contra las sombras. Niego con la cabeza incapaz de aceptar que es el final. Aprieta con más fuerza, un sudor frío me empapa y las lágrimas continúan dibujando su camino por mi rostro. La mirada vacía y la tenebrosa sonrisa son lo último que veo antes de cerrar los ojos.

 

…la décima noche pensé que lo mejor sería dejarme ir, aceptar la oferta del sueño eterno que me ofrecían, pero no fui capaz y seguí luchando. La onceaba decidí que encontraría la manera de librarme de ellas, la duodécima ocurrió algo extraño…

 

Cojo aire como si fuese la primera bocanada de mi vida, llenando mi cuerpo y sintiéndome renacer de nuevo. Toso mientras me sujetan y me atraganto, pero sigo con vida. El agarre de las sombras desaparece y solo queda la que hay sobre mí. Me revuelvo hasta quitármela de encima y quedarme como un ovillo sobre la almohada. La sombra y yo nos quedamos en la misma posición. Observándonos, inmóviles. El miedo y la adrenalina recorren mi cuerpo, pero no soy capaz de moverme un ápice. Esto es nuevo, diferente. Normalmente todas desaparecen a la vez. No se si pasan horas, minutos o tan solo unos pocos segundos, antes de que se mueva. Hago exactamente lo mismo. Con movimientos lentos y dubitativos nos evaluamos imitándonos mutuamente hasta que parece que los mismos hilos nos mueven. La luz de la luna ya no entra por la ventana y no ha empezado a amanecer, la oscuridad es casi total, pero su silueta se distingue. Me quedo inmóvil pensando que así todo terminara, si no me muevo y no me puede imitar quizás así se vaya y yo pueda robarle a la noche las últimas horas de sueño. La sombra se mueve y noto como algo en mi se mueve al compás. Se me hiela el cuerpo y el sudor frio de repente recubre toda mi piel. No me imitaba la sombra a mí sino yo a ella.

Miro fijamente a las cuencas vacías de sus ojos, con miedo e incapaz de entender que ocurre. Trago saliva de nuevo e intento controlar la respiración. Me niego a creer que todo el tiempo la sombra me ha controlado, me niego a aceptar que me he convertido en la marioneta de ese ser. Decido ser yo quien se mueve y veo a la sombra imitarme a mí, no es menos preocupante, pero por algún motivo me alegra saber que lo que sea que está ocurriendo es reciproco. Seguimos evaluándonos y midiendo nuestras fuerzas desde la distancia que nos permite mi pequeña habitación durante un rato. No se cuanto duramos haciendo eso pues la extraña danza que compartimos se vuelve hipnótica. Me acerco y la sombra me imita. El ser da otro paso y soy yo entonces quien imita el gesto. Poco a poco acabamos encontrándonos a cada lado de la cama. Observándonos desde la cercanía. Si estiro el brazo me imitara y nuestras manos se tocarían. Miro con nerviosismo mi mano y la suya dudando de si hacerlo. Cierro el puño y no se si es porque me ha de imitar o porque también lo quiere hacer, pero veo la misma duda en la sombra.

La cálida y trémula luz de los primeros rayos del amanecer empieza a colarse por la ventana. La sombra parece diferente y poco a poco menos intensa. Tardo en darme cuenta de lo que esta ocurriendo quizás demasiado ya que pronto acaba desapareciendo por completo. Me dejo caer sobre la cama, sin saber que creer ni que pensar. Esa extraña conexión, ese extraño sentimiento de unión y paz que recorría mi cuerpo con cada paso que daba para acercarnos sigue estando presente. Me acuesto y me cobijo bajo la manta con una sonrisa en la cara. No entiendo nada, pero por algún extraño motivo el miedo ha dado paso a la pena y ahora quiero volver a ver a la sombra. Cierro los ojos y la paz me sume en un placentero sueño.

 

…No sé qué ocurrió para que todo cambiase. No sé por qué me eligieron a mí o porqué veo cada noche las sombras. Solo sé que poco a poco en mi día a día me parezco más a una de ellas, quizás pronto lo sea. ¿Quién sabe? Sé que es algo extraño y que cuando lo leas pensaras que son los desvaríos de alguien loco, yo lo sigo pensando a pesar de las diferentes evaluaciones médicas que me hice que demostraron lo contrario. Si te ocurre no huyas, no los temas solo empeorarás las cosas. Acepta que te han elegido y aprende a vivir con ellas. Las sombras están ahí, a nuestro alrededor, pero se esconden en la oscuridad observándonos sin que lo sepamos. La próxima vez que creas estar a solas en una habitación recuerda que en cualquier esquina hay una sombra y por pequeña que sea te observa.

Escribo estas líneas poco antes de la media noche de la treceava noche, en breve me dispongo a irme a la cama, no a dormir si no a unirme a ellas. Quizás, dentro de poco sea yo quien te observe a ti.

           

No han pasado dos horas cuando suena la alarma y me levanto. A pesar de haber dormido muy poco estoy feliz y con energía. Desayuno con tranquilidad y salgo a la calle de camino a un trabajo que odio. Paso el día de recado en recado, cada día creo más firmemente que siempre me encargaran eso: los recados, y nunca tendré un proyecto de verdad en la empresa. El jefe vuelve a estar de mal humor, esta vez porque la máquina del café se ha roto, me grita asegurando que es mi trabajo que esas cosas no pasen. La extraña felicidad que recorre mi cuerpo desde la madrugada impide que me molesten sus gritos. La jornada acaba y llego a casa y me preparo para hacer todo lo que tenia planeado. Esta noche, será la última, me iré con las sombras.

 

Buenas noches y dulces sueños.

 

Por M. D. Maris

 

 

La segunda Tierra

Capítulo 1

Los seis astronautas estaban en la sala de recreo del complejo de entrenamiento, en unos de los pocos ratos libres que tenían. Aún no sabían cuándo iban a llevar a cabo su misión, pero ya habían completado todos los entrenamientos, pasados los test psicotécnicos y toda clase de exámenes médicos. Hablaban sobre el viaje que iban a efectuar. Sabían muy poco, sólo que la nave principal estaba en la ISS. Era demasiado grande y pesada como para despegar desde la superficie. Esperaban que los miembros de la Junta los llamaran para darles todos los detalles. Mientras tanto, sólo especulaban:

 —Yo creo que nos van a enviar a Marte. Quieren colonizarlo, ya sabéis— dijo el ingeniero John Parkill.

—¡No seas bobo! —dijo Ann Landers, bióloga—. ¿Tú crees que nos hubieran entrenado para el salto dimensional? Vamos más lejos.

—Pues yo he escuchado que tienen problemas en Io con los transportes de suministros— dijo Tom Manners, físico.

—A Io se puede llegar con una cámara de hibernación— dijo Carol Sanders, geóloga.

—Nos llevarán, pues, al espacio profundo, donde se necesite un salto dimensional— dijo el copiloto, George Best—. Una vez allí, no tengo ni idea.

—Dejad de especular— ordenó el Capitán Rick Stein—. Nada de eso es factible.

Todos tenían un respeto reverencial al Capitán Stein. Había realizado varios saltos, visitando planetas con potencial de albergar vida humana. Tenía mucha experiencia y para una tripulación que nunca había efectuado viajes más allá del Sistema Solar, era un privilegio tenerlo a bordo.

Tal y como habían estado esperando, la megafonía los llamó a la sala de reunión.

Tomaron asiento. En el otro lado de la mesa, un joven permanecía sentado, observándolos.

El doctor Niemens, junto a varios científicos que conocían de vista, empezó a hablar:

—Antes de empezar con las explicaciones, me gustaría decirles que el Instituto Espacial ha creído conveniente que haya un miembro más en la tripulación. ¿Dave? Levántate y preséntate.

—Soy Dave, número de serie AB234. Soy un robot de última generación. Tengo conocimientos de matemáticas, química, física u otras ciencias más. No puedo competir con ustedes en esos campos, pero puedo ser de ayuda— explicó Dave.

—¿Van a meter un robot en mi tripulación? —preguntó Stein—. La última vez que viajé con un robot le afectó el cambio de presión del salto y se volvió impredecible. Tuvimos que destruirlo. No toleraré…

—Tranquilo, Stein. Los robots han evolucionado desde entonces. Éste ha sido sometido a las mismas pruebas que ustedes y las ha pasado con éxito— dijo Niemens.

El resto del grupo miraba con curiosidad a Dave. Habían visto cientos  de robots, pero por lo visto aquél era especial. Y formaría parte de la tripulación.

—Ahora, la información esencial que necesitan— dijo Niemens—. Van a ir a la estrella Pegaso, a cuarenta años luz. Hemos hallado un sistema de planetas a su alrededor, pero sólo uno será su destino. Tanto la gravedad como la distancia a su sol son similares al nuestro. Es una misión de ir, observar y volver. No queremos que aterricen allí, no sabemos nada de su morfología. Pueden bajar con la nave de emergencia y dar un par de vueltas. Recojan datos de la atmósfera y vuelvan. Parten dentro de tres semanas.

—¿Para qué me necesitan? —dijo Carol—. Soy geóloga. Si no puedo tomar muestras, mi presencia es inútil.

—Lo mismo digo— dijo Ann, molesta.

—Si necesitan muestras y el viaje al planeta es factible, Dave las recogerá.

—¿Quéeeee? Cuarenta años luz, dos saltos dimensionales para no poder siquiera poner un pie en el planeta y Dave sí? — dijo George.

—Ustedes son demasiado valiosos para arriesgarnos. Dave no necesita respirar, es casi inmune a los cambios de gravedad y está cualificado para hacer cualquier cosa que le pidan— dijo Niemens—. Encima de la mesa tienen los dossiers de la misión. Estúdienlos. Y recuerden que allá arriba estarán solos.

Capítulo 2

Cuando subieron a la nave auxiliar, sintieron que empezaba la misión. Fue un viaje corto a la ISS y pudieron ver la nave desde las portillas. El Capitán Stein la conocía bien. Había efectuado diversos saltos con ella, sin incidencias. Atravesaron la esclusa a la nave principal, la Casiopea, y durante un rato se comportaron como críos, explorándola, buscando sus cubículos y yendo al gran puente de mando, que albergaba las cápsulas de salto.

La nave constaba también de una cocina, un gimnasio bien equipado y una sala de recreo que hacía las veces de biblioteca, videoteca y sala de juegos.

El salto dimensional estaba previsto para dentro de dos días. El Capitán les ordenó que revisaran sus cápsulas, pues una pequeña grieta podía tener consecuencias fatales.

Stein, cuando terminaron con las cápsulas, les conminó a sentarse en sus asientos y ponerse los cinturones de seguridad. Iban a despegar en unos minutos.

El Capitán verificó los mandos y Best estaba listo para desacoplar la Casiopea de la ISS. Todo sucedió en unos segundos. El motor iónico en marcha hizo que la tripulación notara una breve vibración. Antes de lo que creían, Stein les dijo que ya podían desabrocharse los cinturones. Estaban en marcha.

Iban a trazar una órbita elíptica alrededor de Marte. Tenían que salir del Sistema Solar para hacer el salto o corrían el riesgo de chocar contra alguno de los planetas o asteroides.

Los dos días siguientes los pasaron familiarizándose con la nave y algunos conociendo mejor a Dave.

—¿En cuántos viajes has estado, Dave? — preguntó Carol.

—Este es el número dieciocho— contestó Dave.

—¿Y tú también harás el salto? — preguntó Ann.

—Por supuesto. Si no lo hiciera me desintegraría al acto—dijo Dave.

—¡Eh, tú, robot! ¿En cuántos planetas has estado? —preguntó John.

—En veintiséis, dentro y fuera del Sistema Solar— dijo Dave.

—¡Esto es un astronauta y no nosotros, que no hemos salido nunca del Sistema Solar!

—¡Puedes darnos lecciones a todos! — se mofó John.

—Basta ya, John— dijo Tom—. ¿Has bebido? Se nos dijo explícitamente que nada de alcohol.

—¿Me tratas de borracho por un par de traguitos de la petaca? ¡Jesús, un hombre no puede ni relajarse un poco aquí, en esta lata de sardinas? — gritó John.

 —Si vuelves a beber, se lo diré al Capitán. Hemos de estar sobrios. Mañana es el salto dimensional y no queremos borrachos en las cápsulas— amenazó Tom.

La mención de Stein hizo su efecto. John calló y se fue rezongando a su cubículo.

—Voy a buscar esa maldita petaca y a quitársela— dijo Tom—. Y se fue tras de él.

Llegó Stein en ese momento. Les ordenó volver a repasar las cápsulas. Eran resistentes, pero sus materiales eran maleables. Stein había explicado varias veces que en uno de sus viajes no pudieron saltar porque la cremallera del traje de un astronauta había abierto un agujero en el material de la cápsula. Si él no saltaba, nadie más podía hacerlo. Había una cápsula para cada uno, nada más. Claro que desde entonces los materiales eran más resistentes y se habían dotado las naves de cápsulas de refuerzo.

Cuando volvió al puesto de mando, Best informó al Capitán que estaban fuera de los límites del Sistema Solar. Mañana habría espacio suficiente para el salto. Juntos, repasaron las coordenadas de los dos saltos, el de ida y el de vuelta, aunque la consola  controlaba todos los datos, y el ordenador de la consola de mandos también tenía la misma información, el Capitán prefería hacerlo por sí mismo.

A la mañana siguiente, desayunaban en silencio ante la inminencia del salto. Aunque habían llevado a cabo varios de prueba durante su entrenamiento, tenían muy presentes todas las cosas que podían salir mal. A mayor distancia, más tiempo dentro de la cápsula y algo podía fallar. Y la distancia era grande: cuarenta años luz. Se presentó Stein y les informó que saltarían en dos horas. Media hora antes, los quería con el traje espacial puesto.

Estaban todos reunidos en el puesto de mando, con los cascos en la mano, esperando. El Capitán dio la orden. Se pusieron los cascos y se introdujeron en las estrechas cápsulas con cuidado infinito. El Capitán las fue comprobando y luego se metió Dave, seguido de Best. El Capitán fue el último y activó la cuenta atrás de la consola. Después de una espera que se les hizo eterna, llegó el consabido aumento de la gravedad, seguido de la sensación de ingravidez. Más tarde, la percepción de que los miembros se les separaban del cuerpo. Les pareció que duraba una eternidad, aunque poco a poco los efectos se fueron amortiguando hasta desaparecer. Stein fue abriendo las cápsulas, verificando que no había ningún problema. Salieron y miraron por la portilla de observación de la sala de mandos. Aún lejano, un mundo solitario estaba delante de ellos. Habían llegado.

Capítulo 3

Las computadoras de a bordo trabajaban a toda velocidad, recalculando órbitas, traslaciones, masa, tamaño, gravedad, características del sol y analizando la composición de la parte alta de la atmósfera, que era donde se hallaba la nave. El Capitán quería todos los datos actualizados antes de descender hacia algo desconocido. Cuando el ordenador terminó con las notas, Tom las consultó e interpretó para el resto de la tripulación:

—Este planeta se parece asombrosamente a la Tierra. Su velocidad de rotación es casi de veintitrés horas. Se traslada alrededor de su sol en algo menos que un año terrestre, lo que significa que hay estaciones, aunque no sean tal y como las conocemos. Pueden ser leves o muy extremas. En cuanto a su gravedad, calculando su masa, es de 10,6, casi imperceptible para el ser humano. La atmósfera de las capas altas es idéntica a la de la Tierra, hidrógeno y helio. Yo diría que hemos topado con un mundo entre mil millones.

—Podría tener todas las características de la Tierra y ser una roca polvorienta— dijo Carol.

—No te lo discuto. No lo veremos hasta que estemos más cerca— dijo Tom—. Capitán, sugiero que descendamos hasta las capas bajas de la atmósfera. Entonces sabremos más.

El Capitán obedeció y en un par de horas el planeta ocupaba todo el visor. Estaba rodeado de una capa algodonosa, extrañamente parecida a las nubes. Ya no podía bajar más. La nave ya notaba la gravedad del planeta.

—¿Señor? —dijo Dave. Sus computadoras se equivocan y el visor no muestra nada rodeando el planeta. Es una roca.

—Lo estoy viendo con mis propios ojos. Si eso no son nubes, yo no soy el Capitán.

—Debe ser un efecto óptico. Yo sólo veo un mundo inhóspito. Voy a decírselo a los demás.

—A lo mejor tus circuitos no están configurados para ver lo que percibimos nosotros— dijo el Capitán.

—¿Y bien, Tom? —preguntó Stein.

—No se lo va a creer. Esa masa está compuesta de agua. ¡Son nubes, Señor! —dijo Tom excitado—. ¡Y la capa baja de la atmósfera contiene oxígeno! ¡En la misma proporción que el nuestro! Claro que tenemos que confirmarlo. Aún estamos a gran altura.

Todos hablaron a la vez, eufóricos. ¡Habían encontrado una segunda Tierra! De todos los planetas del universo conocido, habían dado con un planeta habitable. Recordaron las palabras de Niemens. Podían descender con la nave auxiliar, verlo con sus propios ojos. Sólo sobrevolarlo, grabarlo, hacer fotografías. No llevaría más que un par de horas. Dave habló antes de que fuera demasiado tarde:

—¡No vayáis! Encontraréis una roca polvorienta. ¡Y no hay nubes! En el visor yo sólo veo un planeta inhóspito. Hay algo raro en todo esto. Vayámonos de aquí.

—Ya te lo he dicho antes, Dave, hay algo en tu programación que te impide ver lo que vemos nosotros— dijo Stein—. Ven a la nave con nosotros, quizás así percibas lo mismo.

Todos estaban contentos y dichosos. Se peleaban como críos por los asientos que tenían portilla. Dave, callado, ocupó su asiento. No llevaban trajes. Al menos no pisarían el planeta.

Pronto estuvieron por encima de lo que parecían ser nubes. Los escáneres de a bordo confirmaron que estaban compuestas de agua. Ahora faltaba confirmar la atmósfera. Descendieron atravesando las nubes hasta unos cientos de km por encima del planeta.

—¿Tom? —preguntó Stein.

—Señor, la proporción es ligeramente diferente. El nitrógeno está en un 85% y el oxígeno, un 14%. Es igualmente respirable, las proporciones difieren muy poco.

Siguieron bajando. Todos querían ver aquel mundo gemelo. Todos menos Dave. Él ya lo veía. Y a medida que se iban acercando, en vez de un planeta reseco y abandonado, vio que estaba erizado de cúpulas transparentes, incluso acertó a observar que dentro había alguien.

—Capitán, por favor, en este planeta hay algo muy extraño, diría que siniestro. Aún podemos dar media vuelta— dijo Dave.

—¿Ahora que pasaremos las nubes y veremos cómo es? — dijo Carol—. Siga, Capitán.

—Estoy harto de este robot agorero. Se le debe haber fundido algún circuito. ¿Lo desconectamos? — preguntó John. —. Y hurgando en su nuca, encontró el panel de desconexión. Dave quedó congelado, con la mirada fija.

Se quedaron sin habla. Lo que veían era lo mismo que sus abuelos les habían explicado sobre cómo era la Tierra antes que la mano del hombre casi la destruyera. Campos verdes hasta el infinito, flores, lagos, ríos, un mar azul, multitud de árboles, animales que corrían bajo su nave, montañas lejanas coronadas de nieve. Después, empezaron a hablar todos a la vez:

—Stein ¡Hemos de bajar!

—¡Mirad ese bosque! ¡Es precioso!

—¡Bajemos un par de horas, sólo eso!

No llevamos trajes. No podemos bajar— dijo el Capitán muy a su pesar—. Puede haber virus y bacterias letales aquí abajo.

—Capitán, puedo tomar muestras de aire y analizarlas. Si no hay nada, podremos bajar— dijo Ann.

Como todos, Ann llevaba su equipo. Estuvo lo que a los demás les parecía una eternidad analizando muestras. Al final, con voz triunfal, dijo:

—Nada, Capitán. Las mismas cepas que en la Tierra. Son inocuas.

El Capitán claudicó. Puso una condición. Aterrizar cerca de la Casiopea por  si surgía un peligro. Y que sólo serían un par de horas.

Capítulo 4

Dieron la vuelta y Best calculó la posición de la nave madre. Estaba justo encima de ellos. Stein maniobró y la nave se posó suavemente en un prado con flores.

Salieron a trompicones. Acariciaban la hierba. Cogían flores. Tom se subió a un árbol y vio un río que iba a parar a un lago de aguas cristalinas no lejos de allí. Dando un grito de triunfo, se quedó en ropa interior y se tiró de cabeza. Stein les dejaba hacer. Le invadía una sensación de bienestar indecible, igual que a su tripulación.

Pasaron las dos horas pactadas. Nadie se acordó. Carol y Ann estaban dando un paseo por el bosquecillo que había cerca. Vieron unas cuantas ardillas, que no parecían temerlas y comieron de su mano. Estaban encantadas. Tom y George aún estaban en el lago, nadando y observando cómo los peces no huían de ellos. Parecía que se ofrecían a ser comidos, como dijo Tom. John estaba en la nave, bebiendo de su petaca y observando a Dave. Ojalá no lo despertaran nunca. Tenía el cerebro averiado. ¡Mira que ver una roca polvorienta en aquel paraíso! El Capitán se había empeñado en construir una caña de pescar. Había encontrado un palo largo y flexible. Le faltaba el sedal.

Las dos horas pactadas se convirtieron en días y semanas. Todos disfrutaban, aunque, sin que se dieran cuenta, ocurrían cosas extrañas: la reserva de licor de John no parecía agotarse. Su petaca siempre estaba llena. Y estaba la cuestión de la comida. Todos comían fruta de los árboles, pero al día siguiente parecía haberse regenerado. Y también ocurría lo mismo con la comida de la nave auxiliar: no parecía menguar en absoluto. Pero la tripulación parecía presa de un frenesí constante de disfrutar del entorno. Su parte lógica parecía estar dormida. Sólo la parte lúdica y sentimental parecía funcionar. Y cuanto más tiempo permanecían allí, más grande era la diferencia.

Pronto olvidaron qué les había traído allí, su misión, incluso veían la nave de emergencia sólo para ir a buscar comida y a dormir, sin ninguna otra utilidad.

Un día, Ann salió del lago antes que de costumbre. Empezaba a estar harta de ir todos los días. Le apetecía más dar un paseo hacia una zona que aún no había visto: un bosque grande y espeso, con árboles muy altos, nada que ver con el bosquecillo que solían visitar con Carol. Se puso en marcha. Supo instintivamente que no se perdería, pues a pesar de que no lo recordara en absoluto, su padre y su abuelo habían sido cazadores y le habían enseñado a orientarse, por muy enmarañado que fuera el bosque. Por lo que ella sabía, ninguno de sus compañeros había entrado en él. Imponía. Sin pensarlo dos veces, se adentró en él. Su parte lógica, anulada, se empezó a poner en marcha. Se fijó en el sol, en el musgo, en la inclinación de los árboles. Antes de  que se diera cuenta, lo había atravesado. Y vio un espectáculo magnífico: una cascada que caía sobre un río, rodeado de vegetación alta. Y decidió ir. Estaba lejos pero le gustaba andar. Apenas había dado unos pasos cuando un golpe en la cara hizo que se quedara sentada. Se levantó y estiró el brazo. Allí había algo. Era suave al tacto, transparente y flexible. Lo resiguió con la palma abierta, largo rato. Fuera lo que fuera, era grande.

Reflexionó sobre varias cosas: su instinto en el bosque, sus ganas de hacer cosas diferentes a los demás y su descubrimiento del material extraño más allá del bosque. Eran cosas que no solía hacer. Su parte lógica había despertado en parte, pero algo le decía que lo olvidaría, que volvería a ser como antes. Y una voz diminuta le dijo:

— ¡Corre, ve a contárselo a Dave!

Atravesó el bosque como una centella. No quería olvidar nada. Llegó al lago, donde los demás se solazaban y fue a buscar a Dave. Dentro de la nave estaba John, borracho. No le suponía ningún problema. Y conectó a Dave y le dijo atropelladamente todo lo que había visto y sentido. Dave no dijo nada. Salió de la nave y observó. Vio a unos cuantos tripulantes en una hondonada cubierta de polvo, remedando gestos de natación. Vio a Stein con un trozo de cable sumergido en el polvo intentando pescar. Y a Tom, subido a una roca intentando alcanzar algo invisible. Finalmente Carol paseaba entre decenas de rocas puntiagudas. Dave preguntó:

—¿Qué ves?

—Lo de siempre, pero diferente. Ellos son diferentes— dijo Ann.

—Esto es tu parte lógica es más fuerte que la de los demás. Ellos la tienen completamente anulada— explicó Dave—. Llévame al bosque y a esa sustancia. Quiero enseñarte algo.

Cuando llegaron, Dave le hizo saber que sin su parte racional, no lo hubieran atravesado.

—Aunque ahora no lo sepas, alguien te enseñó a hacerlo. Y eso es instintivo. El instinto, otra de las facultades anuladas a tus compañeros— dijo Dave.

Tocaron la sustancia. Dave la pellizcó con todas sus fuerzas con los dedos. Nada. Entonces el robot le dijo:

—Mira afuera.

Ann miró. No veía más que la cascada y campos verdes.

—Recuerda la sensación que sentiste cuando ya no te querías bañar más, que querías hacer algo diferente. Cuando te metiste en el bosque y sabías exactamente lo que tenías que hacer. Tienes voluntad, vuelves a tener instinto y has demostrado trazas de pensamiento lógico al venirme a buscar. Haz un esfuerzo y mira.

Ann miró. Largo rato. Luego recurrió al instinto. Algo no funcionaba. Y luego acudió a la poca lógica que estaba despertando. Y lo vio claro. Lo repente, la cascada se volvió borrosa. En su lugar, borrosa también, vio una especie de cúpula. Y luego la cascada. Eran como esas imágenes de televisión que a veces sufren interferencias. Poco a poco, todo el paisaje desapareció. Apareció un suelo rocoso, erizado aquí y allá de cúpulas. Ann vio que había seres en las más cercanas. Eran cárceles.

 —¡Tú lo sabías! ¡Intentaste decírnoslo! —exclamó Ann.

 —Sí. Mi cerebro no es como el vuestro. Yo lo vi tal y como era— dijo Dave.

 —¿Cómo es el campamento? — preguntó Ann.

 —Un erial. El lago es de polvo y los árboles son rocas—dijo Dave.

—¿Podemos salvar a los demás? —preguntó Ann.

—No han demostrado nada de lógica, ni de instinto o perseverancia. Es difícil— dijo Dave.  

—¿Quién nos ha metido aquí? — preguntó Ann.

—Yo creo que son seres con muchísimo poder, que nos rodean y no podemos verlos—.  Quizás incluso sean de otra dimensión— dijo Dave.

—¿Y por qué? —preguntó Ann.

—¡Quién sabe! Yo creo que por diversión. Un planeta lleno de seres de otros mundos para observar— dijo Dave.

—¡Pero eso es cruel! —exclamó Ann.

—No más que los zoológicos— dijo Dave.

Hablaban mientras volvían al campamento. Ann entró en estado de shock. Dave no mentía. Miró el lago donde se había bañado esa misma mañana. Era una hondonada de rocas y polvo. Todo el campamento era una tierra baldía. En tanto miraba a su alrededor, el Capitán se acercó. Reflejaba perplejidad.  

—No sé por qué intentaba pescar con un cable. No lo entiendo. ¿Dónde está mi caña de pescar?

 Ann y Dave se miraron. Stein había visto el cable. Y miraba al grupo del lago con confusión.

 —¿Qué me está pasando? Lo veo todo borroso. Los árboles sufren interferencias. ¡No quiero que se destruya este mundo! —gritó Stein.

 —Detrás de la nave hay otro trozo de cúpula. La he visto brillar. Llevémosle. Su sentido lógico es más fuerte que el tuyo. Ha visto las interferencias más rápido que tú— dijo Dave.

El Capitán estaba de pie, quieto, como aturdido. Se dejó llevar a la parte trasera de la nave. Dave sabía que allí había otra cúpula, con unos seres diminutos pero muy numerosos. Su cúpula era también un pedazo de tierra baldía.

 —Capitán, ponga la mano aquí— dijo Dave—. ¿Qué ve?

 —Borroso. A veces veo rocas y a veces árboles. No puede ser.

—Concéntrese. ¿Son rocas o árboles? —preguntó Dave.

 —Dios, son rocas. Y el suelo. ¿Y qué es esta sustancia? —preguntó Stein.

 Despacio, Ann y Dave le explicaron lo que habían descubierto.

 —¡No puede ser! ¿Una hipnosis colectiva? Y por cierto, ¿Qué haces tú conectado? —preguntó Stein.

 Fue entonces cuando Ann y Dave supieron que había despertado.

Insistió en volver delante de la nave. Lo que vio no lo iba a olvidar en la vida. Su tripulación restregándose por el polvo, subida a rocas, arrancando algo invisible del suelo. 

—Tenemos que irnos de aquí, todos. No dejaré a nadie atrás. Tenemos la nave. Esa cúpula no resistirá el despegue— dijo Stein.

—No podremos. Esos seres no nos dejarán— dijo Dave.

—Cogeremos a Carol, John, George y Tom y los llevaremos a la fuerza a  la nave si es preciso— dijo Stein, obviando el comentario de Dave.

Lo intentaron durante tres días. Una vez estaban en la nave, escapaban de nuevo. Y de repente, se volvieron agresivos. Una lluvia de piedras les acechaba en cada rincón de la cúpula. Pero el Capitán no daba su brazo a torcer. Los tentaban con comida y a John, con su bebida. Nada daba resultado.

Hasta que al cuarto día, pasó algo extraordinario. No estaban. Los buscaron por todas partes hasta que Dave señaló la parte de la cúpula que estaba detrás de lo que había sido el bosquecillo. Estaban allí, los cuatro, detrás de la cúpula. Ahora sí que no podían hacer nada. Stein al final se rindió. Se iban a quedar.

Cuando encendieron los motores, Dave se colocó de copiloto. Temía una acción de los seres para no dejarles marchar. A él no le afectaría y podría seguir pilotando. La nave se elevó y pronto chocó con la cúpula. Stein la puso al máximo, pero no pudo superarla.

—¡Maldita sea! Exclamó Stein.

—Señor, pocos materiales resisten el fuego. Propongo que inclinemos la nave y enfoquemos los motores a toda potencia a esa cúpula— dijo Dave.

Stein lo hizo. Ann estaba en una postura muy incómoda. Se le clavaban todos los arneses. Esperaba que funcionara pronto la idea de Dave. Súbitamente, un chirrido insoportable invadió la nave. Ann y Stein se taparon los oídos en un vano intento por amortiguarlo. Dave cogió inmediatamente los mandos y dirigió los motores a la cúpula.

El robot observaba atentamente por una portilla si el calor causaba efecto. Primero, vio unas ligeras arrugas. Después, lentamente, fue cambiando a un color rojizo y finalmente, se rompió. El agujero era grande, más que los motores. En una maniobra arriesgada, salió hacia atrás, rozando los bordes. La nave estaba libre. La enderezó y se dirigió rápidamente a la Casiopea.

En el mismo momento que la nave surgió de la cúpula, cesaron los chirridos. Ann y Stein vieron que habían salido y observaron el planeta por la portilla posterior. Lo que vieron les dejó sin habla. Era una roca polvorienta, sí, pero erizada de cúpulas. Había docenas de ellas. “Pobres criaturas”, pensó Ann.

—Ya cojo yo los mandos, Dave. Ve a observar ese maldito planeta— dijo Stein.

Dave obedeció. Pero él vio algo que los ojos humanos no podían ver. Cambió su visión a infrarrojos y el mundo se pobló de seres, semejantes a montañas, que iban de una cúpula a otra, observando. “Yo tenía razón. No éramos más que parte de su diversión. Un zoológico interestelar”.

Por Ana Farré Ibáñez

BAJO MI PIEL


Otra vez el mismo crujido. ¿Metal que se retuerce en la mitad de mi cerebro o la tierra que se agrieta bajo mis pies? No lo sé. No lo siento. No puedo sentirlo. Ladeo mi cabeza hacia la herrumbrosa ventana. En el exterior, las insignificantes gotas de color bermejo ascienden hacia el cielo, un cielo enfermo, pajizo y pesado que cae sobre nosotros como un vómito ácido y corrosivo. La lluvia brota hacia el universo, haciendo llorar al planeta, haciéndolo sufrir mientras lo envenenamos. No puede soportar la toxicidad que ellos, los Uuukras, vierten en la tierra para hacerla suya, para arrebatarnos lo que un día olvidamos, para recordarnos que fuimos nosotros los que los creamos.

Aparto mis ojos del cristal reventado por los metales pesados que ahogan todo cuanto me rodea. No deseo ver mi fragmentado y amorfo reflejo, aquel que me evoca recuerdos que no encuentro, que desconozco, que apenas puedo comprender. Llego tarde a mi penitencia, que tampoco entiendo, pero que percibo en mi caprichoso interior. Mi pupila azul deambula como un sgrap, fantasmas de hierro y piel, sobre mi negra carne que apenas resiste ya el óxido que me pervierte, que me infecta y que me transforma en lo que ahora soy.

Me-tal —pronuncio.

Dos voces se manifiestan desde mis entrañas doblegadas, obligadas a vivir entre entre el bien y el mal, entre la Tierra y el Infierno del que soy esclava, prisionera y sierva de un mundo caduco sin esperanzas ni sueños.

Un maullido llega a mi oído humano, a la mitad que me han permitido quedarme como condena por mi pasado, como sentencia por haber nacido humana. Distorsionada, contemplo desde mi otra salvaje y amarronada pupila el esquelético animal que se retuerce entre mis piernas, buscando alimento, buscando un sustento que le proporcione sosiego en el vientre, que a mí me fue arrebatado cuando me transformaron en un engendro siamés entre los desperdicios de una cáscara efímera y terrenal y un Uuukra.

¿Soy una superviviente? No. No soy nada. Me he convertido en nada. Ya no pertenezco a la Tierra que un día me vio nacer. Tampoco al universo.

Los Uuukra se han revelado contra nosotros, como un niño emberrinchado, como un niño que ha crecido y luego maltrata al padre que le dio la vida. No existe la conciliación, ni redención. Ya no existe nada. No creo en nada. Ni en el bien, ni en el mal. ¿La maldad? Los humanos. Hombres acaudalados que se ocultan tras sus casas de hierro, entre sus propios miedos, entre sus deseos más lascivos y oscuros. En el exterior, la barbarie, el aborto androide. Sgrap, chatarra humanoide que sobrevive en las oxidadas calles como juguetes rotos.

¿Supervivencia o maldad? Maldad, lo percibo en mi mitad, pero no lo comprendo. Mis sentidos mutilados no necesitan descanso, no necesitan alimento. Solo permanezco, esperando algo que no concibo. Bajo mi piel, no siento amor. Ya no sueño, mi parte Uuukra me lo ha arrebatado todo.

—¿Estás lista? —El hombre me sujeta de mi humana cintura, de mi negruzca piel que apenas queda.

Los hombres, creyéndose superiores, rogaron seguir siendo humanos. Nosotros, mujeres, ancianos y enfermos, fuimos despreciados por esta sociedad clasista, convertidos en súbditos del mal. Yo, esclava, sin grilletes, pero en una cárcel interna.

Bajo mi piel, soy dos. Sobre ella, una. A ellos les complace, como si estuvieran fornicado con dos. Dos por el precio de una. Me folla como a una antigua prostituta. Me dejo arrancar la tela que cubre la vergüenza que no siento cuando me embiste desde la masa grasienta que entierra sus huesos, que no siento cuando su semen caliente me invade mi cuerpo siamés. Entonces, recuerdo. Algo cortocircuita mis sesos oxidados entre el ADN Uuukra y humano. Recuerdos de besos llenos de pasión, de caricias dulces, de palabras que sólo parecen existir en un pasado ya lejano, y un nombre, Tylwyth teg, se repite perecedero hasta que se esfuma con un vestigio de mi antigua alma.

El impúdico jadeo del hombre me alcanza el rostro. Orgasmo que consuma mientras vibra su pellejo entre mis piernas. Finjo el mío. Él se da cuenta. Me golpea. Me golpea con tal violencia que algo falla en mi interior. No siento dolor, pero si la energía de los Uuukra contaminándome. Debo ser fuerte. No puedo dejar que me controle. No puedo perder mi parte humana, si es que todavía queda algo de ella.

No lo consigo.

Dos oscilaciones de cabeza.

Mis ojos parpadean arrítmicos.

Un movimiento seco.

El cuerpo cae con un sonido gomoso mientras machaco su cráneo en el suelo.

Me alejo de él y me aproximo a la puerta, que se abre cuando mi energía azul roza uno de sus laterales como si fuera un tentáculo unido a una cabeza sin cerebro, pero inteligente, demasiado inteligente, mortal y abrumador, como las medusas.

En el exterior todo está muerto, corrompido, putrefacto y degenerado por el óxido, como si viviera en una constante pesadilla. Conozco el término, pero no alcanzo a evocar la emoción que aquello me trasmitía. Los aceitunados prados que cubrían la isla de Gales han desaparecido. Ahora, todo cuanto alcanzan mis siameses ojos sólo es muerte y destrucción, sólo es desasosiego, dolor, expiación y destierro. Ni siquiera el verdemar del océano que nos abrazaba existe ya. Ahora, sólo la inmunda tierra nos rodea, dejándonos sobre un soberbio precipicio que nos aboca al infierno de los Uuukra.

Camino entre las calles sin detenerme mientras mis nuevas directrices recopilan datos humanoides. Sus muertes, sus vidas, sus miedos, su resistencia hacia el poder, hacia nosotros. Frente a mí, un anciano me contempla inquieto, turbado por mi presencia, pero su torso amputado no le permite huir. Me acerco a él. Se retuerce tratando de escapar. Sus dedos convertidos en sgrap se aferran a la tierra mohosa mientras las espinas de un ajado y quebradizo zarzal que cubren su rostro se enredan asfixiándolo hasta morir.

—Carne humana que se pudre —manifiesto, autómata.

En sus ojos, hinchados, cavernosos y extraviados se advierte una señal de paz. No lo concibo. Mi parte Uuukra se contiene. Los humanos son extraños. En su último aliento no anhela guerra, ni lucha, ni compasión. Sólo paz, sólo calma y absolución hacia el planeta, hacia los Uuukra, hacia su nuevo destino, que es la carencia, la ausencia, es el olvido.

—Ampara la tierra —implora.

Se desploma levantando una herrumbe ola de polvo. Ahora es todo silencio, pero bajo mi piel algo se retuerce como un gusano abriéndose paso en el interior de una manzana. Un crujido. El suelo tiembla bajo mis pies Uuukra. Percibo. El planeta se muere. Imposible. Mi mitad humana no puede sentir nada.

Las ponzoñosas y rojizas gotas vuelven a elevarse hacia el cosmos, convertidas en sangre que brota desde una fatídica herida. Mi reflejo resucita en ellas. Lo que me permiten enseñar es perfecto a sus ojos. Bajo mi piel, soy un error. Mitad Uuukra y mitad humana para preservar nuestra especie con los hombres que sentenciaron nuestro destino. La mujer debería haber heredado la Tierra, pero fueron ellos, los hombres, con el poder de su palabra, con el poder del ego de sus pollas, que se hicieron con la irrisoria humanidad que quedaba.

Bajo mi piel siento algo, sobre ella, nada.

Se manifiesta el Uuukra que me dio esta nueva vida, este nuevo infierno, este error en el tiempo y en el espacio. Se acerca a mí con su cuerpo humanoide, delgado y fibrado, de aspecto opresor y dominante. Sus ojos negros me contemplan desde su altura, creyéndose un dios en el infierno que él mismo ha creado. Su cuerpo metalizado emite destellos azul añejo. Un eco metafísico emerge de su garganta. Hurga en mi cabeza mientras una fina línea se dibuja en el contorno de su férreo rostro. Sonrisa macabra. Aguardo. Sus humanoides manos se aferran a mi parte Uuukra. Nos acoplamos. Su energía me invade, me corroe, me penetra, me vence, me conquista y se apodera de mí. Somos uno. Somos todo. Somos nada. Los datos seleccionados navegan a través de mí, de mi cuerpo, de mi marchita piel, hasta el monstruo azul, que los devora con ansias, aprendiendo de los sgrap que repudiaron.

Entonces, siento algo en mi interior. No sé qué es. No lo digiero, no puedo nutrir mi parte Uuukra con aquella nueva o vieja sensación. La ignoro, pero los recuerdos regresan. Avivan dolores enterrados. Entonces, me doy cuenta. Mi parte humana ya no lo soporta, está llegando a su fin. Me convierto en chatarra humanoide como aquel anciano que ahora yace sobre la árida y estéril tierra.

El Uuukra me sonríe gozoso. Sus fieles acompañantes recogen el cuerpo sin vida del hombre. Abrasan su carne y sus huesos desde su energía azul añejo, impregnándose de su esencia vital, haciéndose más poderosos, más temibles, más eternos… Mientras, todo a su alrededor agoniza, se tiñe de un ocre melancólico y el núcleo del planeta se oxida, haciéndolo llorar de nuevo.

¿Los culpables? Los humanos. Nos creímos dioses. Queríamos ganar guerras, conquistar mundos, pero fuimos desterrados por nuestras creaciones. Su poder de destrucción es abominable. Los Uuukra existen por nuestro egoísmo, nuestra ansia de control y poder, pero llegó la revolución y, con ella, nuestra caída. Una plaga azul, oxidada, de hierro, energía pura mecánica, carente de esencia, que exterminó todo cuanto quiso y deseó y que ahora utiliza al planeta y nuestra energía para crearse y mantenerse.

El Uuukra y sus fieles se desvanecen. Durante su ascenso, se crea un rastro iridiscente de forma alada. De pronto, me sobreviene otro recuerdo.

—Ma… ri… po… sa —borboteo en trance.

Algo se dibuja entre mis retorcidos sesos. Unas formas curvas conciben un rosáceo borrón en una piel conocida. El nombre de Tylwyth teg regresa a mi memoria. Algo se revoluciona en mi interior. El amor que había exiliado me hace renacer como un ave fénix dentro de una carcasa de hierro y metal. Cortocircuito y un dolor que apenas recuerdo me hace sentir viva de nuevo.

Sé lo que debo hacer.

Avanzo sobre el yermo hacia una beic modur, un vehículo aeroespacial de energía fría que nos proporcionaron los Uuukra, y me deslizo volátil hacia una vieja y corrosiva fortificación de metal donde se erigen los monstruos azules, ocultos bajo la arcaica e inmortal energía nuclear y oscura, donde su densidad constante llena el espacio y el tiempo, donde las esperanzas y los sueños se desvanecen hasta convertirse en nada.

Entonces la veo, la siento, la huelo, la noto en mi todavía humana piel. Sus besos y sus caricias vuelven a mí. Sus palabras llenas de dicha, de segundas oportunidades. En este mundo cruel, en esta vida perdida, entre la confusión y el dolor, está ella, sólo ella. Tylwyth teg regresa a mí como una mariposa, como el antiguo grabado que rozaba la piel de su ombligo, allí donde me perdía hasta sus muslos, hasta su sexo, hasta su alma, pero ahora ya no existe nada. Ella, mudada, transfigurada completa en un Uuukra. Y, sólo como un escarmiento, como un recuerdo doloroso, alcanzo a ver un tono rosáceo y la mitad de unas alas rotas por el tiempo, rotas por el espacio, rotas por aquellos monstruos azules.

Sola, pero hay algo que todavía no me ha abandonado. Amor, el amor por este planeta, por este mundo marchito. Los recuerdos llegan de nuevo a mi mente que empieza morir, evangelizándose hacia un nuevo sgrap, uniéndome con la tierra que me vio nacer, uniéndome a la naturaleza y a la vida que todavía perdura en algún resquicio de esta maldad absoluta.

Siento dolor, mucho dolor. Duele mucho, pero sonrío. Sonrío con fuerza y con ansias mientras percibo como la energía de los Uuukra me abandona, pero antes de que eso acontezca me lanzo al vacío de la titánica y profunda apertura que nace desde el núcleo de la Tierra para abastecerlos y mantenerlos.

Entonces, ocurre. Una fisura se rompe, se crea, emerge entre mi cuerpo y la oscuridad, concibiendo una efímera oportunidad, una brecha interdimensional que expulsa a los Uuukra hacia un cruel destino a otra dimensión, dejándonos libres, dejándonos absueltos de nuestros pecados.

Recupero mi alma, mis recuerdos, mi vida pasada. Muero, ardo bajo la oscura energía, me oxido mientras me uno a la tierra. Vuelvo a ser humana. Mis cenizas se alzan, surcan un cielo azul lleno de estrellas. Cierro los ojos. Siento amor. Bajo mi piel, soy yo de nuevo.



Relato de Patricia Hernández Delgado

SEND NUDES

 

Salier miró por undécima vez la imagen que se reflejaba en su placa de comunicación. El cristal azulado mostraba una foto, o lo que creía que era una foto porque su contenido todavía le confundía. Por lo menos en la parte anatómica se parecía a un torso desnudo. La cuestión era que no sabía por qué alguien le enviaría algo así a él, un simple estudiante de la Academia Silvan de magia con cero interés en el cuerpo de ninguna persona. Además, no era por nada, pero esa piel no parecía la de un elfo, no tenía la tonalidad verde pastel de su raza ni tampoco la de ninguna de las razas que existían en su mundo. ¿Se trataría de una broma? No podía haber otra opción, seguro que Farela le estaba tomando el pelo como siempre.

Farela te juro por tus alas de hada que a la próxima te mando una maldición de segundo grado.

No eres Jan?

No sé que es un Jan, pero yo no soy nada de eso.

Jajajaja k gracioso ers.

M caes bien soy luke.

¿Luke? ¿Qué nombre era ese? Parecía más una enfermedad por indigestión de pociones que el nombre de una persona. Sin embargo, ahora que se daba cuenta de que había estado hablando con una persona que no era Farela se sentía un poco mal por haber sido tan maleducado. Debía de ser algún estudiante extranjero de la academia que había guardado mal el número de placa. Tecleó una disculpa rápida pensando que ese sería el final, pero una notificación le llevó la contraria unos minutos después. Aunque no tenía ninguna intención de contestarle. Dentro de poco tendría una exhibición con el claviero y le estaba costando más de lo normal aprenderse la pieza. Farela ya era suficiente distracción.

—¡Sa-li-er! —como si la hubiese invocado con el pensamiento, Farela apareció volando por su ventana con una sonrisa radiante—. ¿Qué haces estudiando todavía? ¿Es por lo del claviero? Seguro que lo haces súper genial. ¿Sabes que Mirela y Sup del curso de runas se han liado? Una elfa con una sirena, esto va a estar en boca de todos…

Si Farela se sintió ofendida por el suspiro exasperado que soltó Salier, no lo mencionó en ningún momento. De hecho el hada decidió ignorar el evidente disgusto de su amigo en favor de relatar a toda velocidad todos los detalles que sabía sobre el último escándalo de la academia.

—¿¡Qué es esto!? —Salier se giró solo para ver con horror como Farela sostenía su placa—. ¡Te han mandado un desnudo! —rio el hada—. ¿Quién es? ¿Quién es?

—No lo sé, ni me importa.

—Hmm —sus dientes afilados se asomaron por detrás de su sonrisa—. Te ha contestado.

Salier le arrebató la placa en apenas un segundo antes de que Farela pudiese comprobar el mensaje. El hada soltó una risa cantarina mientras escapaba por la ventana lanzándole un beso a su tímido amigo. Su eco todavía resonaba en la habitación cuando Salier comprobó los últimos mensajes del tal Luke, básicamente una retahíla de disculpas seguida de un par de preguntas sobre la iluminación de la foto. ¿Cómo se supone que iba a responder a eso? Es más, ¿por qué tendría que responder? Con el ceño fruncido volvió a dejar la placa en la mesa. No iba a dejar que las tonterías de Farela le comieran la cabeza, no iba a responder.

A Jamal no le gustaba meterse en la vida de los demás. Si alguien le preguntase diría que «Vive y deja vivir» era su filosofía de vida. Pero hasta él estaba empezando a tener curiosidad con todo el asunto del móvil de Luke. Sabía por ciencia cierta que no podía ser Jan porque ella misma había dicho que el número que le dio era falso. Por lo que, técnicamente, Luke no debería estar sonriéndole a la pantalla a cada segundo y soltando carcajadas cada vez que un mensaje aparecía en el chat.

—Muy bien, ya basta —Jamal cogió el móvil de la mesa con rapidez—. Esto es una intervención.

—Pero … ¿estamos en un McDonald’s? —Luke miró su hamburguesa con una ceja levantada.

Su amigo le dirigió una mirada escéptica. En cualquier otra ocasión Luke no tendría ningún problema en contarle lo que ocurría a Jamal. Pero lo que tenía con Salier, fuese lo que fuese, era algo entre ellos dos. Sentía que esa conexión era especial y no sabía muy bien si quería compartirlo con nadie más.

—Bueno… el número que Jan me dio no era el suyo —empezó a decir—. Pero la persona con ese número resultó ser muy maja y… hemos seguido hablando…

Jamal lo observó con cuidado, desde el rojo que adornaba su cara hasta la forma en la que evitaba sus ojos a toda costa. Había esperado muchas cosas de aquella conversación, pero su amigo sonrojándose mientras hablaba de su nuevo amigo no era una de ellas. Luke en el fondo entendía la confusión, incluso él estaba confundido con todo lo que estaba pasando. Salier no era precisamente una persona fácil con la que hablar, solía responder a todos sus mensajes con monosílabos junto con algún comentario sobre su mala ortografía. Pero no supo muy bien en qué punto empezó a notar otras cosas. En cómo Salier siempre solía poner un par de mensajes más explicando las palabras que creía que Luke no entendía. En cómo siempre le preguntaba qué tal le había ido el día. En lo contento que se ponía cuando hablaba de cómo había aprobado alguna de esas pruebas tan raras que hacían en su país. Y lo peor era que ninguna de estas pequeñas cosas le parecía suficiente. Quería saber más sobre él, qué comida le gustaba, su color favorito, qué cosas le hacían reír. Luke se dio cuenta de repente que daría cualquier cosa por escuchar aunque solo fuese una vez el sonido de su voz.

—Jamal, tengo un problema gordísimo —su amigo levantó una ceja—. Creo que me he enamorado de él.

La cuestión era que siempre había sabido que Luke era un tanto distinto. Muchas veces referenciaba cosas que Salier estaba bastante seguro no existían en su mundo, por no hablar de las extrañas fotos que mandaba de vez en cuando. La primera vez que una imagen de una especie de elfo de color bronce y orejas planas apareció en su placa, Salier pensó que se trataba de alguna broma. Tras pasar casi tres días sin salir de la biblioteca no había encontrado absolutamente ninguna raza que se pareciese a él. O no exactamente. Porque lo único remotamente similar a su amigo sería un «humano», lo cual Salier se negaba a si quiera contemplar. Todo el mundo sabía que los humanos solo eran inventos de los cuentos populares, el típico monstruo con el que tu madre te amenazaba si te quedabas despierto hasta muy tarde. No ayudaba el hecho de que estuviese empezando a tener sentimientos por él.

—Por todas mis alas, te ha dicho que le gustas —dijo Farela viendo el último mensaje.

—Ya lo sé, Farela —gruñó Salier mientras veía a la directora Kremel sentada en la primera fila de la grada hablando con un encapuchado. Si alguien podía tener respuestas era ella.

—¿Salier? —la mujer lo miró extrañada y empezó a andar hacia el campus principal—. Si tienes algún problema por favor concierta una cita, ahora estoy muy…

—Lo entiendo, y usted sabe que jamás la interrumpiría por nada —Salier le cortó el paso mientras veía como Farela les alcanzaba—. Pero creo que he contactado con un ser de otro mundo.

—¿Cómo dices? —ante su sorpresa, Salier abrió las fotos que Luke le había estado mandado.

—No son falsas, lo he comprobado —explicó mientras la directora cogía su placa para investigar su contenido—. Creo… creemos que por algún motivo Lu- el ser humano ha descubierto una codificación numérica que ha conectado con el enlace interno de mi placa y…

La directora los miró de arriba abajo y soltó un suspiro. Sin levantar la cabeza apretó la placa de Salier entre sus manos partiéndola en dos mitades casi perfectas. El sonido del cristal rompiéndose retumbó en los oídos del elfo mientras veía con horror cómo los trozos caían al suelo. Cuando el pie de la directora acabó por romper lo que quedaba de su placa, apenas pudo escuchar los gritos de Farela y las excusas de la directora sobre lo peligroso que podía ser aquello. Todo lo que pudo oír fue su corazón rompiéndose.

¿Era aquello una especie de castigo?

La pregunta se repetía en su cabeza mil veces mientras Jamal intentaba captar su atención. Hacía ya dos semanas que se había armado de valor para mandar esa estúpida confesión a Salier. Lo cierto era que no había esperado una respuesta directa, esas cosas hacía falta pensarlas, sobre todo cuando se trataba de alguien al que no había visto nunca y que conocías por un mero error. Así que la primera semana se dijo a sí mismo que era normal que Salier no contestase a sus mensajes.

Pero había pasado demasiado tiempo como para seguir pensando que iba a recibir alguna respuesta. Tumbado ahí en su cama, Luke se cuestionaba si quizás había hecho algo mal. Era cierto que no conocía a Salier desde hacía mucho tiempo, habían pasado apenas cuatro meses desde que el comienzo de ese intercambio, pero habían sido días de mensajes constantes, conversaciones a medianoche y risas escondidas en mitad de clase. Sabía que jamás le ignoraría sin más, tenía que haber algún motivo por el que había decidido dejar de contestar. 

—Ey, tío, ¿por qué te está brillando el móvil?

Tal y como estaba diciendo su amigo, cuando Luke se giró vio como de la pantalla de su teléfono salía un brillante resplandor. Toda la habitación comenzó a temblar mientras unos extraños círculos comenzaban a dibujarse alrededor de la columna de luz que emitía la pantalla. Jamal pegó un grito cuando vio como una grieta comenzaba a abrirse en medio de la nada a la vez que intentaba tirar de Luke para marcharse de ahí. Sin embargo, su amigo era como una roca inamovible y sus ojos solo estaban mirando la figura que estaba saliendo del portal que acababa de abrirse en su casa. Su piel era verdosa con orejas puntiagudas y el pelo de color violeta. Tal y como la foto que le había mandado Salier.

—¿Luke? ¿Eres tú? —el elfo giró la cabeza buscando con la mirada hasta que vio a los dos humanos sentados en el suelo mirándole con la boca abierta.

—¿Salier?

—¡Ha funcionado! —el chico saltó a sus brazos para darle un abrazo mientras Jamal intentaba comprender todo lo que ocurría.

—Espera un momento ¿De verdad eres tú? No entiendo nada.

—Verás, tu placa contactó con la mía en mi mundo y hace dos semanas intenté proponerle a la directora abrir un portal —Salier se levantó ofreciéndole una mano—. Digamos que eso no terminó muy bien, así que Farela y yo hemos estado trabajando por nuestra cuenta para llegar aquí.

—Ah —Luke no sabía muy bien cómo decirle que todavía no se enteraba de nada, pero estaba demasiado feliz de tener a Salier allí como para interrumpirle—. ¿Dónde está ella?

—Al otro lado del portal —señaló el móvil de Luke que todavía tenía una pequeña luz—. Hemos conseguido convertir tu placa en un enlace entre los dos mundos. Con esto podremos abrir portales para vernos de vez en cuando, aunque debemos tener mucho cuidado, nadie más puede enterarse de esto.

—¿Podemos ir nosotros también a tu mundo?

Luke y Salier se giraron al mismo tiempo dirigiendo una mirada amenazante hacia Jamal. El chico comprendió perfectamente la indirecta y salió de la habitación con cuidado prometiendo volver en unas horas para obtener sus repuestas. Por el momento les dejaría algo de intimidad a esos dos tortolitos. Cuando la puerta se cerró detrás de él, Luke se dio cuenta de que todavía estaba sosteniendo la mano que Salier le había ofrecido para levantarse. El color ascendió a sus mejillas casi al mismo tiempo que un azul tintaba las del elfo. A pesar de todo lo que había pensado en su reencuentro, Luke no sabía muy bien qué decir sobre toda esa situación.

—A mí también.

—¿Cómo? —Luke levantó la mirada para encontrarse con los ojos castaños de Salier.

—Que a mí también me gustas —desvió la mirada obviamente avergonzado—, aunque entiendo que ahora que sabes que no soy humano no quie-

Antes de que Salier pudiese terminar la frase, Luke se adelantó invadiendo su espacio personal para unir su boca con la suya. No fue un beso perfecto, Salier se quedó congelado en el momento que unos labios extraños tocaron los suyos y Luke estaba demasiado nervioso con todo lo que estaba pasando. Pero para ellos lo fue, porque en aquel gesto había escondido un mensaje que ninguno de los dos se había atrevido a mandar y que todavía no se atrevían a decir en voz alta. Ambos eran conscientes de que no iba a ser fácil, no solo se tenían que conocer el uno al otro sino que además ahora había todo un mundo desconocido que los unía. Tampoco sabían cuánto tiempo podría durar ese ir y venir hasta que alguien los descubriese. Aunque en ese momento, el uno en los brazos del otro, esas cuestiones no les podían importar menos.

(1 año después)

Dile a tu madre q voy a llevar las delicias de sirena q le gustan tanto.

Ok, pelota

No es mi culpa ser tan encantador, señor Guterrez.

*Gutiérrez

Pq sigo saliendo contigo?

Xk me quiereessss

Quiero a tu madre, a ti no sé…

Vaya y yo k había hecho esos espaguetis que tanto le gustan a mi novio

Pero si ya no me quiere se los daré a Jamal

...

Yo también te quiero.



Relato de C. Moon