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SEND NUDES

 

Salier miró por undécima vez la imagen que se reflejaba en su placa de comunicación. El cristal azulado mostraba una foto, o lo que creía que era una foto porque su contenido todavía le confundía. Por lo menos en la parte anatómica se parecía a un torso desnudo. La cuestión era que no sabía por qué alguien le enviaría algo así a él, un simple estudiante de la Academia Silvan de magia con cero interés en el cuerpo de ninguna persona. Además, no era por nada, pero esa piel no parecía la de un elfo, no tenía la tonalidad verde pastel de su raza ni tampoco la de ninguna de las razas que existían en su mundo. ¿Se trataría de una broma? No podía haber otra opción, seguro que Farela le estaba tomando el pelo como siempre.

Farela te juro por tus alas de hada que a la próxima te mando una maldición de segundo grado.

No eres Jan?

No sé que es un Jan, pero yo no soy nada de eso.

Jajajaja k gracioso ers.

M caes bien soy luke.

¿Luke? ¿Qué nombre era ese? Parecía más una enfermedad por indigestión de pociones que el nombre de una persona. Sin embargo, ahora que se daba cuenta de que había estado hablando con una persona que no era Farela se sentía un poco mal por haber sido tan maleducado. Debía de ser algún estudiante extranjero de la academia que había guardado mal el número de placa. Tecleó una disculpa rápida pensando que ese sería el final, pero una notificación le llevó la contraria unos minutos después. Aunque no tenía ninguna intención de contestarle. Dentro de poco tendría una exhibición con el claviero y le estaba costando más de lo normal aprenderse la pieza. Farela ya era suficiente distracción.

—¡Sa-li-er! —como si la hubiese invocado con el pensamiento, Farela apareció volando por su ventana con una sonrisa radiante—. ¿Qué haces estudiando todavía? ¿Es por lo del claviero? Seguro que lo haces súper genial. ¿Sabes que Mirela y Sup del curso de runas se han liado? Una elfa con una sirena, esto va a estar en boca de todos…

Si Farela se sintió ofendida por el suspiro exasperado que soltó Salier, no lo mencionó en ningún momento. De hecho el hada decidió ignorar el evidente disgusto de su amigo en favor de relatar a toda velocidad todos los detalles que sabía sobre el último escándalo de la academia.

—¿¡Qué es esto!? —Salier se giró solo para ver con horror como Farela sostenía su placa—. ¡Te han mandado un desnudo! —rio el hada—. ¿Quién es? ¿Quién es?

—No lo sé, ni me importa.

—Hmm —sus dientes afilados se asomaron por detrás de su sonrisa—. Te ha contestado.

Salier le arrebató la placa en apenas un segundo antes de que Farela pudiese comprobar el mensaje. El hada soltó una risa cantarina mientras escapaba por la ventana lanzándole un beso a su tímido amigo. Su eco todavía resonaba en la habitación cuando Salier comprobó los últimos mensajes del tal Luke, básicamente una retahíla de disculpas seguida de un par de preguntas sobre la iluminación de la foto. ¿Cómo se supone que iba a responder a eso? Es más, ¿por qué tendría que responder? Con el ceño fruncido volvió a dejar la placa en la mesa. No iba a dejar que las tonterías de Farela le comieran la cabeza, no iba a responder.

A Jamal no le gustaba meterse en la vida de los demás. Si alguien le preguntase diría que «Vive y deja vivir» era su filosofía de vida. Pero hasta él estaba empezando a tener curiosidad con todo el asunto del móvil de Luke. Sabía por ciencia cierta que no podía ser Jan porque ella misma había dicho que el número que le dio era falso. Por lo que, técnicamente, Luke no debería estar sonriéndole a la pantalla a cada segundo y soltando carcajadas cada vez que un mensaje aparecía en el chat.

—Muy bien, ya basta —Jamal cogió el móvil de la mesa con rapidez—. Esto es una intervención.

—Pero … ¿estamos en un McDonald’s? —Luke miró su hamburguesa con una ceja levantada.

Su amigo le dirigió una mirada escéptica. En cualquier otra ocasión Luke no tendría ningún problema en contarle lo que ocurría a Jamal. Pero lo que tenía con Salier, fuese lo que fuese, era algo entre ellos dos. Sentía que esa conexión era especial y no sabía muy bien si quería compartirlo con nadie más.

—Bueno… el número que Jan me dio no era el suyo —empezó a decir—. Pero la persona con ese número resultó ser muy maja y… hemos seguido hablando…

Jamal lo observó con cuidado, desde el rojo que adornaba su cara hasta la forma en la que evitaba sus ojos a toda costa. Había esperado muchas cosas de aquella conversación, pero su amigo sonrojándose mientras hablaba de su nuevo amigo no era una de ellas. Luke en el fondo entendía la confusión, incluso él estaba confundido con todo lo que estaba pasando. Salier no era precisamente una persona fácil con la que hablar, solía responder a todos sus mensajes con monosílabos junto con algún comentario sobre su mala ortografía. Pero no supo muy bien en qué punto empezó a notar otras cosas. En cómo Salier siempre solía poner un par de mensajes más explicando las palabras que creía que Luke no entendía. En cómo siempre le preguntaba qué tal le había ido el día. En lo contento que se ponía cuando hablaba de cómo había aprobado alguna de esas pruebas tan raras que hacían en su país. Y lo peor era que ninguna de estas pequeñas cosas le parecía suficiente. Quería saber más sobre él, qué comida le gustaba, su color favorito, qué cosas le hacían reír. Luke se dio cuenta de repente que daría cualquier cosa por escuchar aunque solo fuese una vez el sonido de su voz.

—Jamal, tengo un problema gordísimo —su amigo levantó una ceja—. Creo que me he enamorado de él.

La cuestión era que siempre había sabido que Luke era un tanto distinto. Muchas veces referenciaba cosas que Salier estaba bastante seguro no existían en su mundo, por no hablar de las extrañas fotos que mandaba de vez en cuando. La primera vez que una imagen de una especie de elfo de color bronce y orejas planas apareció en su placa, Salier pensó que se trataba de alguna broma. Tras pasar casi tres días sin salir de la biblioteca no había encontrado absolutamente ninguna raza que se pareciese a él. O no exactamente. Porque lo único remotamente similar a su amigo sería un «humano», lo cual Salier se negaba a si quiera contemplar. Todo el mundo sabía que los humanos solo eran inventos de los cuentos populares, el típico monstruo con el que tu madre te amenazaba si te quedabas despierto hasta muy tarde. No ayudaba el hecho de que estuviese empezando a tener sentimientos por él.

—Por todas mis alas, te ha dicho que le gustas —dijo Farela viendo el último mensaje.

—Ya lo sé, Farela —gruñó Salier mientras veía a la directora Kremel sentada en la primera fila de la grada hablando con un encapuchado. Si alguien podía tener respuestas era ella.

—¿Salier? —la mujer lo miró extrañada y empezó a andar hacia el campus principal—. Si tienes algún problema por favor concierta una cita, ahora estoy muy…

—Lo entiendo, y usted sabe que jamás la interrumpiría por nada —Salier le cortó el paso mientras veía como Farela les alcanzaba—. Pero creo que he contactado con un ser de otro mundo.

—¿Cómo dices? —ante su sorpresa, Salier abrió las fotos que Luke le había estado mandado.

—No son falsas, lo he comprobado —explicó mientras la directora cogía su placa para investigar su contenido—. Creo… creemos que por algún motivo Lu- el ser humano ha descubierto una codificación numérica que ha conectado con el enlace interno de mi placa y…

La directora los miró de arriba abajo y soltó un suspiro. Sin levantar la cabeza apretó la placa de Salier entre sus manos partiéndola en dos mitades casi perfectas. El sonido del cristal rompiéndose retumbó en los oídos del elfo mientras veía con horror cómo los trozos caían al suelo. Cuando el pie de la directora acabó por romper lo que quedaba de su placa, apenas pudo escuchar los gritos de Farela y las excusas de la directora sobre lo peligroso que podía ser aquello. Todo lo que pudo oír fue su corazón rompiéndose.

¿Era aquello una especie de castigo?

La pregunta se repetía en su cabeza mil veces mientras Jamal intentaba captar su atención. Hacía ya dos semanas que se había armado de valor para mandar esa estúpida confesión a Salier. Lo cierto era que no había esperado una respuesta directa, esas cosas hacía falta pensarlas, sobre todo cuando se trataba de alguien al que no había visto nunca y que conocías por un mero error. Así que la primera semana se dijo a sí mismo que era normal que Salier no contestase a sus mensajes.

Pero había pasado demasiado tiempo como para seguir pensando que iba a recibir alguna respuesta. Tumbado ahí en su cama, Luke se cuestionaba si quizás había hecho algo mal. Era cierto que no conocía a Salier desde hacía mucho tiempo, habían pasado apenas cuatro meses desde que el comienzo de ese intercambio, pero habían sido días de mensajes constantes, conversaciones a medianoche y risas escondidas en mitad de clase. Sabía que jamás le ignoraría sin más, tenía que haber algún motivo por el que había decidido dejar de contestar. 

—Ey, tío, ¿por qué te está brillando el móvil?

Tal y como estaba diciendo su amigo, cuando Luke se giró vio como de la pantalla de su teléfono salía un brillante resplandor. Toda la habitación comenzó a temblar mientras unos extraños círculos comenzaban a dibujarse alrededor de la columna de luz que emitía la pantalla. Jamal pegó un grito cuando vio como una grieta comenzaba a abrirse en medio de la nada a la vez que intentaba tirar de Luke para marcharse de ahí. Sin embargo, su amigo era como una roca inamovible y sus ojos solo estaban mirando la figura que estaba saliendo del portal que acababa de abrirse en su casa. Su piel era verdosa con orejas puntiagudas y el pelo de color violeta. Tal y como la foto que le había mandado Salier.

—¿Luke? ¿Eres tú? —el elfo giró la cabeza buscando con la mirada hasta que vio a los dos humanos sentados en el suelo mirándole con la boca abierta.

—¿Salier?

—¡Ha funcionado! —el chico saltó a sus brazos para darle un abrazo mientras Jamal intentaba comprender todo lo que ocurría.

—Espera un momento ¿De verdad eres tú? No entiendo nada.

—Verás, tu placa contactó con la mía en mi mundo y hace dos semanas intenté proponerle a la directora abrir un portal —Salier se levantó ofreciéndole una mano—. Digamos que eso no terminó muy bien, así que Farela y yo hemos estado trabajando por nuestra cuenta para llegar aquí.

—Ah —Luke no sabía muy bien cómo decirle que todavía no se enteraba de nada, pero estaba demasiado feliz de tener a Salier allí como para interrumpirle—. ¿Dónde está ella?

—Al otro lado del portal —señaló el móvil de Luke que todavía tenía una pequeña luz—. Hemos conseguido convertir tu placa en un enlace entre los dos mundos. Con esto podremos abrir portales para vernos de vez en cuando, aunque debemos tener mucho cuidado, nadie más puede enterarse de esto.

—¿Podemos ir nosotros también a tu mundo?

Luke y Salier se giraron al mismo tiempo dirigiendo una mirada amenazante hacia Jamal. El chico comprendió perfectamente la indirecta y salió de la habitación con cuidado prometiendo volver en unas horas para obtener sus repuestas. Por el momento les dejaría algo de intimidad a esos dos tortolitos. Cuando la puerta se cerró detrás de él, Luke se dio cuenta de que todavía estaba sosteniendo la mano que Salier le había ofrecido para levantarse. El color ascendió a sus mejillas casi al mismo tiempo que un azul tintaba las del elfo. A pesar de todo lo que había pensado en su reencuentro, Luke no sabía muy bien qué decir sobre toda esa situación.

—A mí también.

—¿Cómo? —Luke levantó la mirada para encontrarse con los ojos castaños de Salier.

—Que a mí también me gustas —desvió la mirada obviamente avergonzado—, aunque entiendo que ahora que sabes que no soy humano no quie-

Antes de que Salier pudiese terminar la frase, Luke se adelantó invadiendo su espacio personal para unir su boca con la suya. No fue un beso perfecto, Salier se quedó congelado en el momento que unos labios extraños tocaron los suyos y Luke estaba demasiado nervioso con todo lo que estaba pasando. Pero para ellos lo fue, porque en aquel gesto había escondido un mensaje que ninguno de los dos se había atrevido a mandar y que todavía no se atrevían a decir en voz alta. Ambos eran conscientes de que no iba a ser fácil, no solo se tenían que conocer el uno al otro sino que además ahora había todo un mundo desconocido que los unía. Tampoco sabían cuánto tiempo podría durar ese ir y venir hasta que alguien los descubriese. Aunque en ese momento, el uno en los brazos del otro, esas cuestiones no les podían importar menos.

(1 año después)

Dile a tu madre q voy a llevar las delicias de sirena q le gustan tanto.

Ok, pelota

No es mi culpa ser tan encantador, señor Guterrez.

*Gutiérrez

Pq sigo saliendo contigo?

Xk me quiereessss

Quiero a tu madre, a ti no sé…

Vaya y yo k había hecho esos espaguetis que tanto le gustan a mi novio

Pero si ya no me quiere se los daré a Jamal

...

Yo también te quiero.



Relato de C. Moon

UNIDADES LIMITADAS

 


Colillas por todas partes, post-it magnéticos sobre los espejos, esquemas garabateados detrás de folletos de tecnosexs y figuras de naves a escala que son unidades limitadas: si me describieran esta habitación, sabría de inmediato y sin equivocación que es tuya. Por suerte, puedo verla con mis propios ojos y confirmarlo.

Después de tantos años, no has cambiado nada. Ni siquiera tu olor. Lo he hecho miles de veces antes, pero lo hago de nuevo; recojo algunas de las prendas que has dejado tiradas por el suelo y aspiro la microfibra para tenerte más cerca. Hasta cierro los ojos (qué asco me doy a veces). Pronto tu olor no es suficiente. Se escapa y a la vez me hago a él, me familiarizo y pierde potencia. En un segundo, ya no está.

Igual que tú.

Dejo caer la ropa y pateo con insistencia el suelo enmoquetado, que absorbe mi nerviosismo. ¿Cuándo volverás? Soy paciente por naturaleza, pero tú me exasperas. Haces que me salga de mí, que me mire y no me reconozca. Por eso te quiero tanto como te detesto. Tú me has hecho ser quien soy.

Por eso estoy aquí. Por eso sigo aquí y aún no me he marchado con viento fresco. Ganas no me faltan. Sin embargo, me centro en mi objetivo y me obligo a caminar para reordenar las ideas.

Paseo por el salón que antaño fue también mío. Reconozco entre la maraña de basura y desorden algunas de mis antiguas pertenencias. Pueblan tu piso como perlas, aunque tú las hayas llenado de polvo. Cuando uno se separa, ¿no debería repartirlo todo equitativamente? Pero tú me echaste con cajas destempladas y no me dio tiempo ni a preguntártelo. Tuve suerte de poder irme con alguien mejor que tú. Sin ella no habría llegado tan lejos como llegué. Ni siquiera habría salido por esa puerta.

Me siento en el sofá. Se adapta a mi peso y me devuelve un reconcentrado olor a tabaco. Solo tú entre el millón de personas de esta ciudad seguirías enganchado a una droga tan poco satisfactoria y apestosa. Y, a la vez, nunca estuviste tan atractivo como en los momentos en que te sentabas en el despacho y liabas cigarros sin prestar atención a tus manos mientras revisabas los diseños.

Yo me sentaba frente a ti, silenciosa, y no te quitaba el ojo de encima. Mi trabajo siempre ha sido ese y, no es por echarme flores, se me da de fábula. Observarte. Prestar atención a los movimientos de tus dedos sobre la mesa, a las explicaciones farfulladas entre tus dientes torcidos, solo para ti mismo, a las sonrisas ladeadas que pretendían ser carismáticas y al tic en el ojo cuando una operación no salía como debería. Todo aquello me hizo aprender, excepto a no enamorarme de ti.

Nacemos imperfectos, supongo. Por eso tardé tanto tiempo en perdonarte que tú no lo estuvieras de mí.

Escucho un ruido en el pasillo y me levanto de un salto. Meto las manos en los bolsillos. Me preparo. El taconeo se aleja hacia el ascensor y yo gruño en voz alta.

Debería haber sabido que no eras tú. No es la primera vez que estoy en esta situación. ¿Cuántas veces esperé durante horas tu vuelta? Alegre, enfadada o preocupada. La emoción era distinta, pero desaparecía cuando escuchaba el pitido que anunciaba la desconexión de la alarma y el tintineo de las llaves mientras buscabas la correcta. Al contrario que tú, yo siempre la reconocí al momento. El peso era distinto. Hasta el brillo del metal. Solo que jamás utilicé ese conocimiento. Jamás lo hice para robártela y escapar de esta prisión sin barrotes antes de tiempo.

Podría decir que he dejado de ser esa idiota, pero estaría mintiéndome a mí misma y estoy aprendiendo a dejar de hacerlo. Sigo siendo una boba, solo que ahora me doy cuenta con mayor rapidez. Con las manos todavía en los bolsillos, palpo la culata del arma y me recuerdo que también disparo más rápido.

Una siempre tiene que estar preparada para sobrevivir. O aprendes o te destruyen. Aunque en mi caso, es probable que sucedan ambas cosas a la vez.

Me acerco al ventanal del salón. Me devuelve, primero, mi propia imagen. No me gusta (ni siquiera tras mi cambio de look; he aprendido a las malas que el pelo rosa no me favorece), así que enfoco la mirada más lejos, a la ciudad que se agita y retuerce en un estertor nocturno de polución lumínica y smog.

Los neones del restaurante asiático en el edificio de enfrente parpadean sin descanso y bañan los charcos sucios de lucecitas arcoíris. Cuento los pisos hasta llegar al que es parejo al tuyo al otro lado de la calle. El quinto obviando el restaurante. Me doy cuenta de que no he echado las cortinas del cuarto de invitados, aunque al instante me recuerdo que jamás le he dado uso.

Es extraño ver mi apartamento desde fuera. Creía que se percibirían más detalles de mi vida privada (¿tengo de eso?), pero apenas si se vislumbran las siluetas de los muebles. Supongo que con luz podría distinguirse algo más, pero estoy tranquila porque nunca enciendo las que dan a la calle. Suelo conformarme con sentarme junto al alféizar y mirar hacia el lugar donde estoy ahora.

Verte recorrer de acá para allá el piso, con las manos ocupadas en un cigarro a medio hacer o en revolver el pelo lacio que ya te llega por la barbilla. Así era mi rutina, al menos hasta hace un par de días. Hasta que la trajiste a ella.

Una sensación de ira me recorre de la cabeza a los pies.

No me lo podía creer. En mi verdadera casa, cuando Erika me dijo lo de la nueva, ni siquiera la escuché. Era imposible, porque recordaba tus promesas. Se lo negué tres veces. Pero me trajo pruebas. Me dijo lo que pretendías. Qué rápido ibas a sustituirme, ¿eh? Y eso que dijiste que no había ninguna como yo en todo el mundo, que yo era especial.

Joder, sí que era una auténtica idiota. ¿Fiarme de ti? ¿Quién en su sano juicio lo haría? Si ni siquiera sabes fregar los platos sin dejar el mismo reguero de grasa.

Así que Erika me dijo qué quería que hiciera. Qué te merecías, más bien. Yo estuve encantada de darle la razón y me instalé lo más rápido que pude al otro lado de la calle. Esperé y esperé y esperé. Y cuando estaba casi convencida de que lo que me había dicho Erika no era verdad, de que la que ocupaba ahora mis días me había manipulado, tuviste que demostrarme una última vez (qué bien se te da, ¿eh?) lo equivocada que estaba.

Entraste con ella y me dieron ganas de subirme a la taza del váter y dispararte con un DXL-5 desde el ventanuco del baño.

Erika tenía razón. Había otra. Y encima era mi viva imagen. Cerdo. Porque si naces cerdo embustero, mueres siendo un cerdo traicionero. El mismo espécimen, solo que más canoso y arrugado.

Las palabras de los hombres no significan nada, pero quise creer que la tuya sí. Guardaba la esperanza, sobre todo porque yo sí soy de palabra. Si lo aprendí todo de ti, ¿por qué no ibas a ser igual que yo? Porque lo que prometo, lo cumplo. Por eso tenía que acceder a lo pactado con Erika. Por eso tenía que cruzar la calle, entrar a tu piso y esperarte.

Por eso saco la pistola del bolsillo y compruebo una vez más que está cargada.

Tras hacerlo, miro alrededor y me doy cuenta de que ni siquiera he tenido que revolver el apartamento para fingir que alguien ha entrado a robar. Me has facilitado parte del trabajo. Cualquier agente que entre, pensará que este desastre es intencionado. Ningún ser humano podría vivir tan rodeado de mierda excepto tú.

Pero recuerdo que hay una cosa que sí se llevaría un ladrón, así que me dirijo al despacho y me aproximo a tu portátil. «La vieja chatarra» como la llamabas, que podría pasar por un elemento más del vertedero que es tu casa, que nadie en su sano juicio se llevaría bajo el brazo de entrar a robar a menos que esté desesperado. Como yo.

Lo enciendo e introduzco varias contraseñas; que acierte al quinto intento me demuestra lo mucho que te sobreestimas. ¿La fecha de nacimiento de tu primer perro? Por Dios, hasta Jack el Destripador tenía más amigos y Toby lleva tiempo criando malvas.

Podrías haber puesto la mía. No es que me hubiera conmovido, pero habría sido algo más digno.

La pantalla me devuelve un escritorio que está al nivel del entorno: entre el caos de carpetas, archivos e iconos que dan vueltas sobre sí mismos, encuentro lo que busco. Tu trabajo. Lo borro todo, y borro lo borrado, y después desengancho el cacharro y me lo llevo. Cojo también unas cuantas monedas que veo tiradas y la única mochila que no tiene un sándwich medio mohoso dentro. Guardo el botín y, como una niña a punto de salir de excursión, me coloco la mochila a la espalda y espero de pie a unos metros de la puerta.

No tengo intuición. Trabajo con la experiencia, que es más precisa (ya que nada es infalible, tampoco yo), así que sé que te queda poco. Saco la pistola, dejo los brazos colgando laxos a ambos lados y entonces los oigo.

Pasos. Irregulares, altavoces de tu cojera. Tus murmullos entre dientes, ahora más torcidos que antes, reflejos de tu mente. El tintineo de las llaves que buscas en la gabardina roída (ni siquiera has usado el dinero que ganaste conmigo en algo útil). La tos que es consecuencia del humo de la ciudad y el de tu adicción.

Y al final entras, casi a cámara lenta, y dejas que ella lo haga detrás de ti. Silenciosa, me ve antes que tú, pero no dice nada. Solo cuando cierras la puerta y echas la llave, consigues alzar la cabeza del suelo atestado y me enfocas. Entrecierras los ojos, de escleróticas amarillas recorridas por venas parduzcas.

Por fin, lo veo. Reconocimiento. El que no me diste mientras estaba contigo. Después, miedo. El que no sentiste cuando me perdiste. Y, por último, enfado.

Aunque no esté a la altura del mío.

—¿Qué coño haces aquí?

No sé por qué dudé que tus últimas palabras estarían a la altura de tu existencia. Qué poco delicadas para un reencuentro tan importante.

Yo sonrío y te respondo, aunque no con la voz. Alzo el brazo y realizo un único disparo, rápido y certero, que deja una huella limpia en el centro de tu frente.

El cerebro que siempre admiré se desparrama sobre la puerta que fue mi guardián mientras te esperaba. A tu lado, ella observa cómo caes, solo que no dice ni hace nada. No puede hacerlo.

Respiro aliviada. Por suerte, he actuado a tiempo. No has completado lo que pretendías, así que todavía hay esperanza para mí. Si no soy única, no valgo nada.

No te miro. Me sentiría mal, y no quiero. A lo hecho, pecho. Eso me dijiste cuando me vendiste a Erika, cuando tras una noche de negociaciones en este mismo salón, me cambiaste por siete ceros en tu cuenta bancaria. Yo no lo entendí. Eras un apasionado de tu trabajo, y tu trabajo era yo. El mejor. Eso dijiste.

—Es mi mejor trabajo hasta la fecha —te oí decirle a Erika. Como si yo no estuviera ahí, entre vosotros, esperando como una niña buena con las manos cruzadas sobre el estómago.

—Pero no harás más —susurró Erika, con los ojos puestos en mí. El tono no fue interrogativo ni tampoco afirmativo. Fue una orden velada.

De reojo, vi tu nuez subir y bajar, como un preaviso de lo que haría a continuación tu cabeza.

—Tienes mi palabra. —Me señalaste—. Es única.

—¿Unidad limitada? —esta vez sí preguntó mi futura dueña, con una ceja alzada y gris, como las volutas de humo que dominaban el salón.

—Unidad limitada.

Unidad limitada una mierda. Ella2 me observa junto a tu cadáver. No hay confusión en su rostro. Todavía es solo una cáscara vacía. Solo que una muy bonita e idéntica a mí.

Por eso no me da pena levantar la pistola y disparar de nuevo.

Al contrario que tú, cae sin soltar las tripas ni esbozar una expresión ridícula. Lo hace como una hoja seca en otoño. Ni siquiera cierra los ojos al apagarse.

Antes de aceptar la orden de Erika de eliminar tanto a mi creador como a mi sustituta, creía que sería más raro dispararme a mí misma, pero me sorprendo al sobrellevarlo con bastante serenidad. Supongo que se me pegaron muchos defectos de ti y, por suerte, el desinterés por los míos es uno de ellos.

Me coloco mejor la mochila y echo un vistazo a nuestro antiguo piso. Aspiro por última vez tu aroma, el de tu sangre y el de tu humo. Luego salgo, esquivando tu cuerpo y el de tu hija. La otra, tu primogénita, la que desgraciadamente se enamoró de su padre, ha hecho lo que se presupone más humano: matar a su dios.

Por eso, aunque Erika crea que regresaré a su lado, ya no puedo hacerlo. Primero, porque no se lo prometí. Le dije que haría este trabajo, nada más. Y segundo, porque por fin soy libre.

La originalidad es un rasgo exclusivamente humano; todos sois unidades limitadas. Y eso es lo que soy ahora. Ya no hay posibilidad de que haya nadie como yo. Jamás lo habrá. Solo hay un Ella en esta ciudad, sin más dueño que sus propios recuerdos.


Relato de Raquel Arbeteta

LA DONCELLA GERRERA

 


En época de cruzadas un conde se disponía a ir a la guerra para defender su reino, pero por desgracia era ya demasiado viejo para ello. Furioso se quejaba a su mujer por haberle dado siete hermosas hijas y ningún varón que pudiese sustituirle en la lucha. La más pequeña, aunque no por ello la menos sabia, irrumpió en la habitación al oír los gritos. De anchas caderas y largo pelo negro la dama se irguió frente a su padre con sus gruesos labios fruncidos. Su piel de porcelana mostraba una doncella que poco salía de casa pues la hija de un conde las formas debía guardar. Nada de especial, una mujer más, sin embargo sus ojos eran harina de otro costal. Grandes y marrones enmarcados por sendas pestañas y contorneadas cejas. La joven interrumpió la conversación interponiéndose entre sus padres y habló con una sabiduría que no correspondía a su edad.

No maldigáis a mi madre, que a la guerra me iré yo —sentenció con voz firme—. Me daréis las vuestras armas, vuestro caballo trotón.

—No puedes, se darán cuenta. Mira tus pechos y tus delicadas manos. Esos ojos tan brillantes…

—Los pechos los apretaré para que no se noten. A mis manos quitaré los guantes y que se quemen al sol. Y mis ojos… miraré a suelo como si fuera un traidor —rebatía con decisión a su padre—. Nadie se fijará —prometió.

Mirando a los ojos a su padre le convenció pues la decisión y pasión de estos eran difícil de ignorar. Su madre lloró mientras su hija pequeña se preparaba para ir a la guerra. Se puso las botas de metal sobre su pantalón y su cuerpo envolvió con la fina cota de maya, luego el yelmo buscó y sobre la cabeza se lo colocó. Sus hermanas desde atrás observaron la escena sin saber qué esperar. No entendían nada, la más pequeña y dulce de ellas ahora se ocultaba bajo una pesada armadura y su cabello anudaba para ocultarlo. Unas la abrazaban y sollozaban convencidas de que sería la última vez que la verían. Otras la despedían con honor como a un verdadero guerrero. La dama salió con los hombros cuadrados y la cabeza alta. Se dispuso a irse pero antes de marchar se giró.

—¿Cómo me he de llamar? —preguntó a su padre fingiendo una voz grave.

—Don Martín el de Aragón —Respondió este orgulloso de su niña ocultando el dolor de la despedida.

La dulce niña espoleó su caballo y con bravura abandonó su hogar sin saber si volvería alguna vez. Dejó que las lágrimas por la despedida surcasen su rostro mientras dirigía la mirada fija al horizonte donde una dura batalla esperaba mientras se limpiaba el rastro del llanto antes de que nadie lo viera pues un varón no llora y menos lo hace un guerrero

Dos años estuvo en la guerra sin ser descubierta. Reconocida como valeroso y valiente varón, como amado y tenaz soldado que luchó para defender la corona de Aragón. Su espada blandió  contra cada francés que se interpuso en su camino. Sus manos ya no eran suaves ni blancas mas de callos se habían llenado de tanto luchar. Sus pechos aplastados día tras día no habían crecido. Sus ojos se ocultaban bajo espesas cejas y oscuras ojeras. Sendas cicatrices marcaban su piel y fuertes músculos formaban su cuerpo. Recorrió los caminos y luchó hombro con hombro juntos a otros soldados, ahora amigos, mas un gran peso soportaba. Segura de haber probado ser tan valerosa y fuerte como cualquier varón temía descubrir su verdadera naturaleza pues por ser doncella la rechazarían y todos sus méritos olvidarían.

Mas un mal día llegó y es que el hijo del rey en sus ojos se fijó y de ellos se enamoró. El príncipe, alto, apuesto y de gran nariz era elegante e inteligente mas acostumbrado a la vida de palacio estaba. De ojos oscuros y labios finos a todas a su paso enloquecía, testarudo y caprichoso era pues príncipe había nacido. Obcecado por unos ojos a su madre corrió y conocedor de que no podía haber amor hacia otro varón, esa mirada probaría ser de mujer. Confesó su enamoramiento a la reina y esta le ayudó juntos develarían el secreto que bajo la armadura se escondía. Le aconsejó que llevase a Don Martín a las tiendas pues una mujer miraría ropas y galas. Así lo hizo el príncipe, pero Don Martín fue directo a las armas. Las admiró y alabó como amante de estas que era, pues nadie sabía que desde pequeña las había admirado en silencio y como soldado su afán podía mostrar sin problema. Estocadas al aire dio probándolas y al príncipe se las tendió. Juntos probaron armas y el rato pasaron, se divirtieron y rieron mas el príncipe por dentro languidecía. Volvió a su madre pues más enamorado estaba que el día anterior y su amor era hacia un varón.

 

Herido vengo, mi madre, de amores me muero yo, pues los ojos de Don Martín roban mi alma y a las armas él se dirigió ignorando las galas.

Ante el pesar de su hijo la reina otra escaramuza ideó. A la huerta debían ir, pues una mujer admiraría las flores y así se descubriría el engaño de Don Martín. Pues los ojos que habían cautivado a su hijo de mujer debían ser. Así lo hizo el príncipe pero Don Martín fue directo a una vara cortar. Y la admiró sabiéndose descubridor de una buena vara de fresno para al caballo arrear. El príncipe volvió a su madre pues más enamorado estaba que el día anterior y su amor era hacia un varón. La reina le escuchó apesadumbrada pues Don Martín probó ser varón mas esos ojos de doncella debían ser.

—Hijo, arrójale al regazo tus anillos al jugar. Un accidente se ha de tratar pues ante la sorpresa natural reaccionará —anunció la reina a su hijo—. Si es varón, las rodillas juntará mas si las separase, por mujer se mostrará.

Entusiasmado el príncipe fue a actuar y por accidente sus anillos dejó caer. Don Martín muy natural reaccionó y las rodillas juntó. Cansado el príncipe aceptó que de un varón se había enamorado pues a por las armas fue y las flores ignoró y ahora las rodillas juntó.

Herido vengo, mi madre, amores me han de matar, pues los ojos de Don Martín imposibles me son de olvidar y un varón ha probado ser —el príncipe se dejó caer sobre el regazo se su madre mientras está le acariciaba el pelo y sollozando anunció—. Herido vengo, pues mi amor es imposible.

En un desesperado intento la reina otro plan ideó. A los baños debían ir, Don Martín desnudarse debiere y mostrar su verdadero cuerpo conseguirían. Mas esto nunca llegó a ocurrir pues Don Martín recibió sendas cartas llenas con gran pesar. Su padre estaba enfermo y ella le debía ir a visitar. Pidió al rey licencia para poder ir mas este se la negó. Don Martín enfuriado su caballo ensilló y de un salto en él montó. Altiva y orgullosa cual soldado consagrado se mostró sobre su caballo. Antes de partir en voz alta anunció y a todos sorprendió tirando su yelmo al suelo.

 ¡Adiós, adiós, el buen rey, y tu palacio real; que dos años te sirvió una doncella leal! —gritó con su voz normal sintiéndose rara pues por primera vez en mucho tiempo no la forzaba a sonar grave.

La doncella cabalgó veloz camino a su hogar seguida por el príncipe que la oyó hablar. Más fuerte espoleó a su caballo dejando atrás al príncipe pues no se dejaría atrapar. Conocedora de los intentos que el príncipe había tenido para descubrirla gritó con voz fuerte para que él la oyese pues una vez más ella iba por delante.

—¡Corre, corre, hijo del rey, que no me habrás de alcanzar hasta en casa de mi padre, si quieres irme a buscar!

No tardó mucho en llegar y las campanas de la iglesia a lo lejos escuchó resonar. El puente cruzó orgullosa y hasta su hogar cabalgó sin parar. En la casa incrédulos observaron como un tenaz guerrero asomó por la puerta mas poco tardaron en descubrir la realidad. A su padre fue a buscar y con fuerza lo abrazó, la madre a su pequeña vio llorando y hacia ella fue para unirse al abrazo que padre e hija todavía compartían. No tardaron en aparecer las hermanas llorosas y sorprendidas ante la aparición de la más pequeña. Entre lágrimas y abrazos la familia se completó pues demasiado tiempo separados habían pasado.

—Madre, sáqueme la rueca, que traigo ganas de hilar, que las armas y el caballo bien los supe manejar —pidió entre sollozos a su madre.

Como doncella e hija de conde se atavió pues ya no volvería a ser un soldado jamás. Su familia la necesitaba más que el reino. Inesperados fueron los golpes que resonaron en la puerta. Calmada y elegante se acercó y la puerta abrió. Al otro lado al príncipe encontró. Este el pueblo registró de puerta en puerta, pues le dio igual que vistiera jubón o armadura, esos ojos su corazón habían conquistado y fuera donde fuere los reconocería y sin cesar buscó hasta que los encontró. Este sin más invitación bajó de su caballo y frente a la Doncella se paró.

Así acaba la historia de una gran guerrera que por la Corona de Aragón luchó. Nadie recuerda cual fue el final, si juntos acabaron o su camino por separado buscaron. Aquí no hubo reconocimiento a una gran guerrera pues huyó a su hogar para a su familia cuidar. Eso sí, en nuestra memoria su historia se debe guardar y a futuras generaciones contar.

Relato de M. D. Maris

CRÓNICAS DEL TELECTROSCOPIO. CREPÚSCULO

 


El viejo Bastian vive en los suburbios de Neue Berlin, la capital del Westreich, en el sector Heiliger. Antaño uno de los varios lagos que formaba el río Havel a su paso por la ya extinta cuidad de Brandenburg, absorbida años ha por las crecientes necesidades de la metrópolis imperial. Tras abandonar la oficina local de la Sozialleistungen con su paga, el anciano sale a la calle equipado con su respirador, arrastrando como es habitual su pierna derecha ayudado de un bastón. La pensión no le llega para permitirse una prótesis mecánica pero al menos sí le alcanza para los calmantes. Así, su lento paseo hasta su hogar no se le hace tan pesado.

Neue Berlin es la ciudad más moderna y más habitada del Imperio. Sus edificios albergan todas las infraestructuras del poder del Großer Kaiser Leopold IV, las delegaciones diplomáticas de todos los aliados del Westreich, las sedes de las principales empresas nacionales, las delegaciones de los más renombrados consorcios internacionales y buena parte del poder industrial del Imperio. Sus calles son algunas de las más bulliciosas del mundo debido al constante movimiento de personas anónimas y de toda clase de vehículos de transporte que distribuyen pasajeros y mercancías de un confín a otro de la urbe.

Bastian recorre las calles sumido en sus pensamientos. Aunque es de día, la ciudad se ve sumida en una sempiterna oscuridad que sólo logra romper la iluminación de las farolas de gas repartidas por toda la metrópolis. Tenue aquí en los suburbios, esplendorosa en las principales plazas del centro urbano. No volver a ver el cielo y cargar siempre con un respirador es el precio que los neoberlineses tienen que pagar por las chimeneas de los millares de factorías que constituyen el centro neurálgico del poder económico del Imperio en la capital. Pero lo pagan con orgullo, conscientes del poder que representan.

Pero el anciano, renqueando a su lento ritmo acompasado por una de las aceras de la Uferstraße, no tiene en mente el poder del Imperio. Sus pensamientos están centrados en una sola cosa. Llegar a su pequeño apartamento cedido por la Sozialleistungen y pasarse todo el resto del día conectado al telectroscopio. Bastian cruza la Szczepanik-Platz que alberga en su centro una efigie de marmol del inventor de tan magno descubrimiento, el joven inventor polaco Jan Szczepanik. Desde que en 1898 anunciara su increíble invento y lo hiciera público en la Gran Exposición de París de 1900 con gran éxito, sólo había hecho falta apenas una década para que se hiciera popular y se extendiera por todo el mundo. La magia de una pantalla de cristal esmerilado y una matriz de células de selenio por las que corría la nueva sabía de la modernidad, la electricidad, permitían transmitir la imagen por todo el globo gracias a la extraordinaria potencia de la red telefónica.

Se podría decir que el viejo Bastian era famoso por su ánimo alicaído. Al menos eso es lo que pensaban los que habían sido sus allegados y ahora se sentían apartados de su vida. Sus vecinos, los parroquianos de la taberna que solía frecuentar y los pocos conocidos que le quedaban con vida. Como solían comentar entre ellos, no es que antes hubiera sido el alma de la fiesta. Siempre había sido un hombre taciturno. El parecer general era que había sufrido mucho en la guerra. De joven, cuando apenas era poco más que un chaval, fue llamado a filas.

Fue la Gran Guerra, la confrontación que encumbró al Großer Kaiser Leopold IV, vio nacer al Westreich y dio lugar a la fundación de Neue Berlin. Una contienda que enfrentó a toda Europa durante casi diez años. Quedan pocos veteranos de la Gran Guerra y la Sozialleistungen los cuida de una manera especial. De los que sobrevivieron a la contienda, aún menos habían llegado a la edad de Bastian. Los que se preocupaban por él pensaban que era evidente que había sido herido en combate y su pierna renqueante era un mal recuerdo de todo lo que tuvo que pasar. Por eso no era muy dado a hablar de todo aquello. Nunca le había gustado hablar de la guerra. En realidad nunca le había gustado hablar de ningún otro tema en especial. Para ser sinceros, Bastian nunca había sido un hombre especialmente hablador.  Pero al menos, antes se relacionaba con la gente.

Más tarde, al quedarse viudo, eso sí que fue un duro golpe. Su semblante aún se volvió más apesadumbrado si cabía. Pero aún saludaba a los vecinos cuando se cruzaba con ellos y pasaba las tardes en la taberna en compañía de algún otro. Todo se torció definitivamente cuando la Sozialleistungen le instaló el telectroscopio.

El gran invento de Szczepanik revolucionó la vida de todo el mundo. Pero no todos podían hacerse con uno y aún menos pagar las tarifas de conexión. Al menos, entre las gentes del humilde sector Heiliger de Neue Berlin. Por supuesto, no tardaron en aparecer locales donde podías alquilar el servicio de un telectroscopio por un precio asequible. Y en lugares públicos, como la taberna, no tardaron en instalar una de aquellas pantallas. Pero en esas ocasiones el uso era compartido y se convertía en una experiencia comunitaria. Más o menos entre todos se decidía qué es lo que se iba a visionar: el ajetreo de la ciudad de New York, el exotismo de lugares lejanos como el zoco de Marrakesh, los alrededores de la Ciudad Prohibida en Beijing, o simplemente el constante pasar de los trenes en la principal estación ferroviaria de la capital. Y si no había consenso entre los parroquianos, Andreas, el corpulento tabernero, se encargaba de tomar las decisiones. Eso sí, no importaba cuales fueran las imágenes que transmitiera el telectroscopio, siempre eran motivo de charla y de mil y un comentarios entre los habituales.

En cambio, para Bastian, como para muchos otros afortunados que se lo podían permitir, la pantalla se había convertido en una araña que lo había atrapado en su red. En la vieja taberna solían mofarse de cómo tan sonado invento había cambiado la vida de los opulentos. Las grandes señoras habían cambiado sus obras de caridad por largas horas en soledad frente a la fulgurante pantalla de Szczepanik. Los hijos de las familias más acaudaladas ya no tenían que vivir bajo la perenne oscuridad de la ciudad y, en lugar de acudir a las escuelas más elitistas, recibían sus clases en las pantallas de sus hogares. Incluso, los locales de ópera y teatro acusaban un descenso en la afluencia de público debido a lo que sus propietarios llamaban “esa funesta moda pasajera”.

El viejo Bastian vive al margen de todas esas chanzas. No se siente especialmente privilegiado por ser el dueño de un telectroscopio en un barrio en donde no es lo más habitual. Pero sí disfruta mucho de sus horas ante la pantalla. En realidad es algo que le hace especialmente feliz. Lo ha convertido en parte de su ritual diario, una parte muy importante. En la ciudad más habitada de Europa, hace más llevadera su soledad.

Clara, su mujer, había fallecido hacía ya ocho años. No habían tenido hijos. Tampoco tenía hermanos ni otros familiares. Desde que instalaron el telectroscopio en su apartamento su vida mejoró en muchos sentidos. Dejó de pasar tanto tiempo en la taberna bebiendo y charlando con el resto de parroquianos. También se pudo ahorrar la larga caminata hasta la iglesia cada domingo, ¡podía verla en la pantalla! Y, por fin, podía ver mundo. Él, que no tenía a penas ni un triste marco, había visitado la Gran Muralla China, las Pirámides de Egipto, el Gran Cañón. Es verdad que había tenido que ahorrar parte de su pensión para comprarse el mejor atlas geográfico que pudo encontrar, pero le pareció una buena inversión. Desde entonces, ha dedicado todo su tiempo a visitar los lugares más exóticos del planeta.

Pero esta tarde se siente un poco apesadumbrado. Mientras continúa con su lento paseo de regreso, siente una congoja, una suerte de anhelo vital. Le ha estado dando vueltas, y aunque tenía proyectado un tour especial y pasar unas horas visitando los fiordos noruegos, su abatimiento le ha llevado a decidir un cambio de última hora.

En cuanto llega a su apartamento, se prepara una taza de leche caliente, coge su gran atlas y el periódico del día y se concentra en buscar unos datos. En el periódico, la  edición matinal del Neue Berliner Zeitung, encuentra enseguida en un pequeño recuadro la hora a la que ha amanecido hoy en la capital. Después, en su magnífico atlas, busca la página que muestra los diferentes usos horarios. Hace unos sencillos cálculos y, en unos minutos determina que, dentro de una hora, amanecerá en San Francisco, en la costa oeste de los Estados Unidos.

Se sienta en su butaca más cómoda, frente la pantalla del telectroscopio. No es un último modelo, no tiene cromados, la pantalla es un poco pequeña y alguna de las células de selenio falla de vez en cuando. Pero la Sozialleistungen se lo instaló gratis, subvenciona su línea telefónica y funciona. Coge el auricular de su teléfono, marca el código de conexión del telectroscopio y pide que le pongan con el Golden Gate de San Francisco. Después de tanto tiempo sin ver la luz del Sol anhela por fin ver un amanecer.

La pantalla, que hasta entonces mostraba la carátula de presentación del consorcio Kleiberg-Szczepanik, administradores del servicio, cambia inmediatamente mostrando la crepuscular imagen de la bahía de San Francisco con el magnífico puente aún iluminado en primer plano.

Aunque el paisaje es en un sobrio blanco y negro, Bastian imagina perfectamente el verde de las montañas, los diferentes tonos de azul del cielo, el anaranjado de las diminutas farolas y el suave encarnado del metal que desvelan sutilmente las luces del alba. En su mente, todo vibra en colores. Se acerca a la pantalla para empaparse de todos los detalles esperando con ilusión la aparición del astro. Los primeros vehículos, tímidamente, empiezan a cruzar de un lado a otro la imponente estructura. Y, en unos minutos de anhelante espera, hacia la izquierda de la pantalla cerca de la torre occidental, se intuyen ya los primeros rayos previos al amanecer.

Tras décadas de noche ya casi eterna, hacía muchos años que Bastian no veía la luz del Sol. Muchos más que no presenciaba un amanecer. Pero al ver los primeros rayos de luz le impacta la consciencia de que se trata de uno de esos momentos que nunca se olvidan. Uno de aquellos recuerdos mágicos que quedan grabados en tu memoria por toda la vida. Como la cara de tu madre, el primer baile con tu prometida o las últimas palabras de tu padre en su lecho de muerte.

El cielo cambia de una manera especial justo en el instante en el que va a salir el Sol. Es algo que sólo puedes apreciar con lo más profundo de tu alma cuando lo has perdido. Bastian siente cómo, por momentos, le embarga la emoción. A medida que se suceden los segundos, comienza a notar un cosquilleo que recorre su espina dorsal y agarra con más fuerza los reposabrazos de su butaca. Sus ojos miran con una especial intensidad ese punto en el que se producirá el milagro, ansiosos por no perderse ni un solo detalle  de lo que suceda. Ni tan solo se pregunta por qué no lo había hecho antes. Simplemente se encuentra delante de la pantalla, como un bobo feliz, viviendo un momento único, con todo el cuerpo erguido hacia adelante, conteniendo las lágrimas. Hasta que, en toda su plenitud, tras la línea de la ciudad, entre los poderosos cables de acero, aparece el Sol y amanece. Dejándose llevar por la tensión del momento, imaginando, sintiendo el calor del astro en su cara, las lágrimas fluyen y Bastian llora de contento. Ni tan solo se ha dado cuenta de que ya han apagado todas las farolas del puente.


Relato de Francesc Barrio

CUADERNO DE BITÁCORA

 


Cuaderno de bitácora del biólogo jefe Arthur G. Armstrong.

Día 1

Hemos despegado a la hora establecida. Todo ha ido con precisión milimétrica. Veo desaparecer la estación espacial a medida que nos internamos en la interminable oscuridad. Aún nos quedan tres meses de viaje por delante, por lo que los miembros de la tripulación procederemos a hibernar hasta nuestra llegada a la colonia. No se me permite mencionar su nombre siquiera, cuando menos su ubicación (cosas del contrato de confidencialidad con la compañía), pero he de decir que estoy impaciente por llegar y comenzar a estudiar las nuevas especies de microorganismos que están descubriendo a diario, algunos de los cuales no son capaces de clasificar dada su extrema complejidad.

Día 27

Nos han despertado de manera precipitada. El capitán nos ha convocado a todos en el puente de mando. No puedo decir dónde nos encontramos (eso queda registrado en la bitácora del puente de mando, con clasificación militar de rango 9), pero la imagen de la estación flotando sin rumbo nos ha impactado a todos.

No sabemos lo que ha pasado, pero presenta daños en toda su estructura, como si se hubieran llevado a cabo feroces combates por el control de la nave. Vemos flotar algunos fragmentos en forma de basura espacial que pasan junto a la claraboya del castillete, y escuchamos sus impactos contra el casco, una paradoja en el lugar donde no existe el sonido.

Un comando de marines estelares ha abordado la nave. No nos hemos movido de hasta que no hemos tenido comunicación con el pelotón. Según el informe del sargento al mando, allí no queda nada ni nadie con vida. Hay impactos de armas de energía por todas partes, brechas en el casco, y los pocos cadáveres que se han podido encontrar presentan unas heridas espantosas y un aspecto como nunca antes han visto.

He notado el miedo en su voz. Son hombres con muchísimas campañas a sus espaldas, y esa palabra no entra en su vocabulario. Cuando han regresado, sus rostros pálidos y miradas desencajadas me onfirman que contemplaron cosas horribles en el interior de la nave.

Día 28

Comienzo las autopsias de los. Las heridas que presentan son verdaderamente espantosas y, a juzgar por los rictus de sus rostros, sus muertes debieron ser muy lentas y de una agonía atroz, padeciendo un sufrimiento extremo hasta el final. Las lesiones parecen concordar con algún tipo desconocido de bacteria carnívora. Tomo muestras que someteré a distintos tipos de cultivo.

Día 29

Estaba en la hora 23 de necropsias cuando he escuchado el grito. He salido corriendo del laboratorio para encontrarme a Fullner, uno de los marines, que se había arrancado los ojos con sus propias manos. He intentado auxiliarle, pero se ha quitado la vida delante de mí degollándose con su propio cuchillo de combate, mientras no dejaba de farfullar algo de un ataúd de cristal en el espacio.

Ha sido horrible. He visto morir a muchos hombres, algunos de los cuales lo han hecho en mis brazos, pero la imagen de esas cuencas oculares vacías que parecían poder verme a pesar de carecer de los órganos para poder hacerlo, y los chorros de sangre que manaban de su interior mientras la hoja de carbono se abría paso a través de sus arterias, seccionándolas, me va a perseguir hasta el fin de mis días.

He parado las autopsias para ponerme enseguida con la de Fullner. Los análisis químicos han sido negativos, al igual que los bacteriológicos, y su cerebro no muestra trastorno neurológico alguno que pudiera dar lugar a un brote psicótico como el que le ha abocado a la muerte.

Hay algo raro en el ambiente. No sé qué es, pero parece haber venido junto con los cadáveres el día que los trajeron los marines. Soy un hombre de ciencia, y no debo creer en las supersticiones, pero hay un algo… no sé… me inquieta.

Día 41

Estoy confundido. Los cultivos de las placas han dado resultados distintos en cada uno. Lo único en común de las tres formas es su apetencia por cualquier forma de proteína animal que pudieran captar. De hecho, una de las placas ha tenido una reacción violenta y ha matado a dos de mis colaboradores devorando los tejidos del cuello y el rostro hasta dejar los huesos a la vista, completamente limpios, mientras aún se encontraban con vida. Han tardado horas en fallecer entre horribles delirios que sólo he podido combatir con una administración masiva de calmantes hasta que sus cuerpos han dicho basta.

No sé hasta qué punto no he podido ser el responsable de sus decesos por un exceso de analgésicos, pero era eso o la imagen de sus cráneos descarnados aullando de dolor (fragmento eliminado de la bitácora).

A eso hay que sumar el mal ambiente y el desánimo que se ha propagado por la tripulación. Dos de los ingenieros han desaparecido, una tercera, la japonesa Tomiko, se ha acuchillado el vientre hasta que sus vísceras han quedado expuestas, muriendo por el shock hipovolémico posterior; y Volkov, el ruso, se ha tirado por el núcleo del reactor mientras aullaba que estaba en sus sueños.

No es el primer comentario que escucho al respecto. La propia Tomiko, hace dos días, mientras almorzábamos, me dijo que tenía una serie de pesadillas recurrentes, algo referido a un ataúd de cristal y a una presencia demoníaca que no sabía explicar, pero que la quería fecundar para que tuviera a su vástago.

Hace un rato, el sargento de los marines estelares me ha dicho que está teniendo unas pesadillas terribles, y que necesitaba algo que le aliviase el dolor de cabeza y le permitiera dormir unos minutos en paz. No hago más que pensar en Volkov, Tomiko, y los otros dos ingenieros, delirando y chillando de una manera espantosa que está en sus sueños, mientras intentaban arrancarse los cabellos y la piel de la cabeza a tirones. Uno de los ingenieros, un francés, no recuerdo su nombre, se ha golpeado la cabeza contra una esquina que sobresalía en una pared hasta que se ha abierto el cráneo, donde ha comenzado a trastear con sus propios dedos, extrayendo fragmentos de masa encefálica, hasta que la muerte se ha apiadado de él.

Día 50

Hoy ha sido un día terrible. Los marines se han dividido, y un grupo de cuatro se ha hecho fuerte en el invernadero de babor, otro de ingenieros se ha atrincherado en los generadores de aire, y se ha tenido que proceder a efectuar varios asaltos. Nos hemos quedado sin generadores, por lo que el aire se agota con rapidez, y casi todos los marines, menos uno, han muerto.

A pesar de habernos aislado por nuestra seguridad, me las he arreglado para poder conectar las cámaras y los micrófonos de las zonas en las que estaban sucediendo las escaramuzas. No, en realidad han sido combates muy feroces en los que se ha llegado a un brutal cuerpo a cuerpo. Cuando se calmó la situación, sólo quedaban dos marines, el sargento y un soldado raso. El sargento, al ver el horror y los pedazos de sus compañeros diseminados por todas partes, se ha venido abajo, aullando que la culpa era de alguien a quien no podíamos ver, de algo que reptaba en los sueños de la tripulación y que nos estaba exterminando uno a uno.

Cuando creí que se iba a dar la vuelta para acabar con la vida del último soldado, sacó su pistola de energía y se voló los sesos. La cabeza desapareció en una bola de luz mientras la sangre formaba una especie de esfera que permaneció inmóvil durante unos instantes sobre el acéfalo torso, antes de salpicar en todas direcciones.

Cuando me he dado la vuelta, el soldado de infantería estelar estaba de rodillas en el suelo, llorando y aullando de desesperación. He sentido una profunda tristeza por él, comprendiendo su dolor durante un microsegundo.

Día 74

Es el fin. El último marine y el capitán se han enfrentado. Ha estallado el puente de mando, no sobreviviendo ninguno de los dos y, lo que es peor, dejando a la nave sin mandos. Vamos a la deriva. Probablemente, en los próximos días perdamos también la gravedad debido a esos mismos daños en los centrifugadores. El resto del equipo, tanto mecánicos, como ingenieros y biólogos, han ido pereciendo a lo largo de los días, generalmente por suicidio.

Día 80

Me ha despertado el estruendo de un impacto contra el casco de la nave. Sé que afuera no se habrá escuchado nada, pues los sonidos no se propagan en el vacío, ¡pero vaya si lo hacen aquí dentro! Prácticamente ha sido como un terremoto que lo ha sacudido todo. He recorrido el casco con las cámaras de seguridad, inspeccionando cada palmo de su superficie. El puente que he hecho en el sistema electrónico parece funcionar y no me ha dado problemas hasta el momento. Espero que me dure mucho tiempo.

Un escalofrío me ha asaltado cuando he visto una estructura transparente que ha atravesado el fuselaje a mitad de la nave. Es de forma irregular, y sólo he sido capaz de vislumbrarla porque refleja la luz de las estrellas. De lo contrario, sólo sería un extraño boquete en la nave por el que se filtra la amenaza de una pérdida masiva de la presión y del exiguo oxígeno que me pueda quedar para sobrevivir el tiempo que me quede.

Día 80 (nota desde el exterior)

Estoy en un traje. Voy a llevar a cabo un paseo espacial para comprobar los daños en el casco y qué es lo que se ha estrellado contra la nave. Espero que pueda manejar los controles yo solo, o quedaré condenado a morir aquí afuera sin aire o, peor aún, flotando a la deriva.

Estoy llegando a la zona… me tengo que asegurar con mucho cuidado al casco con arneses de seguridad si no quiero ser un cadáver pudriéndose en un traje en mitad de esta negrura… Ya llego. Esto… esto parece alguna especia… de mineral, pero es del todo transparente… como un gigantesco bloque de cristal. Casi me atrevería a decir que este fragmento… pertenece a un conjunto muchísimo más grande, pero no sé dónde se puede encontrar.

Aquí afuera no se ve nada. Sólo la oscuridad y el lejano brillo de las estrellas.

Día 80 (tercer apunte en la bitácora, ya en el interior de la nave)

¿Qué es lo que hay ahí fuera que ha propagado la demencia por la tripulación como si de un virus se tratase?

Un momento. Ahí hay… Es un brillo. No puedo distinguirlo. Se encuentra muy lejos de mi posición, pero hay algo que está brillando, y no es ninguna estrella.

Día 85

Llevo cinco días viendo ese brillo intermitente en la oscuridad perpetua que me rodea. Las pesadillas me acucian hasta el borde de la locura. Algo me susurra en la oscuridad, con una voz que no soy capaz de identificar sino como algo monstruoso, pronunciando palabras que no soy capaz de vocalizar. Cuando creo que por fin lo voy a ver, me despierto aullando de terror por algo que no soy capaz de definir sino como una sensación que flota en el aire.

Hoy he pasado al lado del reactor. Me ha parecido oír la voz del ruso que me llamaba para que me uniera a él, que allí abajo todo era paz y sosiego. He huido de allí a la carrera sin dejar de gritar hasta que he llegado a mi camarote y me he encerrado. Una vez allí, me he acurrucado en un rincón, agarrándome las piernas con fuerza mientras llamaba a mi madre con desesperación.

Día 86

Estoy procediendo a efectuar este asiento en la bitácora presa de un febril estado de nerviosismo y una fuerte excitación. Me estoy… colocando un traje espacial a la vez que… hablo, pero no es… fácil colocarse uno de estos… sin ayuda.

Los especímenes… se han escapado. He logrado aislar a uno en una de las salas, pero le he podido ver forcejear con los paneles del conducto de la ventilación, así que no creo que tarde mucho en escapar. Los otros dos han sido destruidos empleando una de las cargas de energía de las armas de los marines, pero se ha producido una fuerte explosión que ha creado un nuevo boquete en la estructura del casco.

No sé por cuánto tiempo más va a aguantar la nave…

Un momento… He escuchado un ruido, como metal retorciéndose. Creo que el último cultivo, el derivado del calcio, ha logrado escaparse. ¡Maldita sea, viene hacia aquí! El botón de la escotilla… el botón de la escotilla…

(Se escuchan gritos y ruidos de impactos, así como microbios electrónicos propios del roce con tejidos o de soplar directamente en el receptor)

Estoy… estoy en el exterior de la nave… Visto desde fuera, esto tiene peor pinta aún de la que cabría esperar. Estoy rodeado de basura espacial, puede ser que el casco se esté fracturando y no me haya dado cuenta hasta ahora…

Espera… ¿Eso qué es? Es el brillo… Parece… parece como si lo tuviera mucho más cerca… No es… ¡Es descomunal ¡Y lo tengo encima! Es… Pero parece como si… hay algo dentro… enorme… que está vivo… se mueve dentro del cristal, como el ataúd que mencionaron en su locura Guirós y Fullner… Esos tentáculos…

(Se hace un intenso silencio durante nueve coma cuatro segundos)

¡El cristal se está resquebrajando! ¡Se ha roto y está saliendo! ¡Estamos todos perdidos!¡Eso es lo que le pasó a la estación orbital! ¡Es…! ¡Oh, Dios mío…!

(La conexión se interrumpe de manera brusca)

 

Fin del cuaderno de bitácora del biólogo jefe Arthur G. Armstrong

a bordo de la estación orbital internacional Nuevo Amanecer.

SIN MÁS NOTICIAS

(ARCHIVO CLASIFICADO)


Relato de Javier Lobo