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SEND NUDES

 

Salier miró por undécima vez la imagen que se reflejaba en su placa de comunicación. El cristal azulado mostraba una foto, o lo que creía que era una foto porque su contenido todavía le confundía. Por lo menos en la parte anatómica se parecía a un torso desnudo. La cuestión era que no sabía por qué alguien le enviaría algo así a él, un simple estudiante de la Academia Silvan de magia con cero interés en el cuerpo de ninguna persona. Además, no era por nada, pero esa piel no parecía la de un elfo, no tenía la tonalidad verde pastel de su raza ni tampoco la de ninguna de las razas que existían en su mundo. ¿Se trataría de una broma? No podía haber otra opción, seguro que Farela le estaba tomando el pelo como siempre.

Farela te juro por tus alas de hada que a la próxima te mando una maldición de segundo grado.

No eres Jan?

No sé que es un Jan, pero yo no soy nada de eso.

Jajajaja k gracioso ers.

M caes bien soy luke.

¿Luke? ¿Qué nombre era ese? Parecía más una enfermedad por indigestión de pociones que el nombre de una persona. Sin embargo, ahora que se daba cuenta de que había estado hablando con una persona que no era Farela se sentía un poco mal por haber sido tan maleducado. Debía de ser algún estudiante extranjero de la academia que había guardado mal el número de placa. Tecleó una disculpa rápida pensando que ese sería el final, pero una notificación le llevó la contraria unos minutos después. Aunque no tenía ninguna intención de contestarle. Dentro de poco tendría una exhibición con el claviero y le estaba costando más de lo normal aprenderse la pieza. Farela ya era suficiente distracción.

—¡Sa-li-er! —como si la hubiese invocado con el pensamiento, Farela apareció volando por su ventana con una sonrisa radiante—. ¿Qué haces estudiando todavía? ¿Es por lo del claviero? Seguro que lo haces súper genial. ¿Sabes que Mirela y Sup del curso de runas se han liado? Una elfa con una sirena, esto va a estar en boca de todos…

Si Farela se sintió ofendida por el suspiro exasperado que soltó Salier, no lo mencionó en ningún momento. De hecho el hada decidió ignorar el evidente disgusto de su amigo en favor de relatar a toda velocidad todos los detalles que sabía sobre el último escándalo de la academia.

—¿¡Qué es esto!? —Salier se giró solo para ver con horror como Farela sostenía su placa—. ¡Te han mandado un desnudo! —rio el hada—. ¿Quién es? ¿Quién es?

—No lo sé, ni me importa.

—Hmm —sus dientes afilados se asomaron por detrás de su sonrisa—. Te ha contestado.

Salier le arrebató la placa en apenas un segundo antes de que Farela pudiese comprobar el mensaje. El hada soltó una risa cantarina mientras escapaba por la ventana lanzándole un beso a su tímido amigo. Su eco todavía resonaba en la habitación cuando Salier comprobó los últimos mensajes del tal Luke, básicamente una retahíla de disculpas seguida de un par de preguntas sobre la iluminación de la foto. ¿Cómo se supone que iba a responder a eso? Es más, ¿por qué tendría que responder? Con el ceño fruncido volvió a dejar la placa en la mesa. No iba a dejar que las tonterías de Farela le comieran la cabeza, no iba a responder.

A Jamal no le gustaba meterse en la vida de los demás. Si alguien le preguntase diría que «Vive y deja vivir» era su filosofía de vida. Pero hasta él estaba empezando a tener curiosidad con todo el asunto del móvil de Luke. Sabía por ciencia cierta que no podía ser Jan porque ella misma había dicho que el número que le dio era falso. Por lo que, técnicamente, Luke no debería estar sonriéndole a la pantalla a cada segundo y soltando carcajadas cada vez que un mensaje aparecía en el chat.

—Muy bien, ya basta —Jamal cogió el móvil de la mesa con rapidez—. Esto es una intervención.

—Pero … ¿estamos en un McDonald’s? —Luke miró su hamburguesa con una ceja levantada.

Su amigo le dirigió una mirada escéptica. En cualquier otra ocasión Luke no tendría ningún problema en contarle lo que ocurría a Jamal. Pero lo que tenía con Salier, fuese lo que fuese, era algo entre ellos dos. Sentía que esa conexión era especial y no sabía muy bien si quería compartirlo con nadie más.

—Bueno… el número que Jan me dio no era el suyo —empezó a decir—. Pero la persona con ese número resultó ser muy maja y… hemos seguido hablando…

Jamal lo observó con cuidado, desde el rojo que adornaba su cara hasta la forma en la que evitaba sus ojos a toda costa. Había esperado muchas cosas de aquella conversación, pero su amigo sonrojándose mientras hablaba de su nuevo amigo no era una de ellas. Luke en el fondo entendía la confusión, incluso él estaba confundido con todo lo que estaba pasando. Salier no era precisamente una persona fácil con la que hablar, solía responder a todos sus mensajes con monosílabos junto con algún comentario sobre su mala ortografía. Pero no supo muy bien en qué punto empezó a notar otras cosas. En cómo Salier siempre solía poner un par de mensajes más explicando las palabras que creía que Luke no entendía. En cómo siempre le preguntaba qué tal le había ido el día. En lo contento que se ponía cuando hablaba de cómo había aprobado alguna de esas pruebas tan raras que hacían en su país. Y lo peor era que ninguna de estas pequeñas cosas le parecía suficiente. Quería saber más sobre él, qué comida le gustaba, su color favorito, qué cosas le hacían reír. Luke se dio cuenta de repente que daría cualquier cosa por escuchar aunque solo fuese una vez el sonido de su voz.

—Jamal, tengo un problema gordísimo —su amigo levantó una ceja—. Creo que me he enamorado de él.

La cuestión era que siempre había sabido que Luke era un tanto distinto. Muchas veces referenciaba cosas que Salier estaba bastante seguro no existían en su mundo, por no hablar de las extrañas fotos que mandaba de vez en cuando. La primera vez que una imagen de una especie de elfo de color bronce y orejas planas apareció en su placa, Salier pensó que se trataba de alguna broma. Tras pasar casi tres días sin salir de la biblioteca no había encontrado absolutamente ninguna raza que se pareciese a él. O no exactamente. Porque lo único remotamente similar a su amigo sería un «humano», lo cual Salier se negaba a si quiera contemplar. Todo el mundo sabía que los humanos solo eran inventos de los cuentos populares, el típico monstruo con el que tu madre te amenazaba si te quedabas despierto hasta muy tarde. No ayudaba el hecho de que estuviese empezando a tener sentimientos por él.

—Por todas mis alas, te ha dicho que le gustas —dijo Farela viendo el último mensaje.

—Ya lo sé, Farela —gruñó Salier mientras veía a la directora Kremel sentada en la primera fila de la grada hablando con un encapuchado. Si alguien podía tener respuestas era ella.

—¿Salier? —la mujer lo miró extrañada y empezó a andar hacia el campus principal—. Si tienes algún problema por favor concierta una cita, ahora estoy muy…

—Lo entiendo, y usted sabe que jamás la interrumpiría por nada —Salier le cortó el paso mientras veía como Farela les alcanzaba—. Pero creo que he contactado con un ser de otro mundo.

—¿Cómo dices? —ante su sorpresa, Salier abrió las fotos que Luke le había estado mandado.

—No son falsas, lo he comprobado —explicó mientras la directora cogía su placa para investigar su contenido—. Creo… creemos que por algún motivo Lu- el ser humano ha descubierto una codificación numérica que ha conectado con el enlace interno de mi placa y…

La directora los miró de arriba abajo y soltó un suspiro. Sin levantar la cabeza apretó la placa de Salier entre sus manos partiéndola en dos mitades casi perfectas. El sonido del cristal rompiéndose retumbó en los oídos del elfo mientras veía con horror cómo los trozos caían al suelo. Cuando el pie de la directora acabó por romper lo que quedaba de su placa, apenas pudo escuchar los gritos de Farela y las excusas de la directora sobre lo peligroso que podía ser aquello. Todo lo que pudo oír fue su corazón rompiéndose.

¿Era aquello una especie de castigo?

La pregunta se repetía en su cabeza mil veces mientras Jamal intentaba captar su atención. Hacía ya dos semanas que se había armado de valor para mandar esa estúpida confesión a Salier. Lo cierto era que no había esperado una respuesta directa, esas cosas hacía falta pensarlas, sobre todo cuando se trataba de alguien al que no había visto nunca y que conocías por un mero error. Así que la primera semana se dijo a sí mismo que era normal que Salier no contestase a sus mensajes.

Pero había pasado demasiado tiempo como para seguir pensando que iba a recibir alguna respuesta. Tumbado ahí en su cama, Luke se cuestionaba si quizás había hecho algo mal. Era cierto que no conocía a Salier desde hacía mucho tiempo, habían pasado apenas cuatro meses desde que el comienzo de ese intercambio, pero habían sido días de mensajes constantes, conversaciones a medianoche y risas escondidas en mitad de clase. Sabía que jamás le ignoraría sin más, tenía que haber algún motivo por el que había decidido dejar de contestar. 

—Ey, tío, ¿por qué te está brillando el móvil?

Tal y como estaba diciendo su amigo, cuando Luke se giró vio como de la pantalla de su teléfono salía un brillante resplandor. Toda la habitación comenzó a temblar mientras unos extraños círculos comenzaban a dibujarse alrededor de la columna de luz que emitía la pantalla. Jamal pegó un grito cuando vio como una grieta comenzaba a abrirse en medio de la nada a la vez que intentaba tirar de Luke para marcharse de ahí. Sin embargo, su amigo era como una roca inamovible y sus ojos solo estaban mirando la figura que estaba saliendo del portal que acababa de abrirse en su casa. Su piel era verdosa con orejas puntiagudas y el pelo de color violeta. Tal y como la foto que le había mandado Salier.

—¿Luke? ¿Eres tú? —el elfo giró la cabeza buscando con la mirada hasta que vio a los dos humanos sentados en el suelo mirándole con la boca abierta.

—¿Salier?

—¡Ha funcionado! —el chico saltó a sus brazos para darle un abrazo mientras Jamal intentaba comprender todo lo que ocurría.

—Espera un momento ¿De verdad eres tú? No entiendo nada.

—Verás, tu placa contactó con la mía en mi mundo y hace dos semanas intenté proponerle a la directora abrir un portal —Salier se levantó ofreciéndole una mano—. Digamos que eso no terminó muy bien, así que Farela y yo hemos estado trabajando por nuestra cuenta para llegar aquí.

—Ah —Luke no sabía muy bien cómo decirle que todavía no se enteraba de nada, pero estaba demasiado feliz de tener a Salier allí como para interrumpirle—. ¿Dónde está ella?

—Al otro lado del portal —señaló el móvil de Luke que todavía tenía una pequeña luz—. Hemos conseguido convertir tu placa en un enlace entre los dos mundos. Con esto podremos abrir portales para vernos de vez en cuando, aunque debemos tener mucho cuidado, nadie más puede enterarse de esto.

—¿Podemos ir nosotros también a tu mundo?

Luke y Salier se giraron al mismo tiempo dirigiendo una mirada amenazante hacia Jamal. El chico comprendió perfectamente la indirecta y salió de la habitación con cuidado prometiendo volver en unas horas para obtener sus repuestas. Por el momento les dejaría algo de intimidad a esos dos tortolitos. Cuando la puerta se cerró detrás de él, Luke se dio cuenta de que todavía estaba sosteniendo la mano que Salier le había ofrecido para levantarse. El color ascendió a sus mejillas casi al mismo tiempo que un azul tintaba las del elfo. A pesar de todo lo que había pensado en su reencuentro, Luke no sabía muy bien qué decir sobre toda esa situación.

—A mí también.

—¿Cómo? —Luke levantó la mirada para encontrarse con los ojos castaños de Salier.

—Que a mí también me gustas —desvió la mirada obviamente avergonzado—, aunque entiendo que ahora que sabes que no soy humano no quie-

Antes de que Salier pudiese terminar la frase, Luke se adelantó invadiendo su espacio personal para unir su boca con la suya. No fue un beso perfecto, Salier se quedó congelado en el momento que unos labios extraños tocaron los suyos y Luke estaba demasiado nervioso con todo lo que estaba pasando. Pero para ellos lo fue, porque en aquel gesto había escondido un mensaje que ninguno de los dos se había atrevido a mandar y que todavía no se atrevían a decir en voz alta. Ambos eran conscientes de que no iba a ser fácil, no solo se tenían que conocer el uno al otro sino que además ahora había todo un mundo desconocido que los unía. Tampoco sabían cuánto tiempo podría durar ese ir y venir hasta que alguien los descubriese. Aunque en ese momento, el uno en los brazos del otro, esas cuestiones no les podían importar menos.

(1 año después)

Dile a tu madre q voy a llevar las delicias de sirena q le gustan tanto.

Ok, pelota

No es mi culpa ser tan encantador, señor Guterrez.

*Gutiérrez

Pq sigo saliendo contigo?

Xk me quiereessss

Quiero a tu madre, a ti no sé…

Vaya y yo k había hecho esos espaguetis que tanto le gustan a mi novio

Pero si ya no me quiere se los daré a Jamal

...

Yo también te quiero.



Relato de C. Moon

PRIMERA INSIGNIA



—No, por favor, Drak, no lo hagas.

—¿Qué hiciste tú cuando ella te pidió que te apiadaras? ¿Tuviste misericordia? —Por respuesta, giró la cabeza—. Lo sabía.

Frunció el entrecejo. La cicatriz que atravesaba la cara del cazarrecompensas de una oreja a la otra a la altura de la nariz, se convirtió en un profundo surco. Drak Ced trabajaba como contrabandista independiente en Nuriko. Le gustaba frecuentar el Bronze.

—¿Qué hace una chica tan linda como tú en un matadero como este?

—¿Eso te funciona con las demás?

La sonrisa de carmín le coqueteó. Aunque supo desde el principio que le iba a costar más trabajo del habitual.

—Eso depende. ¿Esa respuesta te sirve con los otros?

Los ojos rasgados le sonrieron. 

—Por lo menos me paga las cervezas. ¿Qué dices, Scarface? —ladeó la cara. Sin querer, le mostró el cuello.

—¡Sunny! —Un cantinero barrigón levantó la cara—. Dos oscuras, por favor.

El cuchitril donde vivía Drak no la disuadió. Hicieron el amor como bestias y a la mañana siguiente amanecieron abrazados.

—Es raro que tengas la piel tan blanca en un infierno de planeta como este.

—Uso un buen bloqueador ultravioleta —le respondió mientras le acariciaba el grueso y nervudo brazo.

—Tengo que irme. Soy “repartidor” y un embarque me espera —se levantó de la cama y se puso los pantalones.

—¿Y es urgente que lo entregues justo ahora? Tal vez, si te tardas cinco minutos, tu cliente se moleste un poco —paseó el índice por la sábana—, pero no creo que te mate.

Drak sonrió.

—Ni siquiera sé cómo te llamas.

—Ni yo tu nombre. ¿Eso importa?

El contrabandista se abalanzó sobre ella y el embarque se retrasó. Siguieron frecuentándose en el Bronze. A veces iban al lugar de Drak o a veces al de Dizzy después de beber de forma copiosa y bailar. Procuraban no dormir en esas ocasiones. Acababan tan cansados, que se acostaban abrazados y se acariciaban, en tanto el ventarrón levantaba tolvaneras en el exterior. 

—Así que ahora me dices, ¿dónde está?

—¿Y qué ganó yo? Como sea, soy hombre muerto.

—Esperaba que respondieras eso. —De un machetazo, le arrancó una pierna. Un alarido se escuchó hasta las antípodas de Nuriko—. Te juro que lo que te haga él, será menos doloroso. Habla, si no quieres acabar en cachitos, antes de que te arranque el corazón y  después haga que te lo tragues antes de morir. —Pascal sacudió la cabeza—. Tú lo pediste, pedazo de cagada.

—¡No! ¡No! ¡Nooo!

El viento agitó unos arbustos enanos que se aferraban a la tierra seca en medio del desierto.

—¡Pedazo de cagada! ¿Esto es para mí?

—¿Qué opinas? —le enseñaba una casa. La propiedad estaba en lo que antes había sido una granja hidropónica.

—¿Qué es esto? ¿Una proposición? ¿Esto te funciona con las otras chicas?

—Eso depende, ¿esa respuesta te ha funcionado con los demás?

Dizzy se levantó en las puntas de los pies y unieron los labios. 

—Tranquila… respira profundo… y… dispara.

El patio trasero de la granja era el lugar perfecto para los dos. Drak le enseñaba a Dizzy cómo empuñar un desintegrador. Aprendió con rapidez.

—Por favor, ya te di lo que querías, por favor.

—¿Qué fue lo último que ella te dijo?

Pascal tragó aceite.

—Que a ella no la tocara.

Los ojos le escocieron a Drak.

—Te voy a dar la misma respuesta que tú le diste.

Y de una patada lo arrojó al tanque. Pascal ni siquiera pudo gritar. El ácido de inmediato le inundó la garganta y los pulmones.

—¿Ya estoy lista para acompañarte?

Drak lo pensó.

—No sé, es que es complicado. El contrabando no es algo en lo que las mujeres y los niños puedan trabajar sin riesgo, y tú calificas en ambas categorías.

—¿Te hago una lista de las contrabandistas que tan sólo en esta galaxia podrían patearte el trasero?

—Ninguna —Drak se desternilló—. ¿Esa respuesta te funciona con los otros chicos?

—Eso depende. ¿Funcionó contigo?

Llegaron al hangar y abordaron la Nexus. Un crucero de batalla de clase Hidra modificado.

—Y, por acá está el puente de las defensas —Una escalera a babor de la nave iba desde la cubierta principal hasta una torreta, desde la cual se controlaban los desintegradores y los cañones de plasma, de los cuales había cuatro por ala.

—¡Esto está mejor que nuestra casa!

Drak bufó:

—Créeme, no es tan cómoda cuando tienes que pasar dos o tres semanas encerrado en ella.

—¿Y el dormitorio? ¿La cama sí es cómoda? —Se sonrieron con complicidad. 

Un ruido metálico los alertó.

—¡Hola! —Drak se levantó. Dizzy cubrió su desnudez con una sábana—. ¡Perdón! ¡No era mi intención interrumpirlos! —Drak lo encaró. No se molestó en vestirse—. ¡Drak! ¡Amigo! ¡Ya había escuchado que eras un contrabandista sobresaliente! ¡Pero no me esperaba esto! —se carcajeó.

—¿Qué diablos quieres. Müllens? Desde que dejé a la Corporación Tyrell trabajo por mi cuenta, ya te lo había dicho.

—Escucha, nunca aceptó un “no” por respuesta. Además, esos Tyrell eran una panda de perdedores. —Cuatro hombres rodearon a su jefe. Este se sentó en el habitáculo de la cubierta principal y puso las botas encima de la mesa—. Deberías agradecerme. De seguro ya escuchaste lo que les pasó.

—Escuché que unos matones se aprovecharon, los traicionaron y les tendieron una trampa.

Dizzy cerró la puerta con brusquedad.

—¿Qué bonita? ¿Es la nueva? No me gustaría que algo malo le pasara.

—Le tocas un pelo, un solo rasguño que le hagas y voy a meterte ese par de piernas mecánicas de canto por el culo —señaló las prótesis.

—¡Qué rudo! No hay necesidad de tratar a los viejos amigos así —Llamó a un marciano contrahecho. Al acercarse, le entregó unos documentos y un estilógrafo—. Tu rúbrica, por favor.

El marciano se puso de espaldas a Drak y sostuvo el contrato entre la diestra y la giba. Drak tomó el estilógrafo, lo sopesó con la mano, se fijó en el papel y, como un rayo, clavó el documento con el estilógrafo en la espalda del jorobado.

—¡Aaah!

—Escucha, Drak, trabajarás para la Banda de los Huesos Cruzados, quieras o no —le golpeó el pecho con la punta del índice derecho con cada palabra. Drak se lo agarró y amenazó con romperlo.

—Aléjate de mi vista.

Dizzy se volvió una tripulante habitual en la Nexus. En medio del salto warp hacían el amor. La puntería de Dizzy era endemoniada si se trataba de defenderse de piratas o asaltantes. Incluso, aprendió a disfrazarse por si algún crucero federal los abordaba en los retenes.

—¿No es usted muy joven para ser la comandante del… —Un oficial de cara estirada volvió la mirada al archivero que Dizzy le entregó—, Halcón?

—Soy mayor de lo que parezco.

—Todo en orden, señor —un soldado saludó al teniente.

—De acuerdo, puede seguir, señorita. Soldados Biggs y Wedge, entreguen su reporte en el puente —ambos lo saludaron y salieron de la nave.

Drak salió de un compartimiento oculto en la cubierta principal.

—¿El Halcón? ¿No se te ocurrió algo más original?

—Sí, podrías haber sido tú el que los encarara.

—Olvídalo, ese tipo me conoce a la perfección, ya hemos tenido el gusto.

Las tres lunas de Nuriko estaban ocultas tras las montañas. 

—Debiste verla, Kyle, qué pedazo de hembra. Y cuando me le acerqué, ¿qué crees que me dijo? —El silencio le respondió—. Kyle… ¿Kyle? —Ni siquiera tuvo tiempo de empuñar el rifle de plasma o de gritar. La oscuridad lo devoró.

—Tengo un nuevo embarque, esta vez el viaje es largo, ¿sabes? Tenía algunas ideas. El planeta Fhloston queda a menos de un cuarto de pársec. De regreso podríamos llegar ahí y pasar unos días.

—No voy a acompañarte en esta ocasión, chango peludo. —Drak miró a Dizzy confundido—. Es que la radiación espacial podría hacerle daño al bebé.

—¿De qué estás…? — Drak se quedó con la boca abierta—. Yo… tú… nosotros…

—¡Eres un tonto! —la risa de Dizzy lo interrumpió.

Se abrazaron, se besaron, se entregaron y, al terminar, comenzaron a construir castillos en el aire.

—¡A ver, imbéciles! ¡Kyle! ¡Lorth! ¿Dónde diablos están? —Por más que buscaba mediante las cámaras, no los encontraba—. ¡Les toca entregar la guardia! —Sólo estática en el radio—. ¡Con un carajo! ¡No es divertido! ¡Respondan! ¿Me oyeron? ¡Repfff…! —una mano con los dedos gruesos y el dorso surcado por cicatrices ahogó el grito que pugnaba por salir.

El llanto inundaba la casa. Para Dizzy y para Drak era como si una sinfónica tocara en la Casa de la Ópera.

—¡Ven con papá, Joan! ¡Ven con papá! 

La pequeña, de ojos rasgados y cabello oscuro sonrió en cuanto Drak la levantó de la cuna y recargó una mejilla sonrosada en el hombro del contrabandista cuando se la acercó al pecho.

—Conmigo no se consuela así de rápido.

—Es que ella adora a papá. ¿Verdad, Joan? —la chiquilla le sonrió—. ¿Por qué crecen tan rápido? 

—Ya sé. Si supieras cuánto te extraña cada que sales.

—Está hermosa. Es idéntica a ti —Drak se puso serio—. Dizzy, he pensado… Es que quisiera que este fuera el último trabajo. Me van a pagar lo que ganaría en diez viajes, así que… quería comprarle el taller de naves al viejo Don… no sé. ¿Qué te parece?

—Y yo sería la señora del señor mecánico. Mmm. Suena bien por mí. 

—¿Segura? —El corazón de Drak estaba emocionado.

—Segura, cosa horrible. Joan necesita algo que tú y yo no tuvimos de niños. Además, quizá sea tiempo de pensar en darle un hermanito —Se besaron—. ¿A dónde es el embarque?

—Nueva Vegas.

—No me digas, morfogonina —Drak asintió—. Bien aquí te esperamos.

A la mañana siguiente, Drak besó en la boca a Dizzy y en la frente a Joan. La niña agitó la manita. El viaje pasó sin contratiempos. Ni cruceros de la Federación ni piratas. Nada interrumpió su camino. Entregó la carga. Le pagaron tantos dims, como nunca había soñado en su vida, y emprendió el regreso. La última vez que hablo con Dizzy vía microondas todo estaba en orden. Llegó a su casa por la tarde. Alphard aún estaba alta en el cielo. Entró. El carillón campaneó. Nadie salió a recibirlo. No le extrañó, a veces las encontraba dormidas. Fue a la habitación y ahí estaba Dizzy. Se veía un poco pálida. 

—“Quizá pescó un resfriado” —pensó Drak. 

Se acercó con cuidado. La besó en la frente. Unas alarmas en el interior de su cabeza se activaron. Estaba fría. Con el corazón desbocado, arrancó la cobija de la cama. Drak, que durante su vida delictiva había visto cosas horribles, no pudo evitar las arcadas. Vomitó junto al lecho, hasta que sintió que su abdomen estaba vacío. Con los ojos llorosos, se percató de que en todo el rato no había escuchado un sólo sonido. Corrió por los cuartos, levantó los muebles, incluso abrió el frigorífico. No dio con Joan. Con la vista nublada, salió al patio. En una tina en el medio del jardín flotaba un retaso de tela. Con paso lento se acercó. Unos labios amoratados le suplicaron auxilio desde el fondo. 

—¡Nooo! —El recipiente se volcó y lo empapó desde la cabeza hasta los pies. Abrazó a su niña contra el pecho. Intentó reanimarla, sin embargo, el cuerpecito comenzaba a despedir un olor desagradable—. ¡Joan! ¡Mi bebé!

—¡Quieto!

No se resistió. Los guardias federales lo esposaron y lo arrestaron bajo el cargo de homicidio doble. Dados sus antecedentes, lo encerraron en un penal de máxima seguridad en lo que se resolvía el caso.

—¡Ced! ¡Drak Ced! ¡A la reja con todo y chivas! —Casi dos años después, el celador le entregó sus pertenencias y lo guio a la salida—. ¡Quién fuera a decirlo! Bueno, no podrás negar que se hizo justicia. Igual no fue expedita. La culpa la tienes tú por no decir una sola palabra en todo este tiempo. Ahora vete, y hazme un favor, no quiero volver a ver tu horrible carota por aquí.

Alphard le quemó el rostro. Un viento seco levantó el polvo. Sus pasos se dirigieron a la cantina. El Bronze, sin Dizzy, ya no era lo mismo. Las colillas se apilaron en el cenicero, las botellas, a su lado. 

—¡Qué bonita medalla! —le decía una chica a un tipo con gabardina de piel negra. Estaban sentados junto a él en la barra. Un letrero que anunciaba una recompensa por un felón colgaba frente a ellos.

—Es la insignia que nos da la Federación al entregarles una marca —el cazarrecompensas señaló el cartel.

—¿Y sólo es la medallita? ¿O viene con algo más sustancioso? —el fulano se carcajeó, pagó la cuenta y se llevó a la tipa.

Aún embotado por el humo del alcohol, Drak tuvo una epifanía. Se enlistó en la comisaría de la Federación. Y ya sabía cuál sería su primera medalla. 

—Drak, amigo, no te lo tomes tan a pecho —Müllens estaba encadenado a una silla que pendía sobre un tanque.

—Lo único que debías hacer, era no meterte en mi camino —Drak le ató unas bolas de hierro.

—¿Crees que voy a poder nadar atado? ¿Para qué son las pesas? —Drak bajó la mirada hacia el líquido—. ¿Qué es eso? —Un hueso reblandecido se asomó y lo saludó—. ¡Espera! ¡No! ¡Soy más valioso vivo! ¡No, por favor! —Drak activó una palanca—. ¡Nooo!

Müllens se precipitó. La silla salpicó el ácido contra las paredes y unas burbujas irrumpieron contra la superficie.

—No te lo tomes tan a pecho, Müllens; esta es una insignia que no pienso cobrar… —corrió la cerradura del taller y, sin volverse, se alejó.


Relato de Pedro Luis Chávez Aguado

Plástico quemado


Era insoportable. No servía de nada cubrirse las orejas con las manos, como hacía David, ni hundir los dedos hasta lo más profundo del oído, que era la opción de Marian. 
Aquel zumbido, tan grave y vibrante que les hacía sentir el pecho a punto de estallar, aumentaba más y más su volumen.
Por encima de sus rodillas, acuclillado, Tomás pudo oír cómo a ese ruido le acompañó un estruendo, tal que si una tormenta se hubiera desatado sobre ellos. Lo que parecía una docena de truenos simultáneos retumbó haciendo temblar el suelo.
Y empezó a desaparecer.
El zumbido se desvaneció en cuestión de segundos, dando paso a un rumor vaporoso.
Tomás abrió los ojos. Sus amigos seguían junto a él. Vio en esos rostros la misma expresión de incertidumbre que adivinaba en sí mismo. Edu temblaba.
—¿Ha sido un bombardeo?
Nadie respondió.
A su alrededor, los caminantes cuyos andares se habían visto interrumpidos comenzaron a mirarse entre sí.
—Creo que venía de la plaza Carlos III —dijo Marian.
Algunas personas tomaron esa dirección, quizá porque oyeron a Marian, o tal vez porque habían deducido lo mismo que ella. Tomás buscó la mirada de su amiga, esperando algún gesto que le indicara si debían ir tras el origen del ruido o descubrirlo por televisión en la seguridad de sus casas. Fue David el que tomó la iniciativa.
—¿A dónde vas? —gritó Edu.
David los miró a todos. Parecía querer encontrar las palabras adecuadas.
—No sé lo que es. Y muy probablemente se trate algo peligroso. Pero creo que la incertidumbre también nos puede hacer mucho daño.
—Mierda, David…
—No tenéis que acompañarme —Tomás sintió una nota de duda en su voz—. Voy y vuelvo enseguida. Tranquilos.
Se alejó con paso rápido en dirección a la plaza. Tomás vio que los puños de Marian estaban apretados y se sorprendió al descubrir que los suyos se habían comportado de la misma manera. Edu respiraba con agitación, mirando a todos lados.
A través del tenso silencio les llegó un sonido como el restallar de un látigo. Y el alboroto regresó, pero esta vez en forma de gritos. Decenas de personas abarrotaron las calles que partían de la plaza Carlos III. Quienes tropezaban y caían resultaban arrollados, víctimas de una automática irrelevancia colectiva.
—David, ¿dónde cojones estás? —imploró Marian.
La estampida se acercaba a ellos. Tomás resistió el impulso de salir corriendo y abandonar a sus amigos para evitar ser aplastado por aquella horda histérica.
—¡Vamos! —era David, que tiraba de su brazo.
Tomás se encontró a sí mismo corriendo a toda velocidad con David a su derecha y Edu y Marian a su izquierda.
—¿Qué era? —preguntó Marian.
—No lo sé. Me he podido asomar cuando la gente ya estaba saliendo disparada. Solo he podido ver un muerto —jadeó.
—¿Un muerto? —se oyó decir Tomás, sin prestar atención al rumbo que tomaban.
—Había un tío en el suelo y mucha sangre. Y una nube de polvo de la hostia. Era imposible ver más.
Muchos pares de ruedas chirriaron. Estaban atravesando una de las arterias de la ciudad, olvidando la existencia del tráfico.
—¡No os paréis! —ordenó David. 
Cruzaron la avenida hacia una calle estrecha por a la que no entraba la luz del sol. Un desagradable flato pinchaba el vientre de Tomás.
—¿Dónde estamos yendo?
Como respondiendo a su pregunta, David se detuvo al adentrarse en un callejón. Los cuatro trataron de recuperar el aire.
—David, ¿qué más has visto? —preguntó Marian—. ¿De qué estamos huyendo?
—No lo sé —contestó entre jadeos—. Pero la gente que ha empezado a correr antes que yo, sí. Me parece motivo suficiente.
—¿Ha sido una explosión? —quiso saber Edu.
—Puede. Ya te digo que no lo sé.
Encorvado, Tomás apoyaba sus manos en las rodillas.
—Pero solo has visto un muerto.
—¡Joder! ¿En qué idioma hablo? —resolló David—. Un muerto y gente corriendo, sí.
Se incorporó. A su alrededor oían gritos y rápidas pisadas.
—Lo siento. 
Callaron durante unos instantes.
—Viene alguien —Marian asomó la cabeza por la esquina del callejón—. Es un hombre. También corre. ¡Señor! ¿Qué está…?
—¡Aparta!
Marian fue arrojada al suelo con la fuerza del golpe que le propinó aquel individuo a su paso.
—¡Hijo de puta! —gritó David, pero el otro no miró atrás, alejándose.
Marian se llevó una mano a la boca antes de volver a mirar por la esquina.
—¿Hay alguien más? —preguntó Edu.
—Sí.
—¿Viene hacia aquí?
—Sí, pero no está corriendo.
El cuerpo de Marian cayó tras un estallido. No había rastro de su cabeza. Un olor a plástico quemado llenó el aire.
Tomás notó como la sangre desaparecía de su rostro. Supo que iba a desmayarse. Incapaz de juntar los labios, miró primero a David, que contemplaba inmóvil el cadáver de Marian, y después a Edu, con los ojos fijos en el cielo y todos los músculos tensados.
David se arrodilló sin el menor ruido, dejó caer las manos y comenzó a caminar a gatas hacia la esquina.
Tomás sudaba. Podría jurar que oía el desquiciado corazón de Edu a pesar de estar a un metro de distancia. David se movía con sigilo casi felino.
—No —rogó Tomás en un susurro—. David, no.
David hizo un sutil gesto con la cabeza, instándole a callarse. Edu había empezado a sollozar.
Flexionando los brazos hasta reptar, David llegó junto al cuerpo para atisbar por encima de él.
Y fue despedido contra la pared opuesta. Le faltaba el lado izquierdo del cuerpo, desde el hombro hasta el ombligo, dejando media luna de brillante ausencia roja. Desprendida y sin brazo al que aferrarse, su mano izquierda cayó junto a él.
Los gemidos de Edu se volvieron agudos y profundos. Tomás miró a su alrededor tratando de encontrar una explicación para esa escena. No le resultaba fácil convencerse de que aquello era real, que dos de sus mejores amigos acababan de explotar tras huir de una masa aterrada. El plan era otro. Iban a comer juntos para celebrar el final de los exámenes. Nada de lo ocurrido desde que el cielo empezara a bramar estaba anunciado para ese día.
—Tomás… —lloraba Edu—. ¿Qué está pasando?
—No lo sé, tío. Pero creo que es mejor que guardemos silencio y nos alejemos cuanto podamos de esta esquina.
Edu asintió. Tenía el cuello y la mandíbula rígidos.
—Vamos.
Se movieron con cautela, mirando únicamente hacia delante. Algo hacía cosquillas en la cara a Tomás. Al rascarse notó algo húmedo, más viscoso que el sudor. No quería saber si aquella sangre era de Marian, de David o de ambos.
Aguzó el oído, pendiente de cualquier ruido que surgiera a sus espaldas. Por el rabillo del ojo pudo ver que Edu se giraba.
—No mires —advirtió Tomás—. Por si acaso, no mires.
Obediente, Edu regresó la mirada al frente.
—¿Nos metemos en algún sitio? —le susurró.
—No lo sé. Creo que un local puede ser una ratonera. Imagínate que le gente se afana por entrar y nos asfixiamos. O que quien ha matado a Marian y a David nos acorrala.
Edu tragó saliva.
—Estamos cerca de mi casa —prosiguió, bajando aún más la voz—. Creo que sería muy difícil que nos encontraran ahí.
Edu volvió a tragar. Asintió.
Tomás notó que el oxígeno regresaba poco a poco a su cerebro. La posibilidad de volver a casa y aislarse de aquel macabro escenario empezó a tranquilizarle. Pero no disfrutó de esa esperanza más que unos segundos.
—Mierda.
—¿Qué pasa? —le miró Edu.
—Vamos en dirección contraria. Tenemos que dar media vuelta.
Edu detuvo el paso. Su labio inferior temblaba. Tomás también paró.
—¿Y qué hacemos?
—Rodear la calle, supongo. No podemos volver a pasar por esa esquina —volvió a caminar.
—Vale —resopló Edu—. Pero no sabemos si ése está andando en paralelo a nosotros. O si nos ha adelantado por otro sitio.
—Podemos girar aquí —señaló la calle que se abría a su izquierda—. No es más segura que cualquier calle más adelante, pero por alguna parte tenemos que ir.
Con un chapoteo, las entrañas de Edu salieron despedidas de su cuerpo desde el vientre, formando en el asfalto un mosaico grotesco que seguía unido al interior de su amigo por un tramo de intestino. Edu cayó sobre sus propias vísceras y Tomás pudo ver el agujero que había aparecido en su espalda.
No lo sabía, pero había echado a correr por la calle de su izquierda. Algún sistema en su cerebro había decidido tomar el control y salvarle la vida sin preguntar. Y ese mismo sistema le había hecho lanzar una rápida mirada antes de desaparecer. 
Lo que había destripado a Edu estaba en el punto donde se encontraban los cadáveres de Marian y David.
El piloto automático de Tomás aumentó la velocidad.
Esa figura le estaba apuntando con un arma cuando empezó a huir.
Sus piernas no le obedecían. Simplemente corrían, cargando con él.
La figura era robusta, más bien alta.
Otras personas corrían delante de Tomás. Muchas gritaban.
Pero no habría sabido cómo describir la cara.
Un grupo de chicos de su edad corría hacia él desde su derecha. No venían de un sitio seguro.
Aunque sí sabía que no era un rostro humano.
Llegó a otra avenida. Los vehículos trataban de esquivar a los corredores. Un coche aceleró y pasó por encima de dos personas. Otros le siguieron.
Podía tratarse de una máscara.
Las piernas de Tomás buscaron un camino distinto.
No, no era una máscara. Aquel rostro pertenecía a algo vivo.
Volvía a encontrarse en una calle vacía. Al otro extremo la gente seguía corriendo. De izquierda a derecha, de derecha a izquierda.
Finalmente, se detuvo. Junto a él había un portal. Podía esconderse, sentarse a esperar y, cuando todo se calmara, retomar el camino a casa.
No veía el portal. Veía el cielo. Y lo veía desde el suelo. Había caído de espaldas cuando sus piernas desaparecieron, dejando tras ellas un fuerte olor a plástico quemado. No podía respirar.
Todo se apagaba.


Relato de Fernando Muñoz