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Musca doméstica

 


Apenas entreabro los ojos, adaptándose éstos a la luz residual del día y lentamente, como inmerso en un mar de inmunda viscosidad, la realidad vuelve a asaltarme.
Zumbido de alas, la eterna melodía que tengo el dudoso placer de disfrutar sin descanso. Una melodía que no pierde ímpetu ni se ve afectada por la fatiga, ni la ausencia o presencia de sol, sino que cobra fuerza a cada minuto, a cada hora que emergen nuevas larvas, listas para incorporarse o para sustituir a sus moribundas compañeras.
Hubo un tiempo no muy lejano en el que su frenético aleteo me hacía enloquecer y poseído por la rabia, intentaba aplastarlas, hacer que se alejaran de mí. Ahora sé que es inútil. Siempre vuelven. Siempre aparecen más. Ya no me molesta su rumor abominable ni me merece atención alguna. Nada lo hace ya. Nada es relevante como para emplear mis últimas energías en tratar de incorporarme del suelo.
El tiempo ha perdido todo su significado, relegado a una mera palabra, vacía, burlona, escurriéndose rápidamente entre mis dedos. El fulgor rojizo del atardecer se alarga deslizándose suavemente sobre la encimera de la cocina, esparciendo su luz sobre el suelo como un niño haría con sus preciados juguetes, una sonrisa radiante dibujada en su rostro ante la perspectiva de una tarde a solas entre sus juegos favoritos.
Alzo levemente la cabeza, no sin esfuerzo. Quiero disfrutar de los últimos instantes de luz que me queden antes de ser engullido por la oscuridad, atesorar hasta el último rayo de luz en un vano intento de reconstruir su claridad en mi imaginación, cuando la noche y sus tinieblas se paseen por la tierra.
Odio la oscuridad, la odio desde que mi cuerpo ya no dispone de sustento alguno para erguirse y menos aún para recorrer los escasos metros que me separan del interruptor de la luz. La odio porque sólo me queda cerrar los ojos lo más fuerte posible, enmudecer mi respiración y ahogar mis sollozos de terror, contando con que el nuevo día me acariciará con sus cálidos dedos y todos mis temores volverán a convertirse en absurdas fantasías. Es en la oscuridad cuando tu presencia se alza silenciosa y la pesadilla de volver a oír tus pisadas o el deslizar de tu albornoz se torna cada vez más real. 
Cada noche paso las horas asfixiado por el pánico, con todos mis sentidos alerta tanteando la oscuridad; cada nervio de mi piel tenso como una cuerda aguardando el momento en el que sentirán el contacto de tu mano abandonando la seguridad de las tinieblas para agarrarme, devorada por la descomposición y las moscas, que alzan el vuelo ensordeciendo la cocina con su rumor membranoso.
Aterrorizado, contengo el aliento y comienzo mi plegaria. Casi puedo oír el susurro de tus pasos, acercándose cada vez más pero ese momento nunca llega. Y así, sin atreverme a abrir los ojos, los primeros destellos de luz cortan limpiamente las últimas brumas de la noche y tu amenaza vuelve a encogerse temporalmente derrotada, aguardando pacientemente a la oscuridad que no tardará en volver. Embriagado de sol, me es sencillo despreciar el miedo, pero cuando estoy solo y ciego en las sombras es entonces, madre, cuando por primera vez en muchos años, no soporto la idea de no poder ver dónde te encuentras.

*
Vuelvo a abrir los ojos al dolor, al hambre insoportable. Al olor dulzón que me rodea y me envuelve como una densa neblina casi palpable. 
Mi cuerpo me suplica a gritos que le dé alimento, mas no puedo (no debo) concedérselo. Sellando en mi garganta un gemido, mi mirada vaga sin rumbo por la casa hasta posarse en la televisión, cubierta de polvo. Una de las reminiscencias de una vida ordinaria, tan lejana que se me antoja como una historia de alguien totalmente ajeno a mí mismo, pero de la que conozco todos los detalles. 
A través del cristal de la ventana alcanzo a ver el jardín: el perfil de los arbustos extendiendo sus ramas como dedos implorantes, el césped sobrecrecido, el canto de un pájaro que sobrevuela la zona. La luz, un regalo inmerecido que no tardará en abandonarme para siempre...Y finalmente, sin remedio, mi mirada va a morir en tu silueta, cubierta por la marea negra que te devora poco a poco. Ambos compartimos el mismo destino. La misma tumba me aguarda. 
Aquel día en que tu vida llegó a su fin, echaste a correr presurosa hacia los brazos de la muerte sin saber que el camino que recorrías, libre de toda carga y de todo pasado, presente o futuro, era el mismo que yo había deseado seguir en más de una ocasión.
 Aterrado, mutilado, la muerte era el único lugar donde la luz de tu macabro farol no podría seguirme.
*
De entre las profundidades del delirio me asalta tu recuerdo:
Camino ahora entre tallos frescos, mecido por el rumor de la hierba a mi paso. El sol ante mí, radiante, y un millar de flores maravillándome con sus vivos colores y sus delicados pétalos. Me llega el aroma de la madreselva de nuestros veranos, la dulzura de la mimosa en febrero y, con paso lento pero inexorable, el sol se debilita, las flores quedan atrás y el bosque se extiende ante mí.
El cielo teñido en sangre corona el paisaje entre el ramaje, proyectando una luz crispada, decadente. Tu arrullo y tu paz se convierten en caprichosa tempestad y me veo zarandeado y despedazado a merced de tus estallidos. 
Me convierto en una bestia, mis colmillos de luna reluciendo bajo la luz carmesí, la adrenalina y el miedo fluyendo libremente por mis venas. Encolerizado y acorralado, no tengo a dónde huir. 
Ríos escarlata inundan la tierra a medida que el sol de tu existencia se desangra en el horizonte y las últimas gotas se pierden entre la nieve que comienza a cubrirlo todo. La estéril blancura me ciega, el frío me hiela los sentidos y el corazón. Mis miembros, ateridos, no responden. El cansancio susurra en mi oído cálidas palabras, sus labios se posan delicadamente sobre mis párpados y sin poder resistir durante más tiempo, vuelvo a perder el conocimiento.
*
El sol se desplaza a medida que la tarde avanza. La pesadez del ambiente, la fetidez que revuelve mi estómago no impide que el hambre cobre cada vez más fuerza en una batalla que empiezo a dar por perdida. 
El cuchillo y su suave descenso al olvido eterno es algo a lo que no puedo aspirar. La agonía de consumirme a mí mismo es la sentencia que he elegido.
*
Devorado por el hambre y el vacío, me rindo ante su irresistible llamada y hago acopio de todas mis fuerzas para levantarme. El pánico no tarda en deslizar su dedo huesudo por mi columna, helándome la sangre, y mi mente se resiste a aceptar la realidad: Mis músculos no reaccionan. No puedo moverme.
Enloquecido, tanteo el suelo desesperado, buscando algo que comer. Algo blando me roza los dedos: Una mosca encogida, sin vida. Sujetando su pequeño cuerpo entre mis dedos distingo con claridad su fino vello negro, el diseño intrincado de sus alas y el brillo metálico de sus ojos ciegos. 
La mastico con avidez, famélico, tratando de ignorar la repulsión que siento hacia mí mismo, pero el mar de ácido que me quema por dentro no hace otra cosa que intensificarse. Por más que miro, no consigo encontrar nada más que llevarme a la boca.
 Petrificado, dirijo la vista hacia tu figura inmóvil y vuelvo a escuchar el monótono zumbido que aprendí a ignorar con el tiempo. Cientos de moscas explorando afanosas, anidando en tus heridas...alimentándose. Intento alejar ese pensamiento monstruoso mordiéndome el labio pero mi mirada siempre acaba volviendo a tu oscura silueta tendida en el suelo. Con un esfuerzo titánico, consigo arrastrarme hasta ti, con los dedos crispados y el labio sangrando.
El olor dulzón me asalta como una bofetada, pero no retrocedo, y apoyándome en mis antebrazos, intento espantar a las moscas que vuelan curiosas alrededor de mi cabeza. El sol mientras tanto sigue desplazándose por la tierra, ajeno a todo. 
Una ligera brisa agita mi conciencia, arrastrando una voz suplicante que llama a la razón, desesperada, y que no tarda en ser silenciada por la vorágine de hambre que se ha apoderado de mi mente.
Temblando, cojo tu brazo y la frialdad pegajosa de tu piel me sorprende de tal forma que mis manos lo dejan caer, retrocediendo como marcadas por el fuego. Respiro hondo y vuelvo a agarrarlo, el recuerdo de su suavidad y calidez revoloteando en mi memoria, y mis labios descansan sobre tu piel una última vez antes de morderla y arrancarla, masticando con fiereza. Tragando con esfuerzo, siento su lento recorrido descendiendo por mi garganta.
Muerdo una y otra vez, clavando mis dedos en la presa como garfios, las lágrimas deslizándose por mis mejillas. Intentando contener una arcada, muerdo con más fuerza, pero el sonido de tu carne desgarrándose entre mis dientes apenas logra acallar los gritos de horror que mueren en mi garganta, ni el retumbar profundo del abismo que se abre dentro de mí mismo cada vez más, engulléndome en su oscuridad.
Girando la cabeza con brusquedad y sacudido por los espasmos, vomito una masa sólida apenas digerida, jadeando con esfuerzo. 
Tu brazo extendido, deformado a dentelladas se torna borroso ante mis ojos y la inconsciencia me llama para cubrirme de nuevo con su pesado manto.
Dime, madre, ¿existe realmente el infierno? 
Si es así, pronto arderé a tu lado para toda la eternidad.
*
La noche se oculta furtiva, dejando abrirse paso a la luz del que será tu último día. Sin decir palabra, me observas fijamente. Extraña, casi flotando, te acercas paso a paso caminando entre los últimos jirones del sueño y la tempestad restalla, tus reproches deslizándose afilados como lluvia salvaje. Tus dedos se lanzan como serpientes, rodeándome el cuello, apretando sin piedad. Tu mirada enloquecida, suplicante, sabe que ya no hay vuelta atrás.
Tus manos me asfixian con rabia mientras que las mías tantean los cajones, como pajarillos revoloteando aterrorizados. Mis pulmones arden, mi boca se abre desesperada en busca de aire, mas éste se resiste a pasar por mi garganta.
Mi mano derecha se cierne firmemente sobre el mango y se impulsa hacia delante. Tus manos aflojan la presión y mi mano retira el cuchillo. Magnolias carmesíes comienzan a florecer en tu pecho. 
Tus ojos se tornan incrédulos, vidriosos. Mis ojos se llenan de lágrimas.
Las flores se desparraman por el suelo, inundando la cocina con su olor a metal caliente. Mi garganta deja escapar un sollozo y tu cuerpo se derrumba para caer como un lirio recién cortado, la sangre mancillando la blancura del suelo.
El mundo enmudecido, los segundos sucediéndose con cruel indiferencia. Mi cordura reventada, estallando en mil pedazos. La rabia que se abre paso en mi pecho a dentelladas, ascendiendo entre gruñidos feroces para al fin correr libres en un aullido inhumano ante el que mis labios retroceden asustados, retumbando en el vacío de lo que nunca más será un hogar.
Con mi lamento vibrando en el aire, te acompaño en tu mudo languidecer, apretando tus manos como si pudiese retener la calidez que las abandona poco a poco, y como un guardián esculpido en piedra, los días y las noches pasan sobre mí mientras sigo velándote. Con los ojos hinchados, perdidos en la alfombra de flores ya ennegrecida de coágulos resecos, invoco a la muerte con la desesperación y el fervor de un enamorado.
 Hasta mis oídos llega un rumor débil, una mancha borrosa de vuelo apático que arrastra tras de sí su zumbido irritante:
 La primera mosca que se posa en tu cuerpo sin vida.


Relato de Azrael Argentum 


Plástico quemado


Era insoportable. No servía de nada cubrirse las orejas con las manos, como hacía David, ni hundir los dedos hasta lo más profundo del oído, que era la opción de Marian. 
Aquel zumbido, tan grave y vibrante que les hacía sentir el pecho a punto de estallar, aumentaba más y más su volumen.
Por encima de sus rodillas, acuclillado, Tomás pudo oír cómo a ese ruido le acompañó un estruendo, tal que si una tormenta se hubiera desatado sobre ellos. Lo que parecía una docena de truenos simultáneos retumbó haciendo temblar el suelo.
Y empezó a desaparecer.
El zumbido se desvaneció en cuestión de segundos, dando paso a un rumor vaporoso.
Tomás abrió los ojos. Sus amigos seguían junto a él. Vio en esos rostros la misma expresión de incertidumbre que adivinaba en sí mismo. Edu temblaba.
—¿Ha sido un bombardeo?
Nadie respondió.
A su alrededor, los caminantes cuyos andares se habían visto interrumpidos comenzaron a mirarse entre sí.
—Creo que venía de la plaza Carlos III —dijo Marian.
Algunas personas tomaron esa dirección, quizá porque oyeron a Marian, o tal vez porque habían deducido lo mismo que ella. Tomás buscó la mirada de su amiga, esperando algún gesto que le indicara si debían ir tras el origen del ruido o descubrirlo por televisión en la seguridad de sus casas. Fue David el que tomó la iniciativa.
—¿A dónde vas? —gritó Edu.
David los miró a todos. Parecía querer encontrar las palabras adecuadas.
—No sé lo que es. Y muy probablemente se trate algo peligroso. Pero creo que la incertidumbre también nos puede hacer mucho daño.
—Mierda, David…
—No tenéis que acompañarme —Tomás sintió una nota de duda en su voz—. Voy y vuelvo enseguida. Tranquilos.
Se alejó con paso rápido en dirección a la plaza. Tomás vio que los puños de Marian estaban apretados y se sorprendió al descubrir que los suyos se habían comportado de la misma manera. Edu respiraba con agitación, mirando a todos lados.
A través del tenso silencio les llegó un sonido como el restallar de un látigo. Y el alboroto regresó, pero esta vez en forma de gritos. Decenas de personas abarrotaron las calles que partían de la plaza Carlos III. Quienes tropezaban y caían resultaban arrollados, víctimas de una automática irrelevancia colectiva.
—David, ¿dónde cojones estás? —imploró Marian.
La estampida se acercaba a ellos. Tomás resistió el impulso de salir corriendo y abandonar a sus amigos para evitar ser aplastado por aquella horda histérica.
—¡Vamos! —era David, que tiraba de su brazo.
Tomás se encontró a sí mismo corriendo a toda velocidad con David a su derecha y Edu y Marian a su izquierda.
—¿Qué era? —preguntó Marian.
—No lo sé. Me he podido asomar cuando la gente ya estaba saliendo disparada. Solo he podido ver un muerto —jadeó.
—¿Un muerto? —se oyó decir Tomás, sin prestar atención al rumbo que tomaban.
—Había un tío en el suelo y mucha sangre. Y una nube de polvo de la hostia. Era imposible ver más.
Muchos pares de ruedas chirriaron. Estaban atravesando una de las arterias de la ciudad, olvidando la existencia del tráfico.
—¡No os paréis! —ordenó David. 
Cruzaron la avenida hacia una calle estrecha por a la que no entraba la luz del sol. Un desagradable flato pinchaba el vientre de Tomás.
—¿Dónde estamos yendo?
Como respondiendo a su pregunta, David se detuvo al adentrarse en un callejón. Los cuatro trataron de recuperar el aire.
—David, ¿qué más has visto? —preguntó Marian—. ¿De qué estamos huyendo?
—No lo sé —contestó entre jadeos—. Pero la gente que ha empezado a correr antes que yo, sí. Me parece motivo suficiente.
—¿Ha sido una explosión? —quiso saber Edu.
—Puede. Ya te digo que no lo sé.
Encorvado, Tomás apoyaba sus manos en las rodillas.
—Pero solo has visto un muerto.
—¡Joder! ¿En qué idioma hablo? —resolló David—. Un muerto y gente corriendo, sí.
Se incorporó. A su alrededor oían gritos y rápidas pisadas.
—Lo siento. 
Callaron durante unos instantes.
—Viene alguien —Marian asomó la cabeza por la esquina del callejón—. Es un hombre. También corre. ¡Señor! ¿Qué está…?
—¡Aparta!
Marian fue arrojada al suelo con la fuerza del golpe que le propinó aquel individuo a su paso.
—¡Hijo de puta! —gritó David, pero el otro no miró atrás, alejándose.
Marian se llevó una mano a la boca antes de volver a mirar por la esquina.
—¿Hay alguien más? —preguntó Edu.
—Sí.
—¿Viene hacia aquí?
—Sí, pero no está corriendo.
El cuerpo de Marian cayó tras un estallido. No había rastro de su cabeza. Un olor a plástico quemado llenó el aire.
Tomás notó como la sangre desaparecía de su rostro. Supo que iba a desmayarse. Incapaz de juntar los labios, miró primero a David, que contemplaba inmóvil el cadáver de Marian, y después a Edu, con los ojos fijos en el cielo y todos los músculos tensados.
David se arrodilló sin el menor ruido, dejó caer las manos y comenzó a caminar a gatas hacia la esquina.
Tomás sudaba. Podría jurar que oía el desquiciado corazón de Edu a pesar de estar a un metro de distancia. David se movía con sigilo casi felino.
—No —rogó Tomás en un susurro—. David, no.
David hizo un sutil gesto con la cabeza, instándole a callarse. Edu había empezado a sollozar.
Flexionando los brazos hasta reptar, David llegó junto al cuerpo para atisbar por encima de él.
Y fue despedido contra la pared opuesta. Le faltaba el lado izquierdo del cuerpo, desde el hombro hasta el ombligo, dejando media luna de brillante ausencia roja. Desprendida y sin brazo al que aferrarse, su mano izquierda cayó junto a él.
Los gemidos de Edu se volvieron agudos y profundos. Tomás miró a su alrededor tratando de encontrar una explicación para esa escena. No le resultaba fácil convencerse de que aquello era real, que dos de sus mejores amigos acababan de explotar tras huir de una masa aterrada. El plan era otro. Iban a comer juntos para celebrar el final de los exámenes. Nada de lo ocurrido desde que el cielo empezara a bramar estaba anunciado para ese día.
—Tomás… —lloraba Edu—. ¿Qué está pasando?
—No lo sé, tío. Pero creo que es mejor que guardemos silencio y nos alejemos cuanto podamos de esta esquina.
Edu asintió. Tenía el cuello y la mandíbula rígidos.
—Vamos.
Se movieron con cautela, mirando únicamente hacia delante. Algo hacía cosquillas en la cara a Tomás. Al rascarse notó algo húmedo, más viscoso que el sudor. No quería saber si aquella sangre era de Marian, de David o de ambos.
Aguzó el oído, pendiente de cualquier ruido que surgiera a sus espaldas. Por el rabillo del ojo pudo ver que Edu se giraba.
—No mires —advirtió Tomás—. Por si acaso, no mires.
Obediente, Edu regresó la mirada al frente.
—¿Nos metemos en algún sitio? —le susurró.
—No lo sé. Creo que un local puede ser una ratonera. Imagínate que le gente se afana por entrar y nos asfixiamos. O que quien ha matado a Marian y a David nos acorrala.
Edu tragó saliva.
—Estamos cerca de mi casa —prosiguió, bajando aún más la voz—. Creo que sería muy difícil que nos encontraran ahí.
Edu volvió a tragar. Asintió.
Tomás notó que el oxígeno regresaba poco a poco a su cerebro. La posibilidad de volver a casa y aislarse de aquel macabro escenario empezó a tranquilizarle. Pero no disfrutó de esa esperanza más que unos segundos.
—Mierda.
—¿Qué pasa? —le miró Edu.
—Vamos en dirección contraria. Tenemos que dar media vuelta.
Edu detuvo el paso. Su labio inferior temblaba. Tomás también paró.
—¿Y qué hacemos?
—Rodear la calle, supongo. No podemos volver a pasar por esa esquina —volvió a caminar.
—Vale —resopló Edu—. Pero no sabemos si ése está andando en paralelo a nosotros. O si nos ha adelantado por otro sitio.
—Podemos girar aquí —señaló la calle que se abría a su izquierda—. No es más segura que cualquier calle más adelante, pero por alguna parte tenemos que ir.
Con un chapoteo, las entrañas de Edu salieron despedidas de su cuerpo desde el vientre, formando en el asfalto un mosaico grotesco que seguía unido al interior de su amigo por un tramo de intestino. Edu cayó sobre sus propias vísceras y Tomás pudo ver el agujero que había aparecido en su espalda.
No lo sabía, pero había echado a correr por la calle de su izquierda. Algún sistema en su cerebro había decidido tomar el control y salvarle la vida sin preguntar. Y ese mismo sistema le había hecho lanzar una rápida mirada antes de desaparecer. 
Lo que había destripado a Edu estaba en el punto donde se encontraban los cadáveres de Marian y David.
El piloto automático de Tomás aumentó la velocidad.
Esa figura le estaba apuntando con un arma cuando empezó a huir.
Sus piernas no le obedecían. Simplemente corrían, cargando con él.
La figura era robusta, más bien alta.
Otras personas corrían delante de Tomás. Muchas gritaban.
Pero no habría sabido cómo describir la cara.
Un grupo de chicos de su edad corría hacia él desde su derecha. No venían de un sitio seguro.
Aunque sí sabía que no era un rostro humano.
Llegó a otra avenida. Los vehículos trataban de esquivar a los corredores. Un coche aceleró y pasó por encima de dos personas. Otros le siguieron.
Podía tratarse de una máscara.
Las piernas de Tomás buscaron un camino distinto.
No, no era una máscara. Aquel rostro pertenecía a algo vivo.
Volvía a encontrarse en una calle vacía. Al otro extremo la gente seguía corriendo. De izquierda a derecha, de derecha a izquierda.
Finalmente, se detuvo. Junto a él había un portal. Podía esconderse, sentarse a esperar y, cuando todo se calmara, retomar el camino a casa.
No veía el portal. Veía el cielo. Y lo veía desde el suelo. Había caído de espaldas cuando sus piernas desaparecieron, dejando tras ellas un fuerte olor a plástico quemado. No podía respirar.
Todo se apagaba.


Relato de Fernando Muñoz


 

Kurai

 


Cuando cae la nieve, siempre es el último día del fin del mundo. La tierra se contrae, retraída por el frío, y la línea con el cielo se borra durante horas, días o meses. El manto blanco puede incluso parar el tiempo; ni un solo minuto transcurre en el universo congelado, siempre en silencio. Es invierno en los montes de Kurai.
Hay algo doloroso que crece en los bosques, entre los árboles; una madeja de hilos mudos, enmarañada como una telaraña. Nace con las primeras hojas, avanza con el paso de los siglos y atrapa el viento, las voces y las horas. En los bosques más antiguos, su presencia es omnipresente y violenta; son lugares extramuros, con otra existencia y distintas estaciones. Cerrados como un puño, contienen en su interior toda la vida y toda la muerte. 
Donde las aguas son más profundas, donde la oscuridad mata todo lo demás, la presión engendra peces, que escapan hacia la luz. 
Donde los árboles son más viejos y la tierra más cansada, del aire envenenado surgen nuevos pájaros. 
En lo más crudo del invierno, cuando el paisaje helado hace imposible concebir la primavera, nace una mujer pálida, que trepa las capas congeladas de tierra, y busca un árbol hueco para dormir su primer sueño. 
Es un descanso corto, durante el cual imagina su rostro, su cuerpo y su edad; a veces, despertará siendo muy pequeña; una niña. Otras, una anciana encorvada que camina apoyándose en la rama de un cerezo. Existen historias que afirman que algunos humanos han conocido a la mujer, le han dado nombre, incluso la han amado. No se conservan testimonios que confirmen estas leyendas. 
Esta noche, ella no ha soñado con la forma de su cara; tampoco sabe cuál es su edad. Sólo ha visto una cosa; la cara de un bebé blanco, hecho de nieve igual que ella, con grandes ojos negros. 
El bebé dormía en palacio de piedras azules, junto a un mar desconocido. 
Ha pasado mucho tiempo durmiendo esta vez, más que nunca. Sólo despierta cuando afuera empieza el deshielo y el bosque es un concierto de pájaros e insectos, que cantan felices por haber sobrevivido al frío. 
Algunos retazos de nieve no se han fundido, y la mujer crea un vestido con ellos, níveo, largo hasta las rodillas. Adorna su pelo negro con una corona de frutos de acebo. 
Ella desea que regrese el invierno; ha dormido demasiado y no tolera el calor; siempre ha vivido en la montaña blanca. 
Su deseo invoca lluvias frías y vientos congelados, que destruyen las cosechas y matan de hambre a los animales. En años posteriores, aquél será conocido como el Gran Invierno, el primero de tres años de mala suerte, durante los que los niños enfermaban por causas desconocidas, y los adultos morían sentados en el suelo de sus casas, con ojos abiertos y expectantes. 
La mujer se sienta todas las noches bajo el abrigo de un abeto y canta canciones de tristeza y magia. Su música llama a la nieve y al hielo, que caen sin cesar hasta la mañana, cuando ella vuelve a dormir. El viento arrastra su voz a las aldeas cercanas al pie de la montaña, donde los aldeanos, atemorizados por el canto del demonio, cierran las ventanas con postigos reforzados y colocan herraduras sobre las puertas. Todas las mañanas, el cura rocía con agua bendita los animales que han logrado sobrevivir a la tormenta, que cada día son más escasos y famélicos. El hambre y el miedo provocan la huida de decenas de aldeanos, y sólo se quedan los más viejos, y los más tozudos y desesperados, que permanecen de pie junto a sus casas, resistentes, maldiciendo a gritos la montaña y sus espectros. 
Al cabo de unas semanas, cuando ha muerto la última vaca, se ha estropeado el último grano de cereal y ya no tienen nada que perder, los habitantes de la aldea deciden organizar una partida y dar caza al fantasma de Kurai. 
Salen de día, temprano, cuando el demonio es más débil y la luz solar calienta su expedición. La delegación está presidida por el cura, que lleva una corona de hojas de laurel contra la mala suerte y un cinturón de cascabeles para asustar a los malos espíritus; le siguen el herrero, el lechero y el pastor, armados con varas de roble y enebro. El médico cierra la comitiva. Su fe en la ciencia le impide llevar amuletos visibles en público, de modo que sólo le protege un collar de hueso de pollo, escondido bajo la ropa. 
La búsqueda es agotadora; pasan las horas, y una tarde roja y oscura empieza a abrirse sobre el bosque, se levantan las corrientes frías de aire desde los rincones. Las patas esquivas de miles de insectos escarban el suelo, intentando guarecerse de la tormenta que llega. Los árboles están llenos de voces, sus ramas murmullan una lenta oración. La expedición decide guarecerse junto a una gran hoguera hasta la siguiente mañana, cuando el sol vuelva a estar de su lado y pase la hora de los hechizos. 
Esa noche nadie duerme; escondidos del viento entre dos grandes rocas, y reavivando el fuego sin parar, el cura reza un rosario para alejar las miradas que los observan. El pastor explica que en Sai, la aldea del otro lado de la montaña, la desgracia ha sido causada por las brujas, que ya han sido capturadas y quemadas. Nunca las miréis directamente a los ojos, advierte. Sólo a través de estos cristales benditos podréis ver su auténtica naturaleza. El herrero pregunta si Sai ha recuperado el clima de verano, si ha desaparecido la extraña peste que enferma a niños y adultos. Todavía no, contesta el pastor, pero pronto, en cuanto acaben las fiestas de regeneración, cuando eliminemos el mal de Kurai. 
La voz de la mujer les llega esa noche mucho más clara, sin distorsiones por el eco y la distancia. Ella canta una canción que arrastra imágenes del mar, que ellos nunca han visto. Aun así, la visión se instala en sus cabezas; un sueño extraño pintado de azul y negro en el que ven un palacio lejano a orillas del agua, y oyen el llanto de un bebé. 
Por la mañana encuentran a una mujer dormida bajo un árbol, vestida de reina con su fino vestido blanco y su corona roja. Miradla a través del cristal, grita el pastor. Su imagen no cambia; a través del cristal su rostro es si cabe más hermoso. Yo no creo que sea una bruja ni un demonio, comenta el lechero. Igual es un hada, dice el médico, pero no puedo demostrarlo. 
La expedición decide llevar a la mujer a la aldea; se apresuran a regresar, antes de que la noche despierte al bosque. Consiguen llegar al atardecer, y la atan a una silla de roble en la que dibujan los símbolos sagrados; le llenan la boca de muérdago, y le ponen alrededor del cuello una víbora disecada.  
Los aldeanos empiezan las deliberaciones; discuten la mejor manera de purificar al demonio y librarse de su maldición. Algunos son escépticos; una mujer tan bella no puede ser la criatura que están buscando. El cura propone sumergirla en agua bendita; si es humana, no sufrirá daño alguno; si es un fantasma, la aldea será libre. El invierno y las calamidades terminarán, las estaciones volverán a su cauce. 
Cuando la mujer despierta, se descubre atada y amordazada. A su alrededor, decenas de personas tienen los ojos posados en ella. Un hombre vestido de negro se aproxima y le dibuja una cruz en la frente, le habla de arrepentimiento; ella no comprende esas palabras y no responde. Tres pares de manos la agarran, la arrancan de la silla y la dejan caer dentro de un barril; el agua está templada, y su carne nevada se funde. Los aldeanos se santiguan y se enconden en sus casas. No salgáis hasta el alba, recomienda el cura. Lo que va a ocurrir aquí no deben contemplarlo los ojos de un cristiano.
La mujer está sola; todos se han marchado, todos le tienen miedo. Oye una música lejana y la distante luz de unos farolillos; es una procesión. En ella desfilan conejos, comadrejas, zorros, lobos y jabalís; los acompañan miles de luciérnagas iluminando el camino. Los brazos de la mujer se han fundido, también parte de su cara, pero aún conserva las piernas. Consigue salir del barril y se une a la comitiva. Un zorro de hocico negro la reconoce: “¡Hola, Ryu!”. Ella nunca había visto al animal. 
El desfile continúa durante kilómetros; cada vez más numeroso. Ahora también hay caballos, leones, perros y un pequeño dragón azul, que camina cerrando la procesión. Atraviesan el bosque, seguido de una zona desértica. Cuando llegan al río, los animales cantan una canción suave de despedida; al final de su cauce llegan al mar y al palacio de piedra.
El castillo es sólido y brillante y todas sus habitaciones están repletas; es el lugar donde llegan los que no tienen otro sitio al que ir, es la última parada. La mujer sabe que el bebé se encuentra allí. Pasa por donde duermen los animales, por el salón de los humanos, por la estancia de los insectos y por la pajarería, para llegar finalmente al cuarto de los niños. El bebé está al fondo, es el más pequeño, el más insignificante de todos. Ella lo mece en sus brazos, y ambos cierran los ojos. Sueña con una mujer llamada Ryu, que salió una mañana de invierno con su hijo recién nacido a buscar leña. Sueña con Ryu, y con su desesperación, con su bebé congelado en la camita a pesar de las mantas. Sueña con la desaparición de Ryu, que tampoco fue encontrada. La mujer abraza al bebé, que ha dejado de llorar, y olvida de nuevo a Ryu y a sí misma. Ella y el niño se quedan dormidos, en un sueño sin pesadillas.

Relato de Ángela M. Rams

No es la típica historia de zombis


Nunca imaginé que podía tener agujetas de disparar. Supongo que puedo añadirlo a mi lista de cosas que no pensé que me podrían pasar. Iría situada entre Atravesarle el ojo a mi vecino con una escoba y Cagarme de miedo en las bragas y correr con ellas durante un par de horas.
Por suerte, la lista ha mejorado bastante en las últimas semanas. Tampoco era difícil. Ahora pienso en ello y sonrío, creo que no lo hago desde hace meses. Tal vez me salgan agujetas también en la boca. Sería una buena manera de continuar la lista.
El aire fresco me golpea en la cara. Otro motivo para sonreír. Me gusta sentir el viento en mi cabeza recién rapada. Así es mucho más cómodo. Y, lo más importante, evito enredos y piojos. La verdad es que no echo de menos mi melena. Tampoco echo de menos depilarme o tintarme. Recuerdo que las primeras semanas evitaba mi reflejo, pero lo superé rápido. Cuando me di cuenta de que lo único importante era sobrevivir.
Intento sin éxito descifrar la hora en el cuadro de mandos del coche. Es electrónico, así que lo único que muestra son símbolos ininteligibles, al igual que cualquier otra pantalla digital desde el día cero. No sé la hora exacta, pero intuyo que Carlos debe llevar durmiendo unas dos horas.
—Despiértalo. Ya ha descansado bastante.
Marisa me ha leído el pensamiento. Como siempre. Solo la conozco desde hace dos meses pero parece que sea de toda la vida. No diría que es como una madre porque no sé lo que es tener una, sin embargo, sí diría que es como una hermana mayor. Fue suyo el consejo de cortarme el pelo. Igual que otros muchos que me ha dado. Sinceramente, no creo que hubiese sobrevivido este tiempo sin ella. Ni yo, ni su hijo Carlos.
—Arriba, bello durmiente. Ahora me toca a mí descansar y a ti conducir.
Oigo un gruñido. Sin embargo, se incorpora en el asiento. El hecho de que estemos rodeados de muerte no le impide seguir comportándose como un niño pequeño, pese a sacarme un par de años.
—Atentos, infectado en el arcén izquierdo.
Me hace gracia que Marisa los llame infectados. Yo sigo pensando que son zombis. Tienen la piel podrida, solo saben emitir gruñidos y si te atrapan te vuelves uno de ellos. Aunque no son exactamente como en las películas. Supongo que cada uno intenta asimilar la situación a su manera.
Noto que el coche pierde velocidad y oigo como Carlos baja la ventanilla. Él tiene mejor puntería que yo, más aún cuando se trata de disparar en movimiento. Observo como empieza a agrandarse la silueta conforme nos acercamos. ¿Qué está haciendo? Oh Dios, había visto que los zombis tendían a imitar el comportamiento humano, pero esto es demasiado. Los había visto «hablando por teléfono», «haciendo jogging» e incluso paseando de la mano, pero este gana por goleada. Está cambiándole la rueda a un coche. Un puto zombi cambiándole la rueda a un coche. ¿Qué coño pasará por su cerebro putrefacto para actuar así?
Un disparo acaba con la posibilidad de seguir observándolo. Una lástima. Habría estado bien ver si lo conseguía. Ahora Marisa acelera de nuevo. Tenemos que alejarnos pronto antes de que el ruido del disparo atraiga a más como él. Su sentimiento de grupo es brutal. Cuando ven que uno de los suyos es atacado, no tardan en abalanzarse sobre el agresor. Tal vez por eso Marisa se niega a considerarlos zombis. Hay veces que hasta parecen tener emociones.
Tardamos media hora más en parar para intercambiar posiciones. Ahora yo voy en la parte trasera, Carlos al volante y Marisa de copiloto. No tardo ni cinco minutos en quedarme dormida.
Dos horas más tarde despierto entre gritos.
—Tenías una pesadilla —me hace saber Marisa—. Puedes bajar, hemos encontrado un buen sitio para pasar la noche.
Me incorporo en el asiento quitándome con el dorso de la mano el sudor de la frente. La realidad se impone eliminando las últimas imágenes de la pesadilla de mi mente. Estamos parados, está atardeciendo y hay salpicaduras de sangre fresca en la ventanilla. Tras el cristal puedo ver una pequeña casa de campo con un tractor en la puerta. Carlos está comprobando el depósito del tractor, así que imagino que la sangre sería del anterior ocupante de la vivienda. 
Bajo del coche y miro alrededor. Nos hemos adentrado un poco en el bosque, aunque a cierta distancia puede verse la autovía. Hay un rastro de sangre que va desde la puerta del coche, en la que está apoyado el bate, hasta unos matorrales. 
—Carlos le prenderá fuego cuando anochezca. Tú encárgate de limpiar los restos mientras inspecciono la casa, por favor.
Asiento mientras continúo observando la sangre. Es absurdo que tengamos que eliminar los restos. En las películas a nadie le importaban las pilas de cadáveres en las cunetas. Sin embargo, el sentimiento de grupo de estos seres es tan fuerte, que el mínimo indicio de violencia les hace meter las narices en cualquier sitio. 
Noto una mano en el hombro y al volverme me encuentro con la mirada de Marisa. Leo en sus ojos la duda de si todo está bien y sonrío a modo de respuesta. Ella asiente y pone rumbo a la casa. Cuando no hay peligro inminente, siempre se permite el lujo de ser cariñosa con ambos. Ahora se dirige a su hijo, que sigue sacando el gasoil del tractor, y observo como le da un beso en la frente.
El estallido me provoca un dolor instantáneo en los oídos a la vez que veo como Marisa sale despedida hacia atrás. En el porche se perfila una silueta achaparrada con un babi de flores, rulos en la cabeza y una recortada entre las manos. Dudo de si es humano o no. El grito gutural me saca de dudas. Carlos se lanza hacia su madre para socorrerla mientras yo agarro el bate y corro hacia la bestia. 
Por suerte, sus dedos desfigurados son torpes y tarda demasiado en recargar el arma. Le hundo el bate en la nariz antes de que pueda hacer nada. Con el segundo golpe provoco una lluvia de piezas de su prótesis dental. No hace falta un tercero.
Corro hacia donde están Carlos y Marisa, pero no hay nada que hacer. Marisa está muerta. No hay últimas palabras ni una frase de despedida para su hijo. Tengo tan asimiladas las muertes de las películas que me sorprende la crudeza de la realidad. Carlos no deja de llorar y yo lo único que puedo hacer es abrazarlo.
Pasamos el resto de la tarde y parte de la noche preparando dos piras. Podríamos haber tardado la mitad, pero Marisa no se merece compartir funeral con dos monstruos. Al menos, le debemos eso.
La hoguera de los zombis la apagamos pronto. La hoguera de Marisa la dejaremos encendida hasta que se extinga por sí sola mientras nos sentamos cerca a observar las llamas. Que su luz brille como lo hacía ella y que nos caliente el cuerpo y el alma en este frío momento.
—Estoy cansado, África. Cansado de esta vida de mierda.
—Descansa. Ha sido un día horrible. Yo haré el primer turno.
—No podría dormir ni aunque quisiera.
Apoyo mi cabeza en su hombro sin saber cómo contestar a eso. Ni siquiera yo estoy bien, ¿cómo demonios voy a consolarlo a él?
Debo haberme quedado dormida. Está amaneciendo y la hoguera de Marisa está prácticamente consumida. Carlos está de pie junto a la pira. Contemplándola.
Me levanto y me acerco a él despacio, arrebujándome en la manta que ha debido colocarme encima durante la noche. Me pongo a su lado y al mirarle me doy cuenta de que no ha pegado ojo. Debería decirle algo para animarle. Para reconfortarle. Pero lo primero es salir de este sitio. Llevamos ya demasiado tiempo. Ya habrá otro momento para encargarse de los sentimientos una vez estemos a salvo.
—Deberíamos irnos. No me siento cómoda en este sitio después de haber hecho las hogueras. Puedo conducir mientras tú duermes en el coche.
—Quiero ir a la ciudad.
—¿A qué ciudad? —pregunto sorprendida.
—A la que sea. A la más cercana —Carlos me mira de una forma que nunca había visto. No augura nada bueno—. Quiero ponerle fin a todo.
—¿Qué quieres decir?
—Me rindo, África. No quiero seguir luchando. No puedo más con esta situación. Este estrés continuo, correr de un lado a otro sin saber si al doblar la siguiente esquina voy a encontrar la muerte. Joder, ni si quiera hemos tenido tiempo de velar a mi madre. No quiero seguir así. Quiero abandonarme en una ciudad repleta de esas criaturas y que acaben conmigo.
Espero a que me diga que es algún tipo de broma macabra. Pero no dice nada, solo me observa con esa nueva mirada cargada de tristeza y envuelta en ojeras. Entonces sé que es cierto. Que ha tomado una decisión irrevocable y que me voy a quedar sola en este mundo de mierda, otra vez. Estoy tan acostumbrada a pensar solo en la supervivencia que únicamente me importa saber cómo voy a salir adelante yo sola. Y sé que no puedo.
—Voy contigo.
Carlos me mira extrañado. Imagino que no esperaba esa respuesta. ¿Y qué esperas, gilipollas? No eres el único que está cansado de esta vida.
—Si estás intentando disuadirme…
—No voy a impedirte nada. Tienes razón. No quiero seguir huyendo mientras me pregunto cuándo será el último instante de mi vida. Al menos, de esta forma, puedo elegirlo yo.
Carlos asiente y me apoya una mano en el hombro. Me da un pequeño apretón y entonces nos abrazamos. El abrazo de alguien que ha admitido su destino. El destino que este puñetero mundo se ha empeñado en darnos.
Recogemos en silencio y ponemos rumbo a la urbe más cercana. Hace meses que no estoy en una ciudad de verdad. Desde el día cero se volvieron lugares prohibidos. O eso contaban los pocos supervivientes que encontramos en las carreteras. Muchos de los que estábamos en lugares aislados escapamos a la enfermedad, o la conversión, o lo que sea que volvía a la gente en monstruos.
Una hora más tarde aparcamos a las afueras de la ciudad. Bajamos del coche y nos miramos. Los dos sabemos que una vez pongamos un pie dentro, no habrá marcha atrás. No veo duda ni arrepentimiento en sus ojos, solo tristeza. Nos damos un último abrazo. No hay frases de despedida. Sin embargo, le cojo la mano. Empezamos a avanzar hacia el centro con la vista en el asfalto. Por alguna extraña razón, aquellos pseudozombis solían tardar en darse cuenta de que no éramos como ellos, sobre todo si evitábamos el contacto visual y permanecíamos en silencio.
De vez en cuando, levanto unos centímetros la cabeza para observar de reojo a aquellas criaturas. Si era turbador ver a uno de ellos comportarse como un humano, en grandes grupos el efecto era sobrecogedor. Cientos de lo que una vez fueron personas vagando por la calle. Unas decenas de metros más allá vislumbro en un parque una decena de esos monstruos practicando yoga. Van descoordinados y no hacen ni un ejercicio bien, pero aun así el efecto es hipnótico de tan absurdo.
Entramos en una avenida principal y nos encontramos de frente con una horda que avanza en nuestra dirección. Cada célula de mi cuerpo me pide a gritos que corra. Carlos me aprieta la mano con más fuerza y se pega a mí. La horda nos rodea. Pasa como una ola de mar, abriéndose a nuestro paso. De momento no nos han descubierto, pero no puede durar mucho. De hecho, no lo hace.
—¡No me toques, monstruo!
Un zombi con corbata ha chocado contra Carlos y este no puede evitar empujarlo con asco. Es en ese momento, con su grito, cuando vuelca toda la atención de la horda sobre nosotros. Se abre un pequeño círculo a nuestro alrededor. Un leve murmullo de ronquidos nos rodea y va ganando intensidad hasta convertirse en gritos guturales. Todos nos miran. Un grito se alza sobre los demás y se produce un instante de silencio. Por un segundo pienso que aquel momento va a durar por siempre. Entonces la horda se abalanza sobre nosotros.
Oigo varios gritos de histeria y me doy cuenta que uno de ellos es mío. Intento acercarme a Carlos pero decenas de manos me rodean. Me agarran del pelo, de la ropa, de las manos… No puedo evitar que me tiren al suelo. Sigo gritando el nombre de Carlos aun cuando varias manos me tapan la boca. Noto como me arañan y me arrancan varios mechones de pelo.
Ahora me arrastran. Consigo distinguir a Carlos cuando nos tiran contra el suelo. Entonces veo la aguja.
Uno de esos monstruos lleva una jeringuilla colgando de una de sus pútridas manos. Se la clava en el pecho a Carlos sin piedad. Carlos grita, maldice y llora. Todo al mismo tiempo. Y yo lo imito. Lo imito porque sé que la siguiente soy yo. ¿Por qué no nos devoran ya? Quiero que acabe pronto, pero veo a Carlos convulsionarse y sé que no va a ser así. ¿Qué quieren de nosotros? Nada tiene sentido. Esa forma de comportarse como humanos. Sus rostros desfigurados. Sus gritos incoherentes. Por favor, matadme. ¿Por qué no me matáis? Una idea se abre paso entre el miedo que envuelve mi mente. Las pantallas digitales y la imposibilidad de leer nada. Su incapacidad para detectarnos a no ser que hablemos. Todas las ideas se mezclan dando como resultado una sola pregunta. Una pregunta que da más miedo que los propios zombis.
¿Y si el monstruo soy yo? 

Relato de Ibán Sánchez